Los Descendientes

Sencillez de doble filo Por Arantxa Acosta

"Paradise? Paradise can go fuck itself"
Matt King en Los descendientes (2011)

Enfrentarse a la realidad rodeado del paraíso no es fácil. Claro que, si llevas toda tu vida en el paraíso… ¿es diferente tu realidad?¿Dejas de considerarlo como tal? ¿Qué es el Paraíso, al fin y al cabo… Hawaii?

Para Matt King, personaje interpretado por George Clooney, está claro que no lo es. Un Hawaii nublado, siempre gris. Con mucho viento. Con vagabundos, clase baja, media y alta. Con problemas normales. Con las mismas historias que en cualquier parte del mundo.

Los descendientes

En Hawaii pueden ocurrir cosas de lo más ordinario, nos explica Alexander Payne. Puedes llevarte mal con tu mujer, puedes no entenderte con tus hijos, distanciarte cada vez más de ellos, de tu familia, como las islas en las que vives. Puedes estar pasando la crisis de los cincuenta sin saberlo. Puedes tener que enfrentarte al hecho de que tu mujer te engaña, e incluso enterarte de ello cuando te encuentras en la difícil situación de tener que desenchufarla de las máquinas que la mantienen con vida tras sufrir un accidente en las paradisíacas aguas del Pacífico. Por muy rico que seas, por mucho dinero que tengas. Te puede pasar a ti.Hacía ya ocho años que Alexander Payne no había vuelto a dirigir un largometraje para la gran pantalla. Se le echaba de menos tras esa pequeña obra maestra que fue Entre copas (2004) o A propósito de Schmidt (2002). Y es que si algo sabe hacer el director, es mostrarnos pequeños momentos de la vida con una dramaturgia y comicidad combinada a partes iguales, que te permite disfrutar de esas pequeñas historias, sentirlas como tuyas, casi sin darte cuenta.

Pero en Los descendientes, además, Payne consigue ir un paso más allá.

La madurez del director queda patente al saber sacar lo mejor de una historia que, a diferencia de sus propuestas anteriores, debe jugar con una situación dramática desde el inicio y, aún así, no caer en sentimentalismos sino demostrarnos que, simplemente, la vida sigue.

Payne es un maestro de las emociones, y nos demuestra, a medida que nos vamos adentrando en la historia, que da igual lo que te ha hecho llegar hasta ahí. Lo que verdaderamente importa es darse cuenta de dónde estás, y qué puedes hacer a partir de ahora. La evolución de todos los personajes es progresiva, desde el padre de familia (que debe ser consciente de la gravedad de la situación y dejar su sed de venganza a un lado, enfrentándose a tener que dar la noticia de que su mujer va a morir al amante de ésta) hasta la hija mayor (con necesidad de superar el odio hacia su madre por haberles engañado).

Los descendientes 2

En esta evolución la baza clave ha sido la selección de los actores. Nos olvidamos que Clooney es el guapo de moda desde hace décadas, al encontrarnos ante un hombre mayor, reflexivo ante la situación a la que se enfrenta. El actor ha sabido equilibrar las escenas más cómicas, que ya sabemos se le dan muy bien (verle bajar corriendo una cuesta como si fuese un pato es de lo más divertido del film… se trata de un hombre que no necesita hacerlo, coorer. Que ha tenido una vida tranquila y rutinaria hasta ese preciso momento), con las más dramáticas (no es fácil representar una discusión unilateral a los pies de la cama de tu mujer vegetal). Los momentos de reflexión que nos regala Clooney nos recuerdan a los de Brad Pitt en Moneyball (Bennet Miller, 2011), sin duda un mano a mano que puede ser muy discutido a la hora de determinar quién se lleva el Oscar este año (eso, claro, porque desde nuestro punto de vista faltarán a la cita las mejores interpretaciones del 2011), aunque, dada la cantidad de matices a los que debe enfrentarse Clooney en Los descendientes, tenemos claro quién se lo llevaría.

Quizá para ilustrar la maestría tanto de Payne como de sus actores, no hay más que referirse al que puede ser el mejor momento del film: la escena en la cabaña del amante. Ahí vemos las mejores interpretaciones de los cuatro personajes: King sereno pero con la rabia contenida que muestra en momentos muy concretos, como si fuesen perdigones. Su hija, interpretando el papel de hija devota sólo para distraer a la mujer del amante, que no sabe nada de la historia. Y, personalmente, el amante, un Matthew Lillard que no nos tiene acostumbrados a papeles dramáticos y que en los escasos diez minutos que aparece nos  convence con sus gestos. Una escena que resume la sencillez de la historia, de la puesta en escena y, por supuesto, tal y como busca el director, de la vida.

Los descendientes 3

Pero, tal y como titulamos el artículo, esta sencillez de la que Payne ha impregnado su Los descendientes, tiene doble filo. Y es que esa sencillez es tan extrema que se convierte en simpleza y, por consiguiente, en olvido. Porque el film llega al espectador como ningún otro, pero al salir del cine, se te ha olvidado más de la mitad y, a medida que pasan los días, recuerdas mucho menos. Es un film que no marca. Quizá por ser demasiado cotidiano, quizá por reflejar de forma demasiado común la vida, la realidad, pocos la tendrán en cuenta como su anterior film (que, no obstante, sigue la misma línea). Payne consigue emocionarnos, pero Los descendientes no pasa, desgraciadamente, de ser una TV movie V.I.P. para ver tumbado en el sofá, con una mantita y un café con leche.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. ANA dice:

    Quizá me resulta un poco radical calificarla de TV movie, y solo porque me horrorizan ese tipo de películas jaja en general concuerdo con la crítica, lo bueno que destacaría de esta película es el distanciamiento sentimental de unos hechos que de por sí resultarían traumáticos y podrían abordarse morbosamente, que es algo que probablemente sí se haría en un telefilm, pero en general el film trasmite una calma, nos lleva por ese camino distendido y relajado con el que se trata el tema hasta llegar a la normalidad, un hecho traumático que ha unido a una familia que quizá hasta ese momento de drama no valoraba la vida familiar porque como quizá siempre nos pasa no valoramos de lo que disponemos hasta que peligra de algún modo.

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