Los últimos cinco años

Goodbye (until…) Por Fernando Solla

Will you share your life with me
For the next ten minutes?
For the next ten minutes
We can handle that (…)
And if we make it till then
Can I ask you again
For another ten?
(Jamie)


I'm not always on time
Please don't expect that from me
I will be late
But if you can just wait
I will make it eventually
(Cathy)The Next Ten Minutes (de The Last Five Years, Jason Robert Brown, 2001)

Hay veces en que un artista que ha desarrollado una trayectoria destacable en su disciplina se convierte en referente para sus compañeros o para el público, incluso para ambos. Llega un momento en que, más allá del contenido de las obras, se establece una especie de vínculo entre autor y espectador en el que la necesidad de compartir es tan grande que las sensibilidades de ambos bandos se unifican para crear algo único y común, que se convierte en la finalidad última e indispensable de la obra y, en definitiva, en la obra en sí.

El caso de Jason Robert Brown es algo más genuino si cabe, ya que esta referencialidad se da más entre la vida personal del autor y la necesidad de entenderla, superarla o enterrarla a través de su obra, convirtiéndola no tanto en un retrato ególatra de una realidad siempre subjetiva, como en una herramienta de amparo o auxilio. En esta ocasión, el público no conocedor del hecho original nunca recibirá (a no ser que realice un ejercicio previo de documentación) el objeto artístico del mismo modo que el autor lo manufactura. Menos todavía cuando el trabajo en cuestión se sitúa entre los primeros del creador.

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Por si todo esto fuera poco, con The Last Five Years (2001) Brown fue todavía más allá, ya que quizá sin saber, pero sí con mucha sugestión, el público intuyó que detrás de la estructura del musical, escondido entre las letras y las melodías había algo más. En el caso concreto del autor, una aproximación a su fracaso matrimonial con Theresa O’Neill. Parece ser que Brown retrató en su libreto la realidad de una manera tan limítrofe que, acciones legales de por medio, se vio obligado a cambiar uno de los temas principales, a partir del cual el personaje de Jamie (Jeremy Jordan) describía por primera vez a Cathy (Anna Kendrick), descubriéndola ante el público que, desconociendo este suceso, sí reconoció la necesidad del autor de manifestarse a través de sus canciones de un modo honesto y sincero, vocacionalmente artístico.

La adaptación cinematográfica de Richard LaGravenese  responde perfectamente a las dos preguntas que quizá se planteen propios y extraños hacia el material de partida:

¿Qué puede aportar Los últimos cinco años al ámbito cinematográfico? Y, ¿puede la dimensión de la gran pantalla ofrecer otro punto de vista sobre un libreto que se ha adaptado internacionalmente en múltiples montajes? Mucho y sí.

La temporalidad en el cine es un elemento con el que se puede jugar a placer. LaGravenese ha mantenido prácticamente intacto el libreto original de Brown, que se focaliza en sus dos únicos protagonistas, Jamie y Cathy, novelista en alza él y eterna aspirante a actriz de musical ella. Sobre las tablas la pareja (aunque siempre presente) nunca interactuaba directamente salvo en una canción hacia la mitad del espectáculo, único cruce entre la línea temporal de cada uno. Del mismo modo, la manera de contar su historia era distinta para ambos. Mientras que Cathy cantaba su relación invirtiendo el orden cronológico (empezando desde el final del matrimonio), la visión de Jamie se mostraba de principio a fin. Para la versión fílmica, el realizador y guionista ha mantenido el orden y el formato cantado prácticamente en su totalidad, aunque sí ha rebajado el ritmo en algunos momentos traduciéndolos en diálogos musicalizados. En esta ocasión, la pareja nos mostrará su vida en común compartiendo plano y salvo el primer número musical y el guiño final, compartirá tanto flashbacks como flashforwards.

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Esta visión permite dar una oportunidad a ambos personajes de participar y de alguna manera comprender qué parte de responsabilidad tienen en las decisiones y las acciones del otro y dota a las canciones de una significación muy poderosa, ya que al juntar imagen y banda sonora podemos leer entre líneas de las maniobras del otro en constante movimiento (casi siempre él) cantadas por uno (habitualmente ella) de manera estática. Esto sirve además para trazar un paralelismo con el desarrollo (también inverso) de las carreras profesionales de ambos, uno de los factores determinantes para el hundimiento personal, muy bien resumido cuando Jamie alega que no piensa fracasar porque ella lo haya hecho.

La dirección de actores también va en esa dirección, así como su elección. Dentro de este diálogo constante que supone Los últimos cinco años hay otro que se establece entre cine y artes escénicas, pareja que como Cathy y Jamie, no siempre se llevan bien. A diferencia de ellos, y gracias a la labor de LaGravenese y Brown, en este caso forman una pareja unida por la lucidez y la armonía. Cinematográfica Kendrick y dramático Jordan, la compenetración entre ambos es clave para el éxito de la propuesta. La actriz destaca en su renuncia a formar parte del éxito de Jamie como un objeto ornamental, reforzando su interpretación el hecho que hemos comentado anteriormente, es decir, la presencia de ambos en todos los momentos musicales de los dos. Jordan demuestra ser un gran contador de historias, integrando su técnica vocal siempre a favor del desarrollo de su personaje.

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Finalmente, destacar la partitura de Brown, así como la tenacidad y precisión de sus letras. Teniendo en cuenta la peculiaridad temporal, la elección de unos versos para su repetición en momentos clave (y de nuevo inversos) en los motivos de los dos miembros de la pareja dota a la película, como pasaba en teatro, de un dramatismo desgarrador, alejándose en todo momento de sensiblerías y tópicos que se le suponen al género (tanto al musical como al romántico). Los últimos cinco años demuestra que cuando el qué y el cómo coinciden, el resultado es impecable.

Un último apunte para curiosos: además de varios cameos, la presencia del autor original en un momento de la secuencia de la audición de ella (“the pianist hates me…”) no deja de ser síntoma significativo de la motivación primera que llevó a Brown a escribir su musical. Este detalle, que puede parecer anecdótico, no lo es en manos de LaGravanese, ya que consigue convertir un momento formalmente cómico en un duro careo del propio autor convertido en personaje que mira cara a cara a la actriz que interpreta a su antagonista en la vida real. Detalle metalingüístico que, en opinión de un servidor, dota al largometraje de una dimensión intrínsecamente vocacional y delicada, casi piadosa.

 

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