Loverboy

Si fueras lista, te alejarías de mí Por Fernando Solla

“Mucha gente vive en un vacío, pero hay que tener mucho
valor para ver la desesperanza”
Kate Winslet en Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008)

Loverboy es el segundo largometraje del director rumano Catalin Mitulescu, tras el prometedor debut que supuso Cómo celebré el fin del mundo (Cum mi-am petrecut sfarsitul lumii, 2006) y ofrece un considerable cambio, si no de registro, sí de tono con respecto a su ópera prima. En aquella ocasión nos trasladábamos al Bucarest de 1989, último año de la dictadura de Ceaucescu, para compartir la historia de Eva y su hermano de siete años Lalalilu, quienes tras romper accidentalmente un busto del dictador, se verán enfrentados con el comité disciplinario de turno, que les forzará a confesar su crimen. A Eva se la expulsará del colegio y será transferida a un centro correccional, donde conocerá a Andrei, con quien decidirá abandonar Rumanía. Convencido de que el máximo culpable de la huida de su hermana es el mismo Ceaucescu, Lalalilu urdirá un plan con sus amigos para asesinar al dictador.

De la cándida inocencia de un niño a las disminuidas, y francamente deprimentes, opciones de vida que pueden llevar a un joven proxeneta a prostituir a su novia, y a ella a acatar y aceptar su destino (o incluso proponerlo), que se muestran en una forma prosaica, por alejada de cualquier poética o romanticismo, pero a la vez vívida y, sorprendentemente, verosímil en este Loverboy, donde la esencia de la pareja protagonista formada por Luca (George Pistereanu) y Veli (Ada Condeescu) parece ser la degradación de aquellos ideales infantiles, macerados y arrinconados en un oscuro y polvoriento rincón de nuestra memoria, por la dureza de las condiciones sociales, el desencanto propiciado por la falta de objetivos tangibles en la vida y la corrupción como vía más fácil, única y cómoda, por cercanía geográfica, física y psíquica, para mantener un flujo de ingresos económicos más o menos fijo y constante.

Sin pretender (ni conseguir) aleccionarnos ni moralizar sobre la ética de lo que estamos viendo, Mitulescu nos muestra retales deshilachados de la vida de un grupo de jóvenes de otro paupérrimo suburbio rumano, delimitado esta vez por un largo y sombrío tramo de carretera, cercano a una ciudad portuaria e industrial, colindante al Danubio, río que desemboca en el mar Negro, color que por las características atribuidas durante su proceso de adjetivación, se convierte en bandera o símbolo del futuro (o ausencia de él) que espera a nuestros protagonistas. Perfecta alegoría de este oscuro sentimiento se muestra la escena en que Luca se maquilla el ojo derecho de ese color para fingir que ha sido víctima de una pelea, asumiendo su lugar en el mundo a la vez que percibimos su claudicación y desmotivación para intentar mejorar o cambiar su situación.

Nos resulta extremadamente difícil empatizar con este loverboy y su aspecto de veinteañero, frío como el hielo, con un corte de pelo similar al de las estrellas de cine francés o italiano de la década de los sesenta, que recluta chicas con su infaliblemente persuasivo método de seducción mediante manipulación emocional. Al principio parece que vamos a caer rendidos a sus pies, envidiando ese aire condescendiente y autosuficiente mostrado en esa ausencia total de vulnerabilidad ante sus semejantes. Pero un primer roce con la ley, motivado por el fatal destino de una antigua amante, hará que nos pongamos la coraza e intentemos evitar que este a ratos insultante (por insolente) joven nos doblegue bajo esa impasibilidad que le proporcionan sus oscuras gafas de sol.

Mitulescu nos gana la partida con un enfoque dramático directo que expone de manera muy visual el malestar moral y social sin recurrir en ningún momento al melodrama, apuntando más hacia un particularísimo thriller sentimental, incluso sensorial (que no onírico) y convirtiendo a Luca en una suerte de reformulación de ese personaje que tanto nos gusta, creado por Patricia Highsmith en 1955 y protagonista películas tan distintas como A pleno sol (Plein Soleil, René Clément, 1960) , El amigo americano  (Der Amerikanische Freund, Wim Wenders, 1997),  la estupenda El talento de Mr. Ripley (The Talented Mr. Ripley, Anthony Minghella, 1999) y la bastante menor El juego de Ripley (Ripley’s Game, Liliana Cavani, 2002). Estamos hablando de Tom Ripley, personaje amoral donde los haya.

En el caso de Loverboy nos enfrentamos a la versión obrera y cobarde del personaje.

El artífice de la película nos doblega como espectadores y nos seduce con su narrativa aparentemente distante y formalmente desapasionada, consiguiendo que, como las chicas enamoradas de Luca hacen con sus cuerpos, prostituyamos voluntariamente nuestra moral y esos valores que creíamos más o menos asentados en nuestra consciencia a cambio de noventa escasos minutos de goce cinematográfico.

Y ahí radica el éxito de la película. Loverboy triunfa en el desarrollo psicológico, cruel y cruento, de esta especie de fábula sin moraleja. ¿Está Luca verdaderamente enamorado de Veli? ¿Terminará la chica, como todas las demás, prostituida y abandonada en un burdel? Catalin Mitulescu ofrece  una interesantísima mirada al tráfico de personas, hasta casi humanizar el asunto. Increíble y posiblemente reprobable, aunque no seremos nosotros quienes lo hagamos. Tenemos claro que si esto fuera un documental Luca sería el mayor y más maldito de todos los bastardos de la historia del cine, pero durante el visionado de esta película, y en un extraño modo que no conseguimos explicar, Mitulesco acaba mostrando a través de Luca a un personaje totalmente (y de la manera más borderline que somos capaces de imaginar) simpático.

Una simpatía facilitada en cierto modo porque la historia, con un hermético guión de Bogdan Mustata, Bianca Oana y el propio Mitulescu, en el que no se dice ni una palabra más de la necesaria, nunca establece el por qué Luca se dedica al tráfico sexual, simplemente no parece necesitar ningún motivo para hacerlo. El personaje no parece evolucionar demasiado durante el desarrollo de la película y la interpretación de George Pistereanu es increíblemente dura como un tronco, casi imposible de adivinar en su rostro ni un atisbo de emoción, pero que transmite ese estado aparentemente frío que no es nada más que acomodada cobardía. En el caso de Ada Condeescu, encontramos a una Veli que huye de su familia y que progresivamente es testigo del deterioro de esa habilidad que muestra al principio para juzgar e incidir en el carácter de aquellos que la rodean, incluido su loverboy, La pareja de jóvenes actores ya protagonizó Si quiero silbar, silbo (Eu cand vreau sa fluier, fluier, Florin Serban, 2010), película que supuso su debut en la gran pantalla y donde ya demostraron la complicidad (en el caso que nos ocupa inexplicable) que transmiten a sus personajes.

Como si en un película de Ken Loach se colara la narrativa cinematográfica formal y argumental de la excelente Ciudad de dios (Cidade de Deus, Fernando Meirelles, 2002), Gomorra (Matteo Garrone, 2008), Un profeta (Un prophète, Jacques Audiard, 2009) o la muy inquietante Winter’s Bone (Debra Granik, 2010). Y esto es lo que más nos gusta: la oportunidad que nos brinda el realizador rumano para sacar nuestras propias conclusiones sobre un tema de candente actualidad en nuestra (no por más ignorada menos obvia) realidad, a partir de una ficción creada para la ocasión. Sin intención didáctica o moralizante, al menos no explícitamente, que intente radiografiar una situación denunciada socialmente. ´

El cine usado como herramienta de denuncia puede ser muy útil (el citado Loach es un buen ejemplo), pero su verdadera magia, la que hace que sigamos acudiendo semana tras semana a las salas cinematográficas, consiste en renovar constantemente el arte de contar historias. Y aquí tenemos una muy buena, contada con un estilo único: esa aparente ausencia de ética o moral en el tratamiento del personaje principal, sólo modificada con el simple posicionamiento de la cámara, que seguirá al protagonista desde sus espaldas al principio del largometraje, para dejarlo atrás, siendo incapaz él de alcanzarla en ese demoledor plano final, abrumador y perturbador a la vez. Excelente.

Impactante película que semanas después de su visionado todavía nos mantiene en estado catatónico. Muy recomendable para todos aquellos que busquen otra mirada o punto de vista. Seguiremos con atención expectante la filmografía del autor Mitulescu. Hasta la próxima.

Trailer:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] sfarsitul lumii, 2006), aunque al final recula. Allí es donde vive la madre del protagonista de Loverboy (2011) y, aunque descrito de forma muy sutil, refuerza cierta sensación de desamparo y de […]

  2. […] Loverboy. Catalin Mitulescu, Rumanía. Comentada por Fernando Solla […]

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