Madre e hijo

Salirse con la suya Por Belén Sagredo

El mejor amigo para un muchacho es su madrePsicosis (Psycho, 1960), Alfred Hitchcock

¿Es posible mostrar sin juzgar, sin decantarse a favor o en contra, sin apoyar o, en su caso, denunciar lo mostrado? ¿Existe realmente una mirada neutral y despojada en el cine? Y además ¿es o debe ser así?

Como construcción, obviamente, el cine implica una mirada particular, una concepción propia –la de su autor- que no siempre y necesariamente implica tomar partido. Si bien, muchas de las críticas o controversias respecto a los filmes se generan, precisamente, más que respecto a la obra cinematográfica en sí misma, a la concepción sobre determinado tema o asunto, en relación con el objetivo de su autor: lo que con ella defiende o censura.

Y es en este punto, en el dilema sobre el qué quiere contar y qué mecanismos utiliza para hacerlo donde resulta más interesante analizar la última película del director rumano Calin Peter Netzer (María, 2003), ganadora del Festival de cine de Berlín 2013 1, Madre e hijo,  y perteneciente a eso que se ha dado en llamar por algunos autores “nueva ola de cine rumano” 2, en alusión al resurgimiento de la cinematografía de este país en la última década. Un dilema que surge en el desenlace de la cinta, en esas dos últimas secuencias finales en que se nos plantea la honestidad de la película y de su autor y el verdadero objetivo del director rumano, y que además nos obliga a revisar los 100 minutos anteriores.

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Pero como tiene que ser, mejor empecemos por el principio.

Sobre todo, porque la contundencia de la conversación con que se inicia Madre e hijo: medida, inteligente y rotunda, entre Cornelia, la madre (una tan increíblemente brillante como despiadada Luminita Gheorgiu) y su cuñada Guta (NatasaRaab), y en la que la primera verbaliza el odio que su hijo Barbu (Bogdan Dumitrache) siente hacia ella y la rabia y el dolor que esto le provoca, pone boca arriba todas las cartas del juego (o del filme, vamos): los protagonistas, su personalidad y también sus conflictos internos y con los demás. Así como, de algún modo, resulta premonitoria del conflicto mayor al que pocas secuencias más adelante van a tener que enfrentarse los unos y los otros.

- La madre -

¿Acaso no te acepto todo? Incluso el que no me quieras. Sólo quiero que me respetes. Eso me lo debes.

Cornelia a su hijo Barbu.

Resulta ciertamente desalentador pensar que una tragedia tal como la muerte de un niño en un accidente de coche pueda resultar de algún modo beneficiosa para alguien en algo.

Una plusvalía de la tragedia que sólo puede tener lugar cuando existe una total reversión de los valores intrínsecamente humanos como los que se perciben en Cornelia, la madre preocupada (por su hijo, obviamente, no por ningún otro). Despojada ésta de cualquier atisbo de empatía y /o compasión hacia el drama ajeno encuentra en este accidente mortal de un niño del que su hijo es responsable, el cauce para obtener un objetivo en el que casi había perdido toda esperanza: recuperar a un hijo pródigo que ahora la repudia y traerle de vuelta a los brazos de mamá a través de su ayuda interesada en minimizar la condena por el homicidio imprudente de Barbu.

Una personalidad sobreprotectora, controladora, asfixiante y despótica la de Cornelia que, con sus pertinentes diferencias, recuerda a la de otras figuras maternas cinematográficas: como la nunca vista y siempre presente madre de Norman Bates en Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock, 1960), o las opresivas y castrantes madres de Nina en el Cisne Negro (Black Swan, Darren Aronofsky, 2010) o Erika Kohut en La pianista (La pianiste, Michael Haneke, 2001), y cuya relación de protección-obsesión-asfixia termina por definir de modo determinante la naturaleza de sus hijos: psicopática y perturbada en algunos casos, y displicente y rencorosa en otros, como el caso de Barbu.

Así y muy hábilmente, el director y el guionista de Madre e hijo, aprovecha la determinación de la abnegada madre -que actúa como una apisonadora que se lleva por delante a quien o quienes sean necesarios en pos de conseguir su propio fin, anulando de paso la figura del padre convertido en una marioneta que actúa a su antojo- para mostrar de modo tangencial la realidad de la sociedad en que Cornelia actúa: la sociedad rumana actual vista a través de los ojos del director.

Madre e hijo 2

Una sociedad de clases perfectamente engranada de la que todos participan y se aprovechan –destacan la astucia con que Netzer nos muestra los abrigos de pieles y las joyas con que madre y tía se presentan por primera vez en comisaría y su “educada y cívica” forma de actuar en contraposición a la indumentaria y los violentos modos de la familia que acaba de perder un hijo como ilustración palpable de esta clase alta/baja- donde la extorsión, el chantaje, la posición social (ésa a la que tantas veces hace referencia Cornelia) y el flujo de favores con forma de Lei pretenden conseguirlo todo.

Para desgracia de esa madre en quienes algunos pueden observar un loable y desesperado y quién sabe si justificado intento por obtener el amor de su hijo, el dinero no todo lo compra. Quizá y muy probablemente SÍ el fin medio: la reducción de la pena para Barbu, pero no el fin último: el anhelado amor filio-maternal, ése que todavía no tiene valor económico, afortunadamente.

- El hijo-

Déjame dar el primer paso a mí. Tú no me puedes aportar nada. Te llamaré en un mes, en un año, en seis meses, pero déjame ser el primero en llamar. Y quizás entonces podamos tener algún tipo de relación. Tengo que afrontar mis problemas, sean culpa mía o tuya.

Barbu a su madre.

No por casualidad el título original elegido por Netzer –que muchos países han respetado- es La posición del hijo enfatizando así el protagonismo del hijo en detrimento del de la madre.

Y es que el personaje de Barbu más allá de ser el catalizador de la historia, el detonante del conflicto, el sujeto paciente, la excusa de los movimientos expeditivos de su madre o el protagonista subsidiario de una narración en que aparentemente el peso recae sobre la figura materna, es el verdadero protagonista y eje sobre el que gravitan las cuestiones psicológicas que Netzer plantea al espectador: ¿Cómo afecta la enfermiza sobreprotección materna a un hijo? ¿Es el comportamiento maniático, escrupuloso, indiferente, insensible, déspota y hasta cruel de Barbu con su madre, con su padre, con su novia y con todos los que le rodean, consecuencia del trato obsesivo recibido por su madre?

Madre e hijo 3

Netzer se decanta claramente por victimizar al hijo y culpabilizar a la madre. La postura del director es la postura del hijo, a quién parece apoyar en la negación de cualquier responsabilidad personal de sus actos así como en el rechazo a querer parecerse a su madre en lo más mínimo:

Los padres buscan su realización en sus hijos. Cada cosa que no alcanzan intentan conseguirla a través de sus hijos”. –Ahí estamos de acuerdo.

Conversación entre Cornelia y Barbu

Sin embargo y a pesar de esta asunción del punto de vista, y debido quizás a la aridez de la narración y la frialdad de los propios personajes, el director rumano evita la identificación ni con el hijo ni con la madre, sin pretender conmover ni buscar la empatía, sin manipular al espectador del mismo modo que hace Cornelia con todo el que se pone por delante ¿o quizás sí?

-El fin y la corrupción emocional-

Se lo ruego, no le arruine la vida. No lo destruya por favor, es lo único que tengo.

Cornelia a la madre del niño atropellado.

Hay veces que es mejor vivir en la ignorancia que conocer la verdad porque la decepción que conllevan algunos descubrimientos es peor que la satisfacción que ofrece la revelación. Eso pienso tras unos segundos de silenciosa reflexión después de que salgan los títulos de crédito de  Madre e hijo ¿qué ha pasado en estos últimos cuatro minutos? ¿En quién se han convertido Cornelia, y Barbu, y Netzer y Radulescu? ¿Salió la luna y el hombre se transformó en lobo o se puso el sol y la princesa Fiona se convirtió en ogro? Lo parece.

Así tras manejar de manera sobria, inteligente y certera una historia directa, sombría, desalentadora y arriesgada-más en forma que en fondo-con sólo algún que otro diálogo prescindible por reiterativo y descontextualizado –por ejemplo el del policía con Cornelia pidiéndole que revise la construcción dudosamente legal de su hermano haciendo uso de sus “contactos”- y con pocas concesiones al sentimentalismo, Netzer se apiada de una madre y un hijo con quien durante todo el resto del metraje no ha tenido piedad, y decide absolverlos de sus pecados sin miedo a traicionar al espectador y, lo que es peor, proponiendo una circunstancia convertida en secuencia de corrupción y manipulación emocional que plantea una discutible forma de obtener un objetivo en el que el fin (conseguir que Barbu pida perdón, no por caridad humana sino sólo para reducir su pena) justifica los medios: sean estos un chantaje sentimentaloide vomitivo que consigue convencer a los padres de la criatura indefensos frente a la demagogia de Cornelia, sea la posterior falsa disculpa de un hijo, en el que no habíamos ni intuido unos sentimientos que quizá en verdad no tenga y que sólo actúan en favor de un decepcionante Happy End:

Ésta sufriendo mucho. El pobre no podía entrar. Nadie es culpable de tan terrible desgracia. Quería salir pero la policía no le dejó. La policía no le dejo salir.Se lo ruego, no le arruine la vida. No lo destruya por favor, es lo único que tengo. Mi hijo tiene buen corazón, es cordial, es generoso, nunca alardeo de nada, ni presumió de sus cosas, no bebe, es la niña de nuestros ojos para su padre y para mí. Es mi vida entera, usted tiene otro hijo. Pero yo sólo le tengo a él.

Cornelia a la madre del niño atropellado.

Al final, de lo único que se trataba era de salirse con la suya, cayese quien cayese; la cuestión, es que no lo parecía.

Madre e hijo 4

 

  1. Oso de Oro del Festival de Berlín 2013. Madre e hijo (titulada entonces Child´s Pose), también fue proyectada en la última edición del festival de Cine de San Sebastián en la Sección “Perlas”.
  2. Circunscriptas dentro de esta nueva ola de cine rumano de visibilidad cada vez mayor encontramos las otras tres interesantísimas obras del guionista que firma esta Madre e hijo, el rumano Radvan Radulescu: Martes después de Navidad (Marti, Dupa Craciun, Radu Muntean, 2010), 4 meses, tres semanas, dos días (4 luni, 3 saptamini si 2 zile, Cristian Mungiu, 2007) y La muerte del Sr. Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, Cristi Puiu, 2005); así como las también interesantes obras de Porumboiu: Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, 2009) y 12:08 Al este de Bucarest (A fostsau n-a fost?, 2006). Precisamente es Porumboiu quien en una entrevista para la revista Cahiers du cinema España nº8, a través de Eulàlia Iglesias, recoge algunos de los rasgos que para él conforman esta nueva ola, como son: “Un interés por revisar la historia más reciente a través de una mirada realista que, a veces, adopta ropajes del documental y un tono oscuro ribeteado de humor negro que por momentos puede desviar hacia la farsa”, y que se pueden percibir en alguna medida en esta película de Peter Netzer.
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