Mandarinas (Tangerines)

Tierra de cítricos Por Matias Colantti

"-A esta guerra, la llamo “la guerra de los cítricos”, es una guerra contra mis mandarinas
-¿Pero qué dices?, esta es una guerra por la tierra.
-La tierra donde crecen mis mandarinas."Diálogo entre Margus e Ivo en Mandarinas (Mandariinid, Zaza Urushadze, 2013)

Me suena el titulo… ¿En dónde la vi? ¿Me la recomendó mi amigo el del videoclub? ¿La vi en una de las mantas del vendedor ambulante que tiene los últimos estrenos? ¿O en la tele?

Todo el interrogante se dirige a la respuesta televisiva y que tuvo lugar en la transmisión de la última edición de los Oscars. Mandarinas (Tangerines) llego sin mucho ruido y sigilosamente a la polémica categoría de Mejor película de lengua extranjera. Digo polémico, porque me resulta desagradable cómo la “honorable” Academia decide separar en un corral a este tipo de obras que no emiten fonemas ingleses en sus diálogos. Suele pasar seguido que la prestigiosa ganadora de este galardón extranjero comience a “revivirse” y su distribución se activa en países donde el circuito cinematográfico comercial no le había otorgado suficiente espacio y con el título de “Nominada y ganadora del Oscar” su valor aumenta y la gente parece prestarle más atención. Esta no fue la suerte del film estonio, ya que la aclamada por el jurado fue la estremecedora película polaca Ida (Paweł Pawlikowski, 2013) y el resto de las obras de este segmento parecen perderse en el limbo o en el antiguo archivo de las películas nominadas que no obtuvieron reconocimiento en el festival de auto celebración hollywoodense. Por suerte, existen amantes del cine y observadores exhaustivos que no le pierden pisada a estos films y de vez en cuando en algún rincón del mundo se la reconoce entre las mejores del año o la decide poner en el cineclub más cercano, por lo menos una semana.

Es así, que con ese contexto la sólida película de Zuza Uruzshdaze llega a las pantallas, para reflexionar sobre un proceso histórico violento y lamentable, desde las tierras del Oriente Europeo, y condensar un relato crudo sobre los vestigios de la guerra eterna por la bandera.

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Una guitarra suave y melancólica que me recuerda a Silvio Rodríguez es el primer elemento sonoro que sentimos, mientras vemos en letras blancas una pequeña introducción contextual que nos explica brevemente cual es la situación histórica a la que nos someterá el film, durante menos de 90 minutos.

Año: 1992. Lugar: Europa del Este. Esta coordenada espacio-temporal nos acerca al conflicto bélico-civil que azotó a las naciones de Estonia y Georgia por tierras que cada uno creía suyo, y que fue llamada la “Guerra de Abjesia”. Los motivos separatistas de ambas naciones estallaron luego de varios años de tensión política incesante, y sin duda tenían que ver con los deseos de independencia de Georgia con respecto a la Unión Soviética. La inminente caída del muro fue el quiebre necesario que terminó de explotar el enfrentamiento armado entre ambos, hasta 1993, en donde se buscó una solución pacífica con un tratado mediado por la ONU. Es clave mantener frescos estos datos históricos sobre la desgarradora situación político-social que tuvo que atravesar toda la región europea del Este tras el colapso soviético y la efervescencia ultranacionalista, que empezó a surgir en los países satélites que se empezaban a desequilibrar tras el “triunfo” del bloque occidental-capitalista post Guerra Fría.

Esto se ve reflejado en segmentos de Mandarinas (Tangerines), en donde podemos caer en la confusión de a quiénes representan sus escasos protagonistas.

Escuchamos que existe un grupo de “chechenos”,”estonios”, “abjasianos” “caucásicos”, “rusos”, “soviéticos”, “georgianos”, “cristianos” y “fanáticos de Ala”. El conjunto de facciones nacionalistas-religiosas que se reparten entre cuatro personajes habla de una cuestión reflexiva de la época: la fragmentación profunda de las naciones.

Este período ha sido narrado infinidad de veces por el séptimo arte, y principalmente el ojo oriental europeo supo marcar con significancia las venas abiertas de pueblos castigados por estas guerras ridículas por un pedazo de tierra que antes era comunista y ahora quiere ser capitalista, o viceversa. La mejor versión de este proceso de destrozo interno en las comunidades de la ex Unión Soviética es, por unanimidad universal, la apabullante obra de Emir Kusturica: Underground (1995). El relato tragicómico de Kusturica es el ejemplo claro de esta etapa histórica de fragmentación, ya que refleja la realidad de la Guerra de los Balcanes y la historia de Serbia atravesada por las sanguinarias guerras yugoslavas que costó la separación social de toda su nación. Y en razón al argumento central de este film, quiero cerrar esta pequeña revisión del cine europeo dedicado a la post caída del muro de Berlín, compartiendo una última ilustración que me quedo del film serbio y que describe perfectamente a aquellos oscuros y violentos episodios que marcaron la historia mundial: una isla partiéndose.

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Los cristales ensangrentados del gran espejo de las naciones del Este se ven condensados en una historia que narra los sucesos de un hombre solitario en un pueblo lejano de Abjesia. Ivo, el protagonista, es carpintero y se dedica a confeccionar los cajones que necesita su vecino Margus, para sus mandarinas. El estallido de la reciente guerra, ha mudado a la mayoría de los habitantes del pueblo hacia la capital de Estonia pero ellos deciden quedarse no solo por una última entrega de frutas para uno de los ejércitos, sino porque aman su tierra. El conflicto se desencadena cuando en uno de los enfrentamientos armados, dos sobrevivientes enemigos (un georgiano y un chechenio) son albergados para la protección de su salud en la casa de Ivo.

Los pocos pero contundentes minutos de la narración están perfectamente delineados y la transición progresiva de las emociones llega a un punto climático que incomoda y hace pensar.

Dos enemigos, ultranacionalistas y dispuestos a dar la vida por su patria, recuperándose en la misma casa en territorio de un abjesiano (Ivo). Así en ese panorama, se empieza a tejer una tensión gravitante que llena la atmosfera de la historia, en una bomba de tiempo que siempre está a punto de explotar y develar el espíritu humano de individuos desgarrados por la guerra.

En una punta de la mesa esta Nika (georgiano) y en la otra, Ahmed (chechenio). Se pasan los días, generando una discordia incesante a través de amenazas de muerte que son como saludos matutinos. Sus miradas, cargadas de odio y devastadas por una guerra sin sentido, les alimenta el alma de rencor y solo están esperando recuperarse para matarse entre si, luego de desvincularse de la hospitalidad de Ivo. La razón de que no se destrocen entre ellos, es porque le prometieron al anfitrión que no sucederá nada, mientras estén en su casa. Esta mirada al valor de la lealtad y el honor de la palabra habla de una raíz humana que aún mantiene códigos morales y éticos. Ambos soldados, nacidos en diferentes culturas se disputan entre si la superioridad de una nación por la otra y porque deberian quedarse con la tierra de sus ancestros. “Tú eres un extranjero en esta casa”, le dice Ahmed en una de las discusiones. Sin embargo, a pesar de este estremecedor choque entre culturas, los hombres saben mantener su palabra y reprimen sus instintos asesinos por la protección armónica de la casa donde están recuperándose.

La crudeza de la narración, permite visibilizar en estos conflictos domésticos entre soldados, como la guerra es el monstruo más desopilante de la historia de la humanidad. Como una razón política y económica de bloques superiores, ha permitido que los seres humanos se desangren entre ellos, por tierras que les pertenecen por igual. Ahmed y Nika, entienden cada uno que tienen derechos de vivir allí, pero que no pueden vivir juntos ¿Por qué será ese desprecio humano por el otro? ¿Por qué la humanidad ha creído en que la tierra se obtiene a través de la muerte del otro?

En una escena cuando todos comparten una cena en el patio, Ivo cansado de los enfrentamientos verbales entre los combatientes, dice:

“¿Ustedes que se creen?, ¿Qué la guerra les ha dado el derecho de matar?… Voy a brindar por la muerte, nuestra madre es la muerte y nosotros somos sus hijos.”

La guerra no solo destruye a sus soldados, sino que arrasa con todo un pueblo inocente, que nada tiene que ver con intereses desencontrados de potencias mundiales que dirigen desde oficinas los destinos de países ajenos a su ideología. La esperanza de la vida es derrumbada, cuando todo el pueblo ha abandonado sus raíces, e Ivo, amante de su tierra, no pretende que le arranquen del único lugar a donde ha podido ser feliz, pero que se siente cansado y desgastado cuando la muerte le demuestra lo equivocado que esta.

Zaza Urushadze realiza un trabajo impecable en Mandarinas (Tangerines) desde el guion y la interpretación de sus actores.

La obra consumada en una estética de realismo apabullante y de minimalismo absoluto, es el reflejo claro de una situación que no puede ser mejor narrada, que desde la crudeza de lo que acontecía visceralmente durante los años de la fragmentación oriental europea. La cámara incisiva de los rostros de los personajes es realmente magnifica, y en el desarrollo de la trama ningún segundo se desperdicia, porque cada instante está lleno de sentido y en tan solo unos 85 minutos, logramos entender que no hacen falta súper producciones de batallas a campo abierto, con tanques, ametralladoras, playas repletas de soldados muertos o explosiones espectaculares, para contar la historia de una guerra. Basta solo con ver los rostros marcados por la muerte y la desolación de seres humanos sufridos por las absurdas ideologías del arte bélico, para entender de qué se trata realmente.

Me quedo con una de las escenas del filme, en donde Ivo, Margus y el doctor del pueblo están tirando un camión por la montaña y uno dice:

-“Pensé que explotaría”

-“Estallan en el cine… El cine es una gran mentira.”

¿El cine es una gran mentira? La guerra es una gran mentira y aún seguimos sin entender esta farsa de luchar incansablemente y desangrar a nuestros pueblos por las tierras en donde nacen nuestras frutas.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] La guerra no solo destruye a sus soldados, sino que arrasa con todo un pueblo inocente, que nada tiene que ver con intereses desencontrados de potencias mundiales que dirigen desde oficinas los destinos de países ajenos a su ideología. La esperanza de la vida es derrumbada, cuando todo el pueblo ha abandonado sus raíces  […]

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