Maps to the Stars

Estrellato y fantasma Por Marco Antonio Núñez

1. Animalitos espantosos y deformes.

Apenas a dos semanas de la ceremonia de los premios Oscar, aún no plenamente recuperados del patético desfile de vanidades efímeras y condenadas por el tiempo sobre una lengua de sangre aterciopelada, David Cronenberg nos traslada de nuevo a ese espacio mítico para los amantes del cine y lleno de glamour para los que no lo aman, con un cuento de hadas perverso y divertido a rabiar en el que explota una vena humorística hasta ahora inédita.

Y lo hace, no para hablarnos únicamente de la naturaleza caprichosa de la fama, la ambición, la hipocresía reinante y la rapiña que funcionan como directrices privilegiadas para la consecución del éxito en un mundo harto competitivo, en lo que sería básicamente una nueva sátira o ajuste de cuentas por parte de alguien ajeno al mundillo. El discurso que el canadiense nos presenta desde su galería de niños mayores que juegan a los papás, y muñecas rotas y avejentadas que quieren ser mamá, es, en esencia, el enésimo retrato robot de una humanidad mutante que languidece enclaustrada en el cuarto oscuro y delirante de su mente.

Maps to the Stars

Cronenberg cartografía un espacio mental antes que físico, un universo esencialmente psicótico y endogámico, un cuerpo signado por la disfuncionalidad orgánica que manifiesta determinados alelos recesivos. De ahí que sea un filme esencialmente de interiores con escasas referencias a los lugares comunes transitados por la tradición, y articulado narrativamente a partir de una serie de bis a bis en los que diálogos informativos y referenciales se erigen, desde su aparente transparencia, en un velo que oculta los verdaderos motivos de unos personajes herméticos que actúan como síntomas de un microcosmos dominado por una carencia fundamental.

Como tantas otras cintas ambientadas en Hollywood, Maps to the Stars comienza con una llegada. Aunque más bien se trate de un regreso. Agatha (Mia Wasikowska) vuelve al que fuera su hogar. Solo que su hogar ha dejado un solar vacío, una carencia, una falla que en realidad ya estaba ahí cuando a los doce años le prendió fuego. Agatha viene de Júpiter, literalmente, y vuelve a L.A. para terminar lo que empezó una noche siete años antes cuando narcotizó a su hermano menor, Benjie (Evan Bird), luego de oficiar una ceremonia nupcial, imagen especular del incesto de sus padres.

Agatha es un freak en un mundo dominado por el cosmético. El fuego le cinceló el rostro y dejó una huella imborrable sobre su cuerpo. El fuego le une a Savana (Julianne Moore), para quién trabajará de asistenta personal. Savana es una actriz que se asoma al abismo de la edad en un mundo ávido de juventud.

El fantasma de Savana dramatiza el deseo por su madre, también actriz y muerta en un incendio, y se manifiesta como un falso recuerdo de seducción que emerge durante una terapia típicamente cronembergiana, consistente en pulsar recuerdos en diversas partes de su anatomía con el propósito de que dejen de ser percibidos como una amenaza. Es decir, una vez más, el canadiense suprime el dualismo cartesiano mente/cuerpo en favor de un continuo que se reitera en el tratamiento visual que dispensa a las alucinaciones.

La agonía de Savana presenta una doble vertiente. A la presencia ominosa de su madre, más joven y atractiva que ella, contrapone el deseo de interpretar al último personaje que encarnó antes de morir quemada; ser su madre al fin.

Su terapeuta es el padre de Agatha y Benjie, Stanfford (John Cusak), parodia de los gurúes que desbrozan la senda del éxito en doce cómodos pasos, pero incapaz de dominar su miedo ante la realidad monstruosa de Agatha y ayudar a Benjie, la gallina de los huevos de oro, víctima de una crisis similar a la de Savana.

Vemos a ciertos significantes, el fuego o el incesto, recorrer las series de los caracteres y deparar sus destinos con determinismo trágico, diluyendo toda idea de que estemos ante un filme sobre Hollywood.

Maps to the Stars es puro Cronenberg.

  Maps to the Stars cd

2. La divinidad del Imago.

Los hijos siempre pagan por los pecados de sus padres. El pecado de los padres emerge en los sueños de Agatha que la resuelven a repetir el incesto con Benjie en el plano simbólico, de ahí la necesidad de los anillos.

Las crisis paralelas de su hermano Benji y Savana, ambos actores, se deben a las exigencias de un mercado laboral en conflicto con la huella del tiempo que se deja sentir en los cuerpos, pero también por intento de sustraerse al derrumbe de sus respectivos universos simbólicos mediante el delirio. Agatha, por el contrario no tiene alucinaciones. Quizá la realidad que habita sea una gran alucinación.

Cronenberg, como ya hiciera en Un método peligroso (A Dangerous Method, 2011) no se desaprovecha la ocasión de fustigar los ingenuos intentos de las terapias de inspiración jungianas que reducen el análisis al orden imaginario, satirizando la presunta “divinidad del Imago” que Stanfford cita, desde el matiz lacaniano. La imagen es efecto de la alienación subjetiva, esencialmente destructiva. Stanfford no podrá aplicar esa sabiduría de chamán a su propia hija, su poder declina ante la evidencia monstruosa del fracaso de toda esa palabrería en Agatha. Su padre es incapaz de ofrecerle siquiera un anclaje emocional a la cordura, y de paso, salvar su familia fundada sobre la violación del tabú. En su lugar la agrede con violencia.

Agatha manifiesta lo innombrable, lo que se sustrae al orden simbólico, fue desterrada al este del edén (Júpiter, Florida) con la esperanza de no volver a saber de ella. El suicidio de Christina (Olivia Williams) se antoja un cumplimiento diferido del deseo de su hija.

La repetición de los versos del poema de Eluard convertidos en una oración pagana, son el intento de Agatha de llegar desde la palabra hasta una libertad que como barrunta, únicamente se encuentra en la muerte.

Maps to the Stars 3

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