Maya

Racionalismo francés en la India Por Paula López Montero

*contiene spoilers

He oído decir que Maya (2018), la nueva película de Mia Hansen-Løve no funciona ni como promoción turística de la India. Habría que ver si se esperaba de ella una nueva versión del éxito comercial Come, reza, ama (Eat, Pray, Love, Ryan Murphy, 2010) o de El exótico hotel Marigold (The best exotic Marigold Hotel, John Madden, 2011), lo que me hace pensar sobre la recepción en la Europa del siglo XXI de aquellas narraciones transoceánicas. ¿Tienen que estar al servicio de la promoción turística? ¿podremos deshacernos de esta nueva visión occidental y colonizadora del mundo? ¿Cuánto nos interesan de verdad las historias de esos otros? Mia Hansen-Løve nos habla más allá de todo ello a propósito, ni más ni menos, que del periodismo de guerra y la sombra política que acucia a Europa. Sin embargo, la directora francesa tampoco deja de estar anclada en una tradición intelectual que le hace mirar todo a su alrededor bajo el prisma y actitud de occidente, aunque la sensibilidad y el uso del tiempo son las grandes aportaciones de la directora a la filmografía de este siglo.

 Maya (1)

Maya, relata el viaje que hace Gabriel (interpretado por el habitual en sus películas Roman Kolinka) a Goa, India, después de haber sido liberado por los terroristas que le tenían secuestrado en Syria. El filme comienza con el regreso de Gabriel a París, donde tiene su vida, sus amigos, pero que, ante una experiencia tan traumática como la vivida, Gabriel parece estar ausente, transita por esos espacios sin participación alguna. Y digo parece porque en todo el transcurso del filme no se verá un atisbo de recreación dramática sobre el secuestro sino, más bien, un largo insomnio que nos desvela la verdadera identidad de Gabriel sobre la que su experiencia en la infancia le ha curtido, mostrando desarrollar una clara barrera frente a la realidad. El secuestro no hace más que acentuar una búsqueda que Gabriel lleva consigo desde pequeño. El gobierno de Francia prepara una serie de reuniones y condecoraciones que no parecen gratificar a Gabriel y decide dar un giro a su vida e irse a Goa. Allí se encuentra a su padrino regente de un hotel al que no le van muy bien las finanzas a pesar de dirigir un hotel de clase alta. No,  Mia Hansen-Løve no posa su mirada sobre la pobreza de la India, la película tampoco está hecha para esa clase de bajezas emocionales compasivas del espíritu de occidente. Hace años que no se ven y su padrino le presenta a Maya (Aarshi Benerjee), su hija, mucho menor que Gabriel. Maya es inquieta, libre, con claros arraigos culturales en la India a pesar de que su padre se empeñara de lo contrario llevándola a estudiar a Londres. Maya, aparece tímidamente en la vida de Gabriel mientras él trata de poner orden a su vida arreglando una antigua casa familiar y visitando a su madre que también hace años que no ve y con la que parece mantener un vínculo emocional distante y lleno de resentimiento. Vamos conociendo poco a poco la vida y pasado de Gabriel a la par que el personaje de Maya se va calando por los poros del espectador sin darnos cuenta. El gran acierto de Mia Hansen-Løve para este film es haber sabido encontrar el equilibrio perfecto entre Maya y Gabriel creando un magnetismo que, como los dos personajes, huye del intrusismo excesivo y que deambula más bien en la exploración, en la fluidez de los deseos y sensaciones que ambos mantienen cuando están juntos. En este sentido no puedo dejar de recordar dos filmes de los que creo que parte el relato de Maya (2018) uno es su Un amour de jeunesse (Hansen-Løve, 2011), su exploración por el amor de juventud acompañado de búsqueda interior, maduración del espíritu y encuentro con la adultez, y el otro es El río (Le fleuve, Jean Renoir, 1951), obra clásica en la que se apoya Maya (2018) que retrata en plenos años cincuenta la interacción de esos dos mundos, Oriente y Occidente, a propósito del amor entre una joven india y un soldado americano.

 Maya 2018 (1)

Pero la búsqueda de Gabriel es inagotable, él se ha curtido en la soledad del periodismo de guerra y ha creado un frente que parece difícil calar. Las noticias siguen llegando de Occidente: a otro compañero al que los terroristas no habían liberado lo asesinan en un cruel video que marca un pequeño giro en un guión deliberadamente plano como nos acostumbran los filmes de Mia Hansen-Løve, en donde el montaje, los diálogos y sobre todo la percepción de la atmósfera construyen un filme al que no le van los giros drásticos de guión sino más bien una fluidez propia de la sensibilidad de Mia Hansen-Løve. Gabriel decide interrumpir esa deliciosa paz que parecía invadir cuando estaba con Maya para viajar por toda la India, un viaje que la directora suple a golpe de guión y fundidos que dejan ver el mapa de la India por el que Gabriel va transitando. A su regreso, Maya y él deciden hacer un viaje juntos, y Mia Hansen-Løve retrata con sutil delicadeza los paseos entre las ruinas hindús, a la par que magnetiza su relación hasta la llegada de la consumación del deseo que había entre ambos. Vuelven a Goa, pero Gabriel que no quiere ataduras –él es un periodista de guerra libre- le hace ver a Maya que aquel encuentro es esporádico, hiriendo profundamente el florecimiento de sus sentimientos de juventud. Maya se va a Australia y Gabriel se queda en la casa que había conseguido reconstruir hasta que de pronto alguien la incendia y Gabriel tiene que volver a empezar de cero. Pasa el tiempo, y en otro encuentro en el hotel de su padrino, Gabriel se encuentra a Maya donde le confiesa que la echa de menos. Maya, como en todo el filme aunque sin abandonar su visión libre sobre la vida, como buena joven se deja guiar. El filme termina con Gabriel yéndose de viaje a otro conflicto armado, dejando una abertura de guión en la que el espectador debe volcar su especulación y todas las pulsiones que le latían sobre su relación.

Bajo mi punto de vista Maya es, como sus predecesoras, un relato de sensibilidad, de apreciación de los vacíos que deja una atmósfera cargada de intelectualidad y racionalismo francés. Mia Hansen-Løve rehúye del drama y, más bien en su vacío, trata de recomponer aquellos pedazos de vida en donde sus personajes maduros hacen de filón impermeable de la realidad, que siguen el rumbo que marcaron llenando a la par su vida de nuevos y viejos encuentros, y en la que la juventud parece encontrar esa sensibilidad, libertad y vaivén espiritual y experimental tan necesario. Maya es equilibrio y sensibilidad, ilusión de estabilidad donde todo, en realidad, es movimiento.

Maya Hansen-Love (1)

 

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