Mi amor

Sobredosis de todo Por Yago Paris

En 2012 Jacques Audiard estrenaba la película De óxido y hueso (De rouille et d’os), la cinta previa a la flamante ganadora de la Palma de oro, Dheepan (2015). Esta obra anterior fue un proyecto más modesto, de aspiraciones menores, especialmente si se compara con los films que la rodean. Como si de un Michael Bay rodando películas relativamente sencillas entre las diferentes entregas de Transformers se tratara, o, llevando la comparación al terreno del cine de autor, como si de un Ingmar Bergman rodando un divertimento aparentemente superfluo como es Esas mujeres (För att inte tala om alla dessa kvinnor, 1964) entre dos de sus obras más memorables –Los comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963) y Persona (1966)– se tratara, Audiard presentaba una turbulenta historia de amor que encuentra en su sencillez descarnada sus mejores momentos. Una película que no pasará a la Historia del cine moderno, pero de sobrado contenido como para detenerse a analizarla.

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Fotograma de De óxido y hueso (2012)

En un proyecto similar en historia y tono, pero opuesto en aspiraciones, ha estado trabajando la directora francesa Maïwenn Le Besco. El resultado ha sido Mi amor, película que narra el nacimiento, desarrollo y ruptura de una relación condenada al fracaso desde el principio. Esto no es un spoiler, pues, mediante el uso de un montaje alternado, lo primero que sabemos de la historia es que la relación cae en picado, como así lo hace la protagonista –Emmanuelle Bercot– en su descenso desesperado por una montaña nevada. Sendos accidentes condicionan el desarrollo de estas dos películas. Sin embargo, si en De óxido y hueso el derrumbamiento del recinto para orcas de un parque acuático provocaba el inicio de la relación entre los personajes de Marion Cotillard y Matthias Shoenaerts, en esta otra el slalon suicida marca el punto de no retorno en dirección a la separación.

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Presente y pasado se alternan a lo largo toda la narración, y durante buena parte del metraje cuesta identificar cuál de los dos momentos narrados es el cronológicamente posterior, sin que nada de esto sea negativo, ni tampoco positivo. Quizás la decisión atienda a los habituales criterios de creación de incertidumbre, tan habituales en un género tan opuesto como es el thriller; quizás haya sido un problema de percepción por parte del que escribe estas líneas. Lo cierto es que poco importa, pues lo más interesante de esta historia está en comprobar cómo esta relación tóxica nació moribunda, con atisbos de vitalidad pero pronóstico fatídico. Vincent Cassell está inmenso, aunque mil veces sobreactuado, en su rol de arrebatador galán trasnochado, y en las mismas condiciones de excelencia y sobreactuación le planta cara Emmanuelle Bercot, papel por el que ganó el premio a la mejor actriz en el pasado festival de Cannes. Tras estos dos descompensados trabajos pertenecientes a la escuela de la intensidad interpretativa está la mano de la realizadora, incapaz de llevar a buen puerto tanto la labor de estos dos excelentes intérpretes como la propia historia.

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Sin embargo, más que un problema de dirección de actores, se trata más bien de un asunto de base, de concepción. El proyecto aspira a la montaña rusa de emociones, pero llevada al extremo del sufrimiento en primer plano, los gritos desgarradores y el zarandeo de la cámara, en un maremágnum de emociones desbocadas que rara vez acierta con el tono. Un estilo que tiene apariencia de arriesgado pero no deja de ser eso, una apariencia. Y es que este tipo de películas son muy agradecidas para el espectador confiado, que, ante tal desglose de emociones, no puede evitar verse arrastrado por este sufrimiento, con el que empatiza y que le genera la sensación de que lo que está viendo es colosal. Esta es la gran diferencia de enfoque entre De óxido y hueso y Mi amor. La primera optaba por la contención, dentro de los ambientes de extrarradio en los que se movía, y la crudeza de las secuencias estaba lejos de inundar la propuesta. Era en su parte final cuando la emotividad, hasta entonces ausente, aparecía por la puerta grande y colapsaba el fotograma, impregnándolo de sensiblería barata harto desaconsejable, lo que desfiguraba el resultado final, hasta entonces estimulante en su conjunción de personalidades tan dispares.

Este error final es en Mi amor la línea maestra que traza, y condena, la totalidad de la película.

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Apoyada en una realización perteneciente al cine alternativo europeo, ese tan influenciado por autores como los hermanos Dardenne pero que malinterpreta sus preceptos, la filmación de esta obra se compone de un carrusel de recursos formales que apuntan al apuñalamiento de intensidad. La turbulencia de los hermanos belgas es mareo en este caso, su crudeza es aquí sobredosis innecesaria, su cercanía a los personajes es aquí invasión recargada. Todo busca ser muy duro, intenso, asfixiante, desbordante, y finalmente todo lo es, pero en el sentido opuesto al que aspira. Todas esas sensaciones son las que se le causa a la audiencia, pero no debido a la grandeza de lo que ve sino a todas las incomodidades que le impiden ver algo. De esta manera, acabará aburrida entre tanta repetición de situaciones y abuso de recursos formales y de fondo, mientras observa cómo nada de eso habita en las imágenes que observa. Un conjunto de fotogramas vacíos de verdadero contenido, estirados hasta la saciedad y enrollados sobre sí mismos en una espiral que conduce a los bajos fondos del sopor redundante.

TRAILER:

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