Mi otro yo

De traumas, gemelos y doppelgängers. ¿Algo más? Por Arantxa Acosta

"Bien, ella no sabía cocinar. Hay crímenes peores como todos sabemos."Todo por un sueño (To Die For, Gus Van Sant, 1995)

Hará ya veinte años descubrí La mitad oscura (The Dark Half, George A. Romero, 1993). Sin ser una gran película, personalmente reconozco que me impactó muchísimo el hecho de que la explicación sobre la doble personalidad del recluido escritor se achacase al hecho de haber absorbido en su propio cuerpo, y en concreto en el cerebro, a su gemelo durante la gestación maternal. Como escribía Stephen King, “igual podía haberlo hecho en los intestinos, el bazo, la médula espinal o en cualquier otra parte”, pero lo hace en el cerebro, órgano aún lo suficientemente misterioso como para albergar éste y muchos otros secretos. Por supuesto, el hecho de que el gemelo “se esconda” en el lóbulo prefrontal, director de la personalidad y comportamiento, es el que da manga ancha al escritor y, por tanto, a la película. Así que independientemente de la imaginación del novelista, quizá lo más terrorífico es pensar en qué punto de la vida humana llegamos a tener conciencia propia, y cuál es el grado de independencia de ésta con nuestro propio cuerpo. La posible existencia del alma, atrapada sin remedio en un cuerpo mortal que ni tan siquiera es el que le toca. Imposible no perturbarse.

Hace también casi veinte años descubrí a Isabel Coixet, con Cosas que nunca te dije (1996), película que sigue siendo de mis favoritas de la directora. Tras varias decepciones me reconcilié con su cine con la nostálgica Ayer no termina nunca (2013 – reseñada aquí por un Fernando Solla que no comparte mi ilusión hacia la película), en la que Coixet acertaba plenamente al plasmar en imágenes los pensamientos individuales de una pareja rota por las circunstancias y no tanto por su falta de amor. Por supuesto, si algo caracteriza la obra de la directora es ese pausado toque intimista, pura representación de lo que es la vida real. Y ese toque no ha querido obviarlo, tampoco, al adaptar para la gran pantalla una novela dirigida a adolescentes. Porque reinventarse no tiene por qué significar olvidarse de la “marca de la casa”.

La pregunta principal que se nos plantea entonces, como espectadores, y tras el visitando de Mi otro yo, es si la directora ha sabido balancear acertadamente su nueva incursión en el cine de terror con su necesidad de psicoanalizar cualquier situación que presenta en la pantalla. 

Algo que, por supuesto, esperamos de la directora a medida que avanza el metraje, inicialmente obviando que su concepto de película para adolescentes sea el reutilizar recursos tan vistos como sobados, desde los sustos acompañados de un “estratégico” estruendo musical (¿qué me dicen de la rotura de cristales? Decepcionante a todas todas, y para más inri tenemos que soportarlo un mínimo de tres veces), hasta secuencias que llamaremos “homenaje” a otros films (rememoramos varias veces durante el visionado la genial Dark WaterHonogurai mizu no soko kara, Hideo Nakata, 2002 – o algo de Sinister – Scott Derrickson, 2012 -, sin contar Cisne NegroBlack Swan, 2010, cuyo aún reciente estreno y saber hacer de Darren Aronofsky hace muchísimo daño a esta Mi otro yo)… Así que intentamos aportar un voto de confianza o, mejor dicho, ver más allá de lo que aparentemente es la película: una ambientación bien conseguida con los característicos primeros planos de la directora, recurso que a los máximo veinte minutos dejan de funcionar. 

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Veamos. La directora desvela pronto la existencia de una gemela muerta antes de nacer (no debería, por tanto, ser un spoiler). No es que sea la explicación, pero ya sitúa al espectador, teóricamente, en el hilo conductor de la película. Un hilo que podría ser engañoso…

Ya que desde buen inicio pensamos que el escenario principal, el pasadizo del parque, esa reducida gruta con una puesta en escena que desvela seguramente de forma intencionada su condición de escenario, quiere representar el interior de la mente de la protagonista. El lado oscuro que todos tenemos, el sitio que únicamente conocemos nosotros mismos y en el que nos pasamos más o menos tiempo. Siendo así, tiene lógica que ubique allá el desconocido recuerdo de su madre teniendo los primeros indicios de aborto, o los principales encuentros con su “alma gemela”, que no sería más que la personalidad más vengativa y rebelde que todos llevamos dentro en mayor o menor medida. Por tanto, podemos pensar que gran parte de la película es completamente imaginada, representación de la fantasía de una niña, Fay, que está harta de ser la mojigata de la que se ríen en el colegio. El varias veces explorado “evadirse para no sufrir”, reforzado aquí con el hecho de que su mundo se desmorona al conocer la enfermedad terminal de su padre. ¿Cómo reacciona una adolescente ante un golpe tan traumático? 

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La felicidad se pierde tan rápidamente como la psique, hecho que la obliga a escudarse en pretender la existencia de otra personalidad mucho más malvada, y que repudia de forma consciente. Al principio la confundirá con la rival de la clase, por supuesto con un extremado parecido físico (sí, Cisne Negro vuelve a presentarse ante nosotros sin piedad en contra de la propuesta de Coixet). Que la vea igual que ella, incluso cuando se corta el pelo, es lo que obliga (positivamente) al espectador a pensar que todo lo que vemos es inventado, incluso muchas vivencias en el colegio, reforzado también por imágenes como la del póster del uniforme, el columpio que se mueve sin que haya nadie…. 

Pero la película no funciona. Mi otro yo podría haber sido una buena oportunidad para explorar la psique adolescente tras un trauma del calibre que expone la película, en la que el ritmo de la directora sería, entonces sí, de recibo. 

Coixet desaprovecha esta nueva faceta en su cine, que como decíamos sorprende inicialmente por lo a gusto que parece estar en el género, y baja el nivel (no hacen falta “pistas” de una madre con gemelos si ya se ha informado previamente del hecho en sí… y tampoco funciona como recordatorio de nada, dado que, simplemente, se da como hecho desde el inicio). Además abre tantas líneas a seguir (¿sirve de algo conocer el romance de la madre?) que dispersa la concentración de un aturdido (por incrédulo) espectador. Escudarse defendiendo que es cine para adolescentes (porque, desengañémosnos, a Coixet los adolescentes no irán a verla. Lo harán más por ver a Sophie Turner, que sale airosa del experimento de la realizadora con el material tan incoherente que le proporcionan), y por ello poder centrarse en recursos que sí, funcionan para ellos, no da respuesta al resultado final de un film que, no obstante, tiene momentos o aciertos notables, sobre todo los que nos hacen pensar exclusivamente que absolutamente todo tiene que ver con la mente y actos de la adolescente, pero también el que se nos presente a la protagonista a través de sus fotografías, omnipresentes en el film, o el personal estilo que la directora impregna en cualquier escena de la película, sin renunciar a él incluso en las que son tan poco acordes con su cine, como pueden ser las de la escuela.

Es así como la directora, que como decíamos no abandona su ritmo habitual, peca de querer moverse en terreno sobre seguro utilizando muchos efectos de películas de terror, seguramente divirtiéndose al introducirlos en una película de corte personal. El problema principal es que parece que va avanzando para volver atrás, recordando, quizá, que no ha utilizado suficientemente un recurso y consiguiendo, simplemente, enervar al espectador al volver a tensar lo que ya ha sido completamente deshilachado (si es gemela no debería ser doppëlganger, si es fantasma cuál es la explicación de que lo vean personas ajenas al drama… y un largo etcétera). Esto, sumado a que el final es tan previsible que parece la realizadora haya querido ignorar que el espectador está pensando en ese momento, literalmente, “espero que no acabe haciendo que…” para dar paso inmediatamente a lo que había adivinado y provocándole el ahogo de un grito desesperado de dolor al verse confirmada su sospecha (que sí, que es para adolescentes, pero…), hacen de Mi otro yo una película olvidable dentro del género de terror, del cine de adolescentes y, lamentablemente por no conseguir serlo, del thriller psicológico. Quizá su mayor error haya sido tener referentes tan buenos.

TRAILER:

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