Moneyball

You're a loser, dad. You're such a loser, dad Por Arantxa Acosta

"Si lo construyes, él vendrá"
Campo de Sueños (1989)

Parecía que el cartel (español) de Moneyball lo decía todo: Brad Pitt, intuimos feliz, sentado en primera fila ante el verde campo mira hacia atrás, sonriente. Una de deportes, seguro, en la que el trabajo en equipo, las ganas de superación y la pasión por tu afición se antepone a todo. El trailer no nos saca de dudas: estamos ante el Jerry McGuire del siglo XXI. Cambiamos el manager del jugador por el manager del equipo, cambiamos el deporte, cambiamos el tipo de dificultades por las que pasa el protagonista. Pero la pasión por el béisbol, la pasión por ganar, es superior a todo. Emoción adrenalítica, lágrima fácil, y todos saliendo del cine contentos.

Y… qué alegría cuando te equivocas.

Moneyball

Moneyball, muy al contrario, no habla de la superación, ni de los sueños de grandeza.

No ensalza la pasión por el deporte (que, por estos lares, pocos adeptos podría encontrar). No es una lección de patriotismo, ni de cómo defendiendo tus ideas sales victorioso. Si algo es el film de Bennet Miller, es una bofetada, suave, eso sí, de realidad.

Si bien es verdad que al director de Capote (2005) deberíamos haberle dado un voto de confianza antes de aventurarnos a pre-evaluar su nuevo “producto”, no ha dejado de sorprendernos esa mirada a la soledad del protagonista. Porque el film está impregnado de eso, de un enorme sentimiento de soledad, del miedo al fracaso, y de la imposibilidad de dejarlo atrás.

Así, los dos primeros minutos ya sorprenden, gracias a un montaje que, aunque algo irregular más adentrado el metraje, nos descoloca y nos obliga a concentrarnos en qué está pasando. Si a esto le sumamos la cantidad de silencios que salpican gran parte de un film en el que esperábamos acción por doquier (es una de deportes, ¿no?), y una visión realista y muy poco emotiva, distanciada y objetiva sobre lo que se nos quiere mostrar, hacen de la película una interesante vuelta de tuerca al género deportivo. Dejando a un lado cualquier sentimiento irracional motivado por el entusiasmo que suscita este deporte a jugadores y aficionados, se presenta la vida tal y como es. “Si pierdes el último partido de la temporada, a nadie le importa una mierda (lo que hayas hecho antes)”, dice el protagonista, quizá demasiado desencantado de su trabajo, o quizá siendo, simplemente, todo lo visionario que le permite su larga experiencia en este deporte.

Basada en una historia real, el director opta por plantear los momentos más difíciles de la carrera como manager del equipo de béisbol Oakland Athletics, Billy Beane. En un alarde de valentía y determinación, y en contra de todas las reglas escritas y no escritas en este juego, decide hacer caso a un chico recién salido de la carrera de económicas de Yale: dejémonos de confiar en los observadores, hay que mirar las estadísticas. Lo que se necesita para ganar no es un líder guaperas que atrae a masas y que cobra millones. Lo que se necesita es sustituirle con tres jugadores que ayuden a subir la media de los puntos a conseguir en cada partido.

Moneyball 2

Intuimos claramente, gracias a pequeños flashbacks que reconocemos por incluir el año al que se refiere la escena, el rencor que el protagonista tiene a unos profesionales que le destrozaron su educación por haberle reclutado demasiado pronto. Vemos también, gracias a un sublime Brad Pitt que domina la introspección del personaje en lo que pueden ser las mejores escenas de la película, cómo interioriza sus dudas y no deja que ni sus jefes, ni los jugadores, ni su propia familia le vean flaquear. Planos generales en los que se ve al fondo al protagonista solo en un campo, sentado, corriendo, o dando vueltas en un descampado con su coche, encendiendo un par de segundos la radio para escuchar el partido. O primerísimos planos que permiten meternos en la cabeza del protagonista, sentir su vacío, su miedo. Su terror a volver a fallar.

Moneyball 3

Moneyball, como decíamos, no es la típica película sobre la remontada y victoria de un equipo, a lo Hoosiers (David Anspaugh, 1985), ni tampoco es una oda al béisbol y sus estrellas, como la fantasiosa Campo de sueños (Phil Alden Robinson, 1989) o Los búfalos de Durham (Ron Shelton, 1988). El equilibrio de la balanza se rompe totalmente hacía la descripción de los personajes, haciéndonos conocer a un padre que se preocupa por que su hija no piense que está fracasando, un directivo que no quiere acercarse a los jugadores para poder despedirles sin mezclar sentimientos, un manager que es incapaz de ver los partidos de su equipo, por miedo a revivir su propio fracaso. Pero también sorprende que la película no esté centrada en Brad Pitt, sino que hay espacio suficiente para un notable Jonah Hill, alejado de comedias adolescentes, que da lo mejor hasta la fecha en su carrera interpretando a un tímido e inteligente muchacho que convence con la aplicación de unas teorías que romperán en 2001 la forma de entender el deporte. Y también, aunque casi anecdótica, la participación de Philip Seymour Hoffman, que con algo más de cinco minutos de metraje transmite la ambición, determinación y falta de colaboración que el entrenador del equipo tuvo en esos momentos.

Experiencia vs. estadísticas. Pasión por el deporte vs. reconocimiento y asimilación de la realidad. Adrenalina vs. sentimientos contenidos. Moneyball apuesta siempre por lo segundo. Y triunfa.

TRAILER:



 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] a este punto, a Miller le importa la lucha lo mismo que le importaba el baseball en Moneyball (2011). Vuelve a nutrirse de casos reales para seguir una tendencia coherente y sigue explotando […]

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