Noé

El nuevo mártir de Aronofsky Por Arantxa Acosta

“Y Zila a su vez dio a luz a Tubal-caín, forjador de todo utensilio de bronce y de hierro”Antiguo Testamento, Génesis, 4:22

Patrones que se repiten, siempre con un denominador común: la existencia de un mártir que dará la vida, o parte de ella, por todos nosotros. Taladrándose la cabeza. Perdiendo un brazo. Convirtiéndose en luz.

Sacrificándose, por culpa de nuestro egoísmo, o gracias a nuestras esperanzas:

Pi, fe en el caos (Pi, 1998). La lucha de la naturaleza por resurgir, por volver a gobernar una Tierra consumida por los intereses del hombre, económicos o religiosos (si es que existe tal diferencia).

Requiem por un sueño (Requiem for a dream, 2000). La demostración de que los errores consecuencia de la personalidad humana nos hacen perder el camino que se nos ha marcado: una reflexión sobre la condición humana y su destino, y cómo conseguir cambiarlo para mantenerse según fue concebido: limpio, inocente, agradecido por su privilegiada posición.

La fuente de la vida (The fountain, 2006). Un recordatorio sobre la relación del hombre con la naturaleza y su verdadera posición ante ella. Una oda a la muerte, que no deja de ser el paso del hombre a un estado superior.

El luchador (The Wrestler, 2008). Una inmersión en los pensamientos humanos para hacer resurgir nuestra fe, en nosotros mismos y en los demás, cuando parece que todo está perdido.

Cisne negro (Black swan, 2010). La vanidad es una debilidad humana que ciega al que la prioriza frente a otras bondades de la vida, sumiéndo al hombre en la locura.

La espiritualidad que Darren Aronfsky ha impregnado en toda su filmografía era decisiva para considerar que Noé, su ya por fin directa mirada a las escrituras, iba a hacernos cuestionar muchas de nuestras creencias, tanto a escépticos como creyentes. A los primeros por mostrar que, independientemente de cómo se haya transmitido la historia generación tras generación, es posible demostrarnos que las santas escrituras no son un libro de ficción, sino que muy al contrario, y por muy noveladas que se encuentren, se fundamentan en lo que pudo ser una realidad. A los segundos, por todo lo contrario: que no hay verdades absolutas, que la teoría de la evolución de Darwin no tiene por qué contradecir la existencia de un ser todopoderoso, o un origen tan maravilloso y espectacular de nuestro planeta. Porque, al fin y al cabo… ¿no puede considerarse privilegiada nuestra existencia? ¿Divina, entonces?

Noé

No se ha encontrado, por ahora, vida e inteligencia como la nuestra en otro planeta, en otra galaxia… Si Ridley Scott nos dejaba entrever que la creación humana podría haber sido obra extraterrestre en su Prometheus (2012), no es imposible pensar que la caída de un meteorito, o un diluvio universal como consecuencia de él (o por un cambio climático), borrase de la faz de la tierra lo construido hasta la fecha por civilizaciones ancestrales. Tal y como pasó con los dinosaurios…

Así, al igual que aún no se conoce cómo pudieron construirse las pirámides del Antiguo Egipto, es lógico pensar que el Antiguo Testamento, por ejemplo, puede estar basado en el relato escrito por supervivientes de cómo desapareció casi toda la humanidad. Una humanidad organizada en ciudades, desarrollada, que había perdido el norte: se había creído que podía desafiar a la naturaleza. Se había creído igual a Dios.

Aronofsky no se lo ha inventado para Noé. En el Génesis ya se habla de Tubalcaín como el impulsor de la industrialización, por lo que nadie puede sorprenderse de que el director, documentado como siempre lo ha estado para todos sus proyectos, se permita aleccionarnos y  poner de manifiesto, una vez más, su preocupación por el ser humano y su futuro.

Las luchas de poder, las guerras, los intereses propios, el desprecio por una Tierra que es nuestro hogar… si seguimos así, la Historia se repetirá.

Por tanto, el director se encuentra con una fantástica “novela”, premonitoria, como a él le gustan, y la relata de forma que, sin tergiversar nada de lo que está escrito en ella, sino muy al contrario, leyendo entre líneas y relacionando textos de distintas religiones que tienen este denominador común, puede estar lista para convertirla en una película de acción. Todo un taquillazo que le ayude a demostrarse a sí mismo que no le tiene miedo al mainstream, y, aún así, sin verse obligado a perder ese su estilo tan personal, con el thriller como denominador común al resto de sus films en los que ya ha tratado la ciencia ficción, el documental…

Así nos llega Noé, su proyecto más ambicioso desde hacía años. La humanización del “héroe”, el escudriñamiento de la mente de un ser que pudo existir realmente, alguien que se dio cuenta podía hacer algo para cambiar el curso de la humanidad. Un realismo que, sin embargo, no lucha, ni lo pretende, en contra de los elementos fantasiosos que todo film épico, como el director ha decidido sea éste, necesita: un anciano con poderes; ángeles caídos convertidos en gigantes de piedra; buenos y malos luchando entre ellos en una temible batalla con armas también de fuego (elemento clave en la película para asegurar el resurgir de la especie y su evolución)…

Y, llegados a este punto, me resultó muy curioso que en el pase hubiese gente que se pusiese a reír con la explicación de la creación del mundo, o con Matusalén convirtiendo en fértil a la mujer del hijo mayor de Noé. Si la magia la vemos en Juego de Tronos (Game of Thrones, David Benioff, D.B. Weiss, 2011-), no hay problema. Si los seres de piedra luchan en El señor de los anillos (The Lord of the rings, Peter Jackson, 2001-2003), tampoco. Pero si es el Génesis… Por favor, veamos qué quiere Aronofsky: olvidémonos de la “novela” original y del Noé sirviente de Dios, y tomémosla como fuente para el guión del particular análisis del escrito original, por parte de un abnegado director que busca la verdad bajo el halo de misticismo, tal y como ha hecho en todas sus películas anteriores. El director toma las santas escrituras, las retuerce, las unifica, las re-interpreta, las pauta, y, finalmente, nos devuelve una realidad exaltada, fantasiosa, pero no tanto como su origen, supuestamente divino.

Sin embargo, mientras veía la película, no podía dejar de pensar que hay que tomarse Noé como una pequeña burla a las películas fantásticas actuales.

¿O acaso no es una forma de decir que lo plano de muchos de sus guiones – y Noé no es una excepción – no es ni tan siquiera original? Porque mitología y religión siempre serán base de estos relatos…

En cualquier caso, vamos ya con el film en sí. Noé consigue ser épica desde el primer minuto, eso no se puede negar. Por su historia, por su diseño de producción, por su vestuario, pero sobre todo gracias a su música. Clint Mansell, que ha acompañado al director acertadamente en todas sus películas (al igual que gran parte de su equipo técnico), ha creado una música envolvente, que eriza el cabello en todos esos planos secuencia aéreos que muestran el mundo, el arca… Curiosamente, muchos de sus compases recuerdan vagamente a los compuestos para las otras películas de Aronofsky y, lejos de pensar que se trate de un auto-plagio o de falta de ideas, se nos antoja una forma de relacionar esta obra con las anteriores, convirtiéndola así, al menos por el momento, en el film que culmina la transmisión del gran mensaje que el director quiere hacernos llegar (abriendo, de forma tan pretenciosa como el carácter que está denunciando, los ojos al espectador y por ende a la humanidad al completo: Max quiere encontrar la respuesta divina en los números; Izzy nos habla de búsqueda de la inmortalidad del ser humano en su libro, a través de Xibalba y su significado… Noé remarcará la necesidad de ser transigentes con las distintas formas de vida para evitar una rebelión. Divina, o no).

La historia, rocambolesca, no deja de ser la típica sobre la lucha del bien contra el mal. También típica es su forma de abordarla, recordándonos incluso demasiado a otros films más o menos recientes. No obstante, ¿no es lo que busca el director? ¿No se trata de un homenaje a las grandes superproducciones de finales de los cincuenta/inicios sesenta (lo vemos en la presentación, en los títulos de crédito..)? Como en aquéllas, la división entre “buenos y malos” está exagerada durante buena parte del film, hasta que Aronofsky deja que le reconozcamos, por fin, con la transformación de Noé, ya en las escenas en el interior del arca:

Lo hijos de Caín se nos presentan sucios, salvajes, sin ningún tipo de educación para con sus congéneres. Serán los ambiciosos, los irrespetuosos con la naturaleza, pero, sin embargo, los que consiguen el progreso del hombre. ¿Es que no es motivo suficiente para considerar la bondad que hay en su interior, para ver su implicación con la sociedad? Tubalcaín, máximo representante del linaje, será la personificación del torcido progreso. Buenas intenciones, actos erráticos.

La estirpe de Noé se conforma con saberse parte de la naturaleza, igual que los árboles, que los animales, que los cuatro elementos. No quieren luchar a no ser que sea absolutamente necesario. Noé, por supuesto, es la representación de la bondad, del ser que debe permitirse renunciar a sí mismo, también en pro de una sociedad en convivencia.

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Un hombre perdido tras la muerte de su padre, que vive de y por la naturaleza, que no está contaminado por la revolución industrial que supuestamente acabará llevándonos (ahora, también) a la destrucción y reinicio de la civilización, desde un nuevo origen de la vida, partiendo de nuevo de los organismos uni-ceculares y hasta la evolución del mono. Un hombre sabio, respetado y amoroso padre que, siguiendo su sueño y alucinaciones, se cuestionará el truncar incluso el futuro de su familia. Un hombre loco que, tras evaluar su comportamiento, dejará de autocastigarse para permitirse a sí mismo reconducir de nuevo su propia vida junto a los suyos. Al fin y al cabo, un hombre, el hombre, hecho a imagen de Dios, que tiene derecho al libre albedrío. Esa es la interpretación de Aronofsky sobre el devenir de la humanidad.

El director no sólo se empuja, de nuevo, a evaluarse con la incursión en un nuevo género, sino que técnica y argumentalmente también arriesga, experimenta. La forma de representar del avance del agua que permitirá el crecimiento de árboles por toda la tierra, con stop motion, utilizadas también para la presentación del origen de la Tierra y la evolución de sus seres vivos, nos hace relacionar el raro formato con la vida, y el paso el tiempo. La presentación de los personajes en sombras, primero en la introducción, luego al ilustrar las guerras (con soldados llevando trajes de distintas épocas, muchos con armaduras que, teóricamente, la civilización de Noé no habría podido ver… ): con este formato relaciona pasado, presente y futuro, la ficción narrada con la actualidad, demostrando que estamos siguiendo exactamente lo mismo…

No obstante, sus marcas de siempre siguen ahí: la cámara a la espalda de los protagonistas, los planos cenitales, las imágenes repetidas secuencialmente (serpiente, manzana, arma, en este caso) para cerrar un ciclo y empezar el siguiente en el film… En algún momento incluso nos hace pensar que su ego es tan elevado que se permite el auto-homenajearse, pero inmediatamente abandonamos esta idea porque, aunque sea así, el director se lo puede permitir…

Consciente de que, personalmente, Noé no es por supuesto un fracaso en la carrera del director, sí admito que muy posiblemente sea su peor película.

Por querer abarcar más de lo que se podía. Por alargarla y perder ritmo con un guión tan simple que no es capaz de sostener tanto tiempo las escenas en el interior del arca. Por unos efectos especiales que parece se han concentrado en una parte específica de la película para ser resueltos de forma mucho menos elaborada en gran parte del resto de escenas, desconcentrando al espectador (esa serpiente…). Por una selección de actores que no están a la altura, como un Hopkins que parece pasaba por allí, o una Jenniffer Connelly tan delgada como inexpresiva. Destacar, eso sí, el trabajo de Russell Crowe, que aunque parezca se haya basado demasiado en el Maximus de Gladiator (Ridley Scott, 2000), al menos es coherente con la evolución de su personaje. Y también del joven Logan Lerman, que emerge por encima de todo el reparto juvenil.

Aranofsky, lamentablemente, se pierde. Presentando teóricamente (y llegándolo a creer) a Noé como un hombre corriente que puede ser atrapado por la locura y la desesperación, no es posible que combine ese realismo con planos que parecen sacados de la National Geographic con el fin de enternecernos cual película de lágrima fácil (¿un pájaro dando de comer a sus crías? ¿Un osezno? Venga hombre…), o con infografías tan desesperadas como totalmente increíbles, por muy fieles que sean a los textos originales (¿era necesario inmortalizar a la paloma blanca con la rama de olivo, si ni se le hace caso en la película?).

Con todo, Noé es un gran film. Imperfecto, seguramente más de lo que le gustaría a Aronofsky, pero un gran film. El director demuestra que sigue superándose a sí mismo… aunque La fuente de la vida siga siendo, con toda seguridad, su pequeña obra maestra.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] llegar en mejor momento: tras el estreno hace pocas semanas del “sermón” de Aronofsky con Noé (2014), descubrimos de forma fehaciente la destrucción de la naturaleza por parte del hombre. […]

  2. […] podemos soslayar las semejanzas que Interstellar mantiene con Noé (2014, Darren Aronofsky) ni la distancia que imponen sus diversos tratamientos del mito […]

  3. […] ¿Intentarán vetarlo de alguna forma, tal y como quisieron hacer, por ejemplo y recientemente, con Noé (Noah, Darren Aronofsky, […]

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