Open Windows

Máscaras en bucle, el milimetrado sinsentido de Vigalondo Por Arantxa Acosta

"Too many friends
Too many people that I'll never meet
And I'll never be there for
I'll never be there for
'Cause I'll never be there

My computer thinks I'm gay
What's the difference anyway
When all the people do all day
Is stare into a phone"Placebo, de la canción Too Many Friends (álbum Loud Like Love, 2013)

Open Windows es en muchos momentos tan intencionadamente ridícula que se convierte en otra genialidad de este sorprendente realizador. A partir de aquí, y con esta sincera introducción…

Indiscutiblemente en muy pocos años el mundo ha evolucionado tecnológicamente como nunca, y el cine no podía quedarse atrás a la hora de mostrar sus peligros, siendo quizá una de las pioneras (dejando a un lado distopías que imaginaban ya hace décadas un mundo automatizado completamente irreal en su época) la irregular El cortador de césped (The Lawnmower Man, Brett Leonard, 1992) de inicios de los noventa del pasado siglo, en la que la realidad virtual, recién llegada al conocimiento de la gran masa popular, parecía que en breve iba a trastocar nuestras vidas de forma cotidiana. Pero no fue la realidad virtual tal y como se concebía entonces, sino las redes sociales, propagadas como un virus, las que volvieron a despertar el interés del otrora desinformado espectador y, por ende, el de la industria. Desde tv-movies acerca de la suplantación de identidad en un chat para quedar con alguien hasta películas mucho más interesantes como Love Eternal (Brendan Muldowney, 2013) – que, entre otras interesantísimas propuestas, evidencia que por muchos amigos que creas tener en la red en realidad estás solo -, o 8th Wonderland (Nicolas Alberny, Jean Mach, 2008) – en la que se llega incluso a pensar en la proclamación de un país virtual con su propia comunidad que desea conseguir las ventajas del mundo real-, han querido dar la alarma sobre lo etéreas que son las relaciones virtuales, y sobre todo, la pérdida de intimidad a la que estamos ya constantemente sometidos. 

La pérdida de la privacidad es un hecho. Quizá, simplemente, se trata ahora de pensar cómo evitar que ésta sea totalmente vulnerable. 

Y ahora llega Vigalondo con Open Windows, dando un pequeño salto al pasado reciente, obviando estas redes sociales en su película y mostrando su particular visión sobre cómo la expansión y posibilidades de la tecnología ha afectado ya a nuestras vidas. 

Interesante juego, que no únicamente le permite mantenerse al margen de la discusión “social” (y, por tanto, de lo efímero de su existencia – quien sabe si en cinco años estaremos en Twitter y Pinterest… y ya estoy obviando Facebook), sino que puede resaltar el objetivo de su mensaje, si cabe, de forma aún más siniestra: no es ni tan siquiera necesaria una puerta de entrada que queramos conceder de forma voluntaria (el perfil público, para entendernos), para que nuestra vida pase, literalmente, a manos de otro. La página web de la actriz que gestiona Nick Chambers, nuestro tímido protagonista, no es oficial, se trata simplemente de una página homenaje… que acaba siendo la excusa para acceder directamente a la indefensa protagonista, cuyo único delito es ser famosa.

Hackers que tienen acceso a la cámara del móvil de la chica, o a las de vigilancia de los hoteles, incluso a las que están en la mochila del maletero del coche (consiguiendo “cruzar” sus imágenes para crear una en 3D. ¿Increíble, no? Ya, ¿pero acaso lo era más el sistema de escuchas creado por Lucius Fox en El caballero oscuro - The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008?)… invadiendo la intimidad de los dos protagonistas, y de cada uno de nosotros. Pero, tras tanta persecución (a veces insulsa) y vuelta de tuerca a un guión imposible, no cuadran. ¿Es de esto de lo que nos quiere hablar Vigalondo? ¿Del peligro de convertirnos en personajes públicos?

Open Windows 2

Sinceramente, no lo parece. Y no es propio tampoco de la complejidad de los conceptos que tiende a manejar en sus films, aunque aparentemente no lo parezcan, y a los que nos tiene acostumbrados.

Por todos es conocido que el cine del director no deja indiferente. Y Vigalondo vuelve con Open Windows a traernos una película muy personal, “producto marca de la casa”, como ya anunciábamos con Extraterrestre (2011) y como ya lo era Los cronocrímenes (2007), donde la intriga y sobre todo el humor están aún tan presentes como su necesidad de bombardear al espectador con sus múltiples ideas, milimétricamente enlazadas. 

Así, el director crea un mundo a su medida, sin obviar la realidad pero permitiéndose ciertos lujos para evitar dejar flecos, por muy inverosímiles que puedan ser sus respuestas (por ejemplo, ¿cómo es que los hackers que buscan a Nevada, el supuesto secuestrador, conectan con el ordenador de Nick? Sin problema, se responde). Tan inverosímiles como grotescas y disparatadas, sí. Pero, ¿acaso nuestro mundo no se ha convertido en un disparate? Si convivimos en un lugar en el que espiar a otros es paradójicamente sencillo, ¿por qué no demostrarlo con un guión igual de sinsentido?

Buenos que son malos que son buenos; el héroe que debe salvar a la princesa encerrada en “la inaccesible torre” se transforma aquí en un internauta voyeur que se pensará lo de “explotar” a la chica, por mucho que la respete; pero tampoco, porque el voyeur puede no ser un voyeur, el tímido chico puede ser un hacker reputado, el novio un títere y el productor un psicópata. O puede que no haya nada de todo esto. Puede que, simplemente, todo sean máscaras.

Al final todos son todos, y somos nosotros. 

Vigalondo convierte a los villanos en defensores del arte, a los recluidos y tímidos internautas en verdaderos hijos de puta (con una estructura que, por cierto, se asemejará mucho a la Tesis de Alejandro Amenábar – 1996, además de que la necesidad de la máscara también nos recordará al complejo del protagonista de Abre los ojos – 1997), y a los listillos en títeres, buscando la complicidad de un espectador que ya no únicamente debe estar atento al particular formato de la película (que no novedoso), sino a los continuos giros argumentales, simple representación de las idas y venidas que nuestro propio mundo está sufriendo. Lo único que el director no aclarará es la procedencia del secuestrador, ni el motivo por el que todo empieza, contactando con el inocente Nick. Se entiende es un fan de la actriz, un admirador peligroso… pero por qué no un terrorista, un amante del arte. Y, al fin y al cabo, da igual lo que queramos creer, eso no es lo más importante del guión. 

Con un guión cíclico, igual que preparó ya en sus dos anteriores films, nos demuestra progresivamente y utilizando a varios personajes, que todos podemos pasar, en esta era tecnológica, de ser perseguidor a perseguido, de ser ensalzado por las masas a ser repudiado. Nadie es inocente, ni culpable. Se trata, como decíamos, de máscaras, y la de Nick no será otra cosa que el escudo que cada uno de nosotros interponemos ante nuestros círculos sociales, definidos específicamente para responder a nuestros propios intereses. Para estos quiero ser así, para los otros, de otra forma. Disfraces que ayuden a mantenernos alejados, a conservar nuestro yo verdadero en un entorno que lo hace imposible. 

Y, al margen de esto, Open Windows convierte el supuesto mensaje principal, el esperado o mejor dicho, el más visible, en una auténtica parodia. Jugando, de nuevo en su filmografía, con la mezcla de géneros.

Porque el realizador parece mofarse de toda la parte que se refiere específicamente al thriller de acción, empezando por presentase a sí mismo como director de la película inicial, “Dark Sky”, la que sirve de telón para la trama del film. Un film que se ríe a carcajadas de algunas películas del género (la mejor forma de vaciar tu mente es enrollándote con alguien en pleno ataque del enemigo…) y, de paso, se toma a broma la suya propia.

Open Windows 1

Vigalondo se mofa, en efecto. Porque tanto giro es innecesario, él lo sabe. El arroparse en el género found footage simplemente le sirve de estratagema para demostrar durante más minutos (que no harían falta) lo ridículo de la situación y de los que la estamos viviendo.

Por tanto, si en Los cronocrímenes se servía del viaje en el tiempo, caricaturizando al viajante que no entiende nada del por qué le pasa todo eso, y en Extraterreste el protagonista tiene que vérselas y deseárselas para darse cuenta de la importancia de saber cuál es su lugar, aquí se sirve de los espectadores, tratándonos de voyeurs como los que aparecen en su propuesta (la cámara subjetiva acabará transformándose en la fría mirada de una cámara estática, la de nuestros ordenadores, la del espectador, la del inevitable voyeur que necesita saber más), rizando el rizo situación tras situación para mostrarnos el alto grado de pérdida de autonomía a la que desafortunadamente hemos llegado, de forma seguramente inconsciente.

Y, de hecho, una de las denuncias de Vigalondo parece ser precisamente que el voyeur acabará juzgando lo que ve en función de cómo lo ve y cuándo lo ve. Y esto es interesante, porque con el acompañamiento que realiza al espectador, el mover la cámara de un lado a otro de la pantalla del ordenador principalmente, nos está demostrando también que puede jugar con la percepción de lo que está pasando. Subiendo el volumen o eliminándolo, dejándonos observar únicamente un pequeño recuadro de lo que es la pantalla completa. ¿Acaso no es su forma de obligarnos a darnos cuenta de que nuestra realidad está también sesgada, de que por mucho que queramos saber, y escoger, no nos va a ser posible? Un atisbo político cruza también la mente del espectador de Open Windows

Así que los momentos que realmente importan, los que pueden considerarse pistas que representan fielmente el concepto de Vigalondo, son en los que la imagen de Nick, de Jill, aparece como un rompecabezas, pudiendo pensar hace alusión a la fragilidad de nuestras máscaras, a las múltiples facetas que mostramos a los demás y a que el hombre, en definitiva, nunca se comportará como en el cuento de princesas que deben ser rescatadas de sus torres. Y, aun así, y sobre todo para la escena final, Vigalondo deja la puerta abierta a que el bucle vuelva a empezar desde buen inicio, o nos creamos que la solución a todo es tan simple como imposible. Porque está en nuestra naturaleza.

Así que desde aquí defendemos Open Windows. Porque se trata de una película arriesgada, y no por su supuesta originalidad (es verdad que ni el guión ni el formato innovan. El primero, porque es el resultado de un popurrí de situaciones ya vistas en otros films, y el segundo porque ya hace años que el found footage dejó de ser interesante exclusivamente por él mismo, por mucho que nos siga gustando a todos jugar a Gran Hermano). De hecho precisamente la película engancha por todo lo que conlleva la reutilización de ideas básicas, por cómo remarca temas más que tratados en la industria en esta nueva era. Y aunque la estupenda base filosófica que maneja no consigue ser trasladada al completo a la película, teniendo momentos en los que la tensión disminuye – muy posiblemente también por la pobre interpretación de sus actores (salvando a Elijah Wood que hace todo lo posible por creerse lo que está representando – incluso su vestuario es el que suele utilizar en su vida real – en un papel muy similar, giro incluido, al de Grand Piano - Eugenio Mira, 2013), el batiburrillo mental del realizador sí queda bien plasmado,  y eso es con lo que nos queremos quedar. 

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Mientras esas veladas de AC/DC, Jack Daniel’s y guiños cabareteros le proporcionaban asentamiento, esta antigua compañera de armas de Louis C.K. fue despachando sus primeros shows de comedia en tierra hostil. Su Planeta Catalunya (ahora Planeta España), sus Coñólogos, su Cómo ser feliz todo el tiempo. Paradojas del destino, ha sido a diez mil kilómetros de la meca del cine donde el cine llamó a la puerta. Eugenio Mira le propuso un pequeño cameo en Grand Piano (2013) y Vigalondo volvió a reunirla con Frodo en Open Windows (2014). […]

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