Oreina

¿Conservación o explotación? Por Paula López Montero

Se dice que el cine vasco vive una época dorada. Corren buenos tiempos para las narrativas en euskera y hemos venido contemplando buenos ejercicios en los últimos años como Ander (Roberto Castón, 2009), Lasa eta Zabala (Pablo Malo, 2014), Loreak (Jon Garaño, José María Goenaga, 2014), Amama (Aiser Altuna, 2015) o Handia (Jon Garaño, Aitor Arregi, 2017). Este año, además de Dantza como proyección especial en la Sección Oficial o la apuesta de la sección Zinemira por títulos interesantes como Basque Selfie de Joaquín Calderón, Errementari de Paul Urkijo Alijo, Jainkoak ez dit barkatzen (God doesn’t forgive me) de Josu Martínez, o Margolaria (The painter) de Oier Aranzabal se presenta como baza a la sección de New Directors  el primer largometraje de ficción de Koldo Almandoz, Oreina (El ciervo), tras haber participado en la edición del SSIFF del 2017 con Sipo Phantasma en Zabaltegi-Tabakalera.

Oreina

Oreina narra la historia de Khalil (Laulad Ahmed saleh) un joven saharaui que emigra con sus padres al País Vasco en busca de trabajo y que, tras fallecer su padre, se ve en la necesidad de buscarse la vida como puede estudiando a la par que trapicheando y mentado por un viejo preso, José Ramón (Patxi Bisquert) que le enseña los entresijos de la pesca furtiva de angulas. Poco a poco, tras la exposición de la rutina de Khalil, y de su relación con José Ramón vamos conociendo de una forma leve a los demás personajes la guarda forestal (Iraia Elias), el hermano de José Ramón con el cual no se habla desde hace años a pesar de vivir uno en frente del otro (Ramón Aguirre que este año recoge el Premio Zinemira por su trayectoria dentro del cine vasco) o Joana la chica de la gasolinera que utiliza a Khalil cuando su novio no está y de la que Khalil está enganchado (Erika Olaiazola). Un buen pretexto de guión para empezar su primera película de ficción tras una trayectoria casi impecable como director de cortometrajes y documentales. No obstante, el salto a la ficción no es tan fácil como uno se piensa, la estructura narrativa ha de tener la misma justificación que en un escenario más corto, nada puede sobrar. Oreina, sin embargo, queda en una exposición de sucesos en las rutinas de los personajes en los que el espectador ha de ir dando significado a los silencios y a la única simbología que nos ofrece (una cabeza de ciervo taxidérmico actúa de sinécdoque del filme) como ya pasaría con Loreak, donde las flores funcionaban, de una forma brillante, como enigma, reducto y unión del largometraje en donde el espectador tiene un amplio espacio para entrar en el juego. En esta exposición que no hurga en la vida sino que se queda casi como en el punto de vista de la guarda forestal o de la prudencia de Khalil (un joven entre dos mundos), Oreina se queda, bajo mi punto de vista, sin explotar buenas apuestas, y a la deriva entre los largos planos en la motocicleta de Khalil, en un vaivén constante. Se entrevé, por ejemplo, una idea clara de apostar por la naturaleza o de reflejar el conflicto entre conservación y explotación, entre vida libre o embalsamada, pero la aparición sutil de los animales y su mensaje ulterior –a pesar de la clara intención del director por dejar espacios abiertos donde entre el juicio del espectador- queda muy borroso y podría haberse dado más importancia. No obstante, huelga decir que Koldo Almandoz ha sabido encontrar la línea donde se sitúa el cine vasco actual y me arriesgaría a decir que acoge de una forma secundaria las narraciones que se nos exponían en Ander –recordemos la tensión entre identidad, homosexualidad, y extranjería que hacían del motor del conflicto, como sucede de una forma más vaporosa en Oreina- o la tensión entre dos horizontes como son el de tradición y modernidad como sucedía en Handia. Ahora, en Oreina, esta fricción se explicita mediante el conflicto de los dos hermanos o se vehicula en la metáfora final en la que un grupo asiáticos se quedan con las angulas y la cabeza de ciervo, un triunfo irónico de la modernidad y el capitalismo. No obstante, Oreina es destacable por la elección y encuadres de sus tomas. Asimismo sabe dar tensión al argumento con la contraposición de planos bellos y calmados de la naturaleza, con aquellos que nos ofrecen un punto de vistade los polígonos industriales. No obstante, los elementos que se reiteran como puede ser la misma banda sonora continua o la elección de quedarse en un punto de vista más o menos aéreo, leve –aunque pueden aportar calma y la tranquilidad buscada- dejan ver quizá el horizonte fílmico que le queda al director por recorrrer. Aún así, Oreina, como he dicho, con sus luces y algunas sombras es un buen comienzo de ensayo y de error.

Oreina 2018

Desde luego me parece elogioso haber seguido la línea que los filmes antes citados y es muy interesante ahondar en la cinematografía vasca donde se expone y se explora el conflicto entre tradición y modernidad de una de las regiones y culturas más antiguas de Europa y que ve en el capitalismo y en la modernidad al monstruo que devora a sus hijos más pequeños. Es curioso ver como en la sección Zinemira muchos de los largometrajes o documentales aún versan sobre los conflictos, héroes y figuras del siglo XVII en adelante. Es de vital importancia recuperar el pasado, para situarnos en el horizonte cinematográfico y encontrar el lugar. Y en este sentido creo que el euskal zinema lo tiene claro.

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