Oslo, 31 de agosto

Un paseo por la autodestrucción Por Jose Cabello

Me gusta recordar las cosas a mi manera, no necesariamente como sucedieron.

Esta frase, extraída de uno de los momentos cumbre de Carretera perdida (Lost Highway, 1997) es la respuesta que da Fred Madison a los detectives cuando éstos le preguntan si posee una cámara de vídeo. El inicio de Oslo, 31 de agosto surca el limbo acariciando los recuerdos de la mente de Anders, su protagonista, bajo la misma hipótesis que el personaje en la película de Lynch. Ambos, subyugados por una quemazón que no les deja vivir, coexisten en el polo negativo de la única actitud que conocen: alterando su memoria, recurriendo a la nostalgia. Cambiando de sitio aquello con lo que no pueden vivir. Anders, a lomos de un caballo que transporta kilos de melancolía, introduce el escenario de su propia tragedia mientras divaga en voz alta y añora una época pasada donde todo parecía transcurrir a la perfección. Al menos en el recuerdo de su memoria.

Joachim Trier con Oslo, 31 de agosto, arma los últimos días del tratamiento de desintoxicación de Ander, un joven noruego utilizado, en el relato, como peón para abordar la problemática de la reinserción social.

Como último paso para finalizar la terapia, el joven debe conseguir un empleo, de este modo completará el ciclo y alcanzará la normalización en su vida. Una entrevista en la ciudad supone la coartada para el desarrollo de Oslo, 31 de agosto. Al mismo tiempo, Anders aprovecha la escapada para encontrarse con antiguos amigos y familiares. Tres tentativas de contacto con su vida anterior -mejor amigo, hermana y exnovia- reflejan la inestabilidad latente en la personalidad de Anders. Cada encuentro perturba, en crescendo, el razonamiento del protagonista que ansía corroborar la soledad de su estado social.

Oslo, 31 de agosto

El encuentro con su mejor amigo, también antiguo adicto a las drogas, se detiene en la pose de familia “progre” que ahora forma junto a su mujer y su hijo, regocijándose en charlas banales de filosofía Paulo Coelho y citando a un Proust de Wikipedia. Anders descubre que la postal idílica resulta habitar en un decorado de cartón-piedra cuando, a solas, su amigo le confiesa que él, a pesar de tener una familia, también sufre un desorden vital similar. Anders, medio afectado pero recompuesto, continúa su camino hasta la siguiente parada. Su hermana.

Este acercamiento será el trampolín definitivo a la catástrofe, pues Anders ha optado por rechazar el mensaje implícito procedente de las personas que le rodearon tiempo atrás. Frente a un horizonte común de soledad y estancamiento, Anders  se niega a ver el componente habitual de una situación que él se empeña en abanderar y tratar como excepcional, y personal, minando así la posibilidad de seguir adelante, viviendo en una actitud autocomplaciente y destructiva. Una mirada a los ojos de la autodestrucción en consonancia a otro nórdico, Lars Von Trier, que erige en esta temática parte de su arquitectura fílmica, ya sea desintegrando el pueblo de Dogville (2003) haciendo explosionar la bomba en el tren de Europa (Europa, 1991) o utilizando la figura de una esposa adúltera para salvar el deseo sexual en el matrimonio de Rompiendo las olas (Breaking the waves, 1996).

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En uno de sus largos paseos por la ciudad de Oslo, Anders telefonea de manera compulsiva a su exnovia. Enganchado a la vorágine del sentimiento negativo, no encuentra razón para continuar su existencia, se considera un individuo prescindible para el resto. Otro film noruego, El inadaptado (The Bothersome man, 2006) focaliza la desazón de un individuo dentro de la comunidad nórdica mostrándola como a un personaje de Bresson, marcado por el tono gris, el vacío y la frialdad. El verdadero problema de Anders es que no desea cambiar. Varias situaciones lo ejemplifican: durante la entrevista de trabajo, cuando se le pregunta acerca de los años en blanco en el currículum, Anders contraataca y renuncia rápidamente al puesto;  en la fiesta a la que es invitado por antiguos amigos, Anders es comparado con otros casos de personas cercanas a su entorno que quedaron atrapadas por un pasado, pero que, a diferencia de él, luchan diariamente por sobrevivir sin regodearse en lo fácil del fango pretérito.

El joven, fiel a un comportamiento de  manual para no atajar los obstáculos de su vida, culpa al exterior de su propio destino. En un viaje psicoanalítico, el protagonista rebusca en su pasado para terminar diagnosticando que el germen de su desgracia fueron unos padres permisivos que lejos de condenar la droga, en cierta manera, la favorecieron. El reproche contra el modelo open mind de sus progenitores se materializa incluso en una teoría según la cual, durante su adolescencia, gozó de una libertad excesiva y ahora paga las consecuencias.

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Conviene no olvidar que Oslo, 31 de agosto, aunque llega en 2014 a la cartelera española, aterriza con casi tres años de retraso. Oh, distribución. Y para el espectador español privado de cine nórdico, a excepción de los nombres de siempre, este retraso desfigura el contexto en el que Joachim Trier enmarca un film que coexistió con los atentados de Oslo de 2011. Un dato fundamental que preludia, en cierta manera, el ambiente asfixiante de una ciudad fría, no por lo innato al clima, que también, sino por su entramado social de círculos finitos y cerrados donde parece no haber cabida para individuos con menos recursos personales, como es el caso de Anders.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] para ellos. Mientras Samya mantiene una actitud más cercana al protagonista reincidente de Oslo 31 de Agosto (Oslo 31, August, Joachim Trier, 2011), Adrián tiene claro su objetivo. Y a pesar de optar por […]

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