Paterson, de Jim Jarmusch

Revisitar el tiempo Por Daniel Jiménez Pulido

En un acto casi impulsivo un personaje mira un reloj. Nada fuera de lo común, a decir verdad, de no ser por encontrarnos dentro del universo fílmico de Jim Jarmusch. En el prólogo de Dead Man (1995), por ejemplo, lo primero que vemos hacer a William Blake (Johnny Depp) es sacar un reloj de bolsillo y mirar la hora. En cierto modo, es una acción que parece carecer de lógica alguna en una película donde el tiempo parece haberse detenido, justo en medio de un viaje en tren que parece transcurrir por la misma Historia del Cine. Sin embargo, Jarmusch decide otorgar relevancia al momento a través de la sintaxis del plano-contraplano entre el rostro, en primer plano, de Blake y el plano detalle del reloj.

En Paterson, el último trabajo del director de Mistery Train (1989), lo primero que hace cada mañana el personaje interpretado, con brillante contención, por Adam Driver, es mirar su reloj. Paterson, que es tanto el personaje, el título del film, la obra cabecera de su poeta de referencia y el nombre de la ciudad que recorre como conductor de autobús cada mañana, se desvela sin necesidad de teléfonos móviles ni alarmas que interrumpan un sueño que sabe con certeza cuándo debe terminar. Esa especie de reloj interno del personaje, por lo tanto, revela la futilidad del acto impulsivo de mirar el reloj, tal y como sucedía, salvando las distancias, con William Blake en el inicio de Dead Man.

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En la nueva película de Jarmusch, la presencia del reloj deviene también protagónica en otros momentos de la película: aquellos en los que, a través de encadenados elípticos, vemos transcurrir la jornada laboral del personaje. Esta decisión de puesta en escena, en su sentido más profundo, pone también en imágenes esa idea de que el tiempo, además de movimiento, alberga en su interior una cierta idea de la repetición. Las manillas del reloj volverán a marcar las mismas horas pero cuando vuelvan a su punto de origen, nada podrá volver a ser igual. La propia estructura narrativa de la película se sostiene sobre esa misma idea de la repetición, dividida en los días de la semana e instaurada casi en la misma rutina que lleva a cabo metódicamente su personaje cada mañana.

Habrá otras ocasiones en que esta sucesión de encadenados capitalizarán la imagen: aquellos en los que la estilográfica del personaje plasma la poesía cotidiana en los descansos de su jornada laboral. Y aunque aquí, el sentido de esos encadenados, corresponden a una cierta idea onírica y de representación mental del personaje imbuido en su proceso de escritura, en realidad tienen la misma jerarquía que esos momentos en los que la imagen en time lapse del reloj avanza descontrolado, superpuesto a esas otras imágenes que puntean la jornada laboral a bordo del autobús. Es justo ahí donde se detiene una película como Paterson, en las ligeras variaciones que sabotean esa idea de la repetición y en la belleza escondida de la cotidianeidad. Porque, aunque ya hayamos hecho referencia a ello, Paterson, el personaje, tiene también alma de poeta.

Paterson de Jim Jarmusch

Precisamente era la identidad del poeta inglés William Blake, con el que confundían al Johnny Depp de Dead Man, la que devoraba finalmente a un personaje convertido en fantasma, vagando entre el imaginario mítico de una Norteamérica atávica. En Paterson, el personaje de Driver tiene como referente a otro William, el poeta estadounidense William Carlos Williams. El referente no es casual si tenemos en cuenta que incluso en el propio nombre volvemos a encontrar esa idea de la repetición. Y menos casual resulta todavía que en su bibliografía figure una compilación de obras poéticas bajo el nombre de Paterson. Paterson, la película, a diferencia de la poesía que elabora Paterson, el personaje, establece una especie de rimas internas no solo con elementos presentes en el propio largometraje, sino también con el resto de la filmografía de Jarmusch. Estas rimas se manifiestan en pantalla ya sea a través de la idea del doble (la propia sombra o los diferentes gemelos con los que se encuentra el personaje cada día), de la armonía colorista del fetichismo estético con el que su esposa decora el hogar (o unos cupcakes) o bien a través de decisiones de puesta en escena tan brillantes como sobreponer en pantalla las palabras que el personaje escribe y, a la vez, recita una voz en off desapasionada.

Como la obra poética del estadounidense, la poesía que da forma Paterson (en realidad, las palabras del norteamericano Rod Padgett) durante los ratos libres de sus descansos, en su pequeño cuarto o mientras espera comenzar su recorrido diario con el autobús, es una poesía que busca encontrar lo sublime en esas pequeñas cosas que infravaloramos a diario por el peso de la rutina. Y lo hace también utilizando un lenguaje cotidiano que, en su punto culminante, es capaz de encontrar la belleza de la palabra. Una idea que, por otra parte, no hace más que representar el corpus discursivo de toda la filmografía de un Jim Jarmusch que siempre ha preferido reivindicar, enérgicamente, el tiempo muerto, deteniéndose en esos espacios que otras películas y otros directores han preferido fundir a negro. En ese sentido, Paterson, una de las mejores y más personales propuestas de Jim Jarmusch, la idea de trabajar con esta idea de la repetición es afrontada desde la más absoluta coherencia formal.

Para Jarmusch, de quien a estas alturas ya podemos considerar alter ego de su protagonista principal (o viceversa), como para Paterson/Rod Padgett y William Carlos Williams, poder revisitar cada día los mismos lugares supone una oportunidad de detenerse en aquello que hemos podido dejar escapar en un primer momento. En un mismo nivel jerárquico, cada conversación escuchada a hurtadillas en el autobús, cada visita al bar y cada encuentro con su soñadora esposa, nos sitúa como espectadores ante un nuevo desafío, una nueva oportunidad de poder capturar el esplendor de lo cotidiano. Ya sea a través del torbellino emocional que puede desembocar la contemplación de una caja de cerillas, como la espuma que corona una jarra de cerveza en primer plano. Nada es prescindible.

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