Pensé que iba a haber fiesta

En la vida ajena Por Jose Cabello

Los híbridos en el cine actual sufren un proceso continuo de descrédito a pesar de suponer un paso más allá de un atrofiado horizonte cinematográfico que cumple de manera escrupulosa las pautas que conforman los géneros sin tener en cuenta que, en muchas ocasiones, al satisfacer estas rígidas normas, el bostezo será compañero de butaca. Pensé que iba a haber fiesta, último trabajo de Victoria Galardi no juega a complacer al espectador. No cobija medias tintas. La realizadora argentina modela un producto insólito caracterizado por romper deliberadamente el ritmo indigestando a aquél que quiso tragarlo de un solo bocado.

Los colores pastel junto al tono pausado de la cinta constituyen los catalizadores del film en pro de la expresión minimalista elevada a la enésima potencia, el leitmotiv de Pensé que iba a haber fiesta.

Dos mujeres. Dos maneras de entender la amistad. Dos mundos contrapuestos que colisionan en uno de los momentos más turbulentos del año, cuando la familia se reúne para celebrar la fiestas. Así pues, el marco que acompaña al conflicto de intereses entre dos amigas potencia lo opresivo de la atmósfera al elegir retratar la historia en la ciudad de Buenos Aires en el periodo que comprende desde Navidad hasta el día de año nuevo.

Pensé que iba a haber fiesta

Pensé que iba a haber fiesta relega la figura del hombre para hablar de las relaciones personales en el universo femenino. Al igual que en las largas reflexiones entre Katrin y Nike, tumbadas en un balcón del Berlín Este contemplando el devenir de los días en Verano en Berlín (Sommer vorm Baklon, 2005), en Pensé que iba a haber fiesta Ana y Lucía, tendidas en las hamacas al borde de la piscina, teorizan también sobre la vida aunque otorgando una mirada más realista sobre el mundo femenino, lejos de la visión feminoide del film alemán.

Victoria Galardi propone un acercamiento a la mujer representada a través de dos figuras, y dos nacionalidades, enfrentando el rol visceral versus el sosegado. Pero antes, prepara el ring donde combatirán: un chalet a las afueras de Buenos Aires donde la dueña, Lucía, ha invitado a Ana para encargarle el cuidado de la casa mientras ella disfruta de unos días de vacaciones con su novio. La anfitriona explica exhaustivamente las directrices del hogar a la huésped, desde la supervisión del mantenimiento del jardín y la piscina hasta la hora de entrada y salida de la hija que queda a cargo, además del régimen de visitas de su exmarido a la niña. Todo un control de aeropuerto con destino estadounidense. Pero como todo plan, las pequeñas fugas cotidianas dinamitan las normas de la dueña: el jardinero que aparece es otro, el filtro de la piscina se atasca y el padre de la niña se adelanta. Y todo eso sin olvidar el componente fundamental para el estallido del conflicto: la atracción surgida entre Ana y el exmarido de Lucía.

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Valeria Bertuccelli interpreta a un personaje maniqueo que tras regresar de viaje encuentra un paisaje distinto al que dejó, un paraje donde apenas puede ejercer ningún poder sobre el Otro, entendido a ese Otro como su amiga, su ex marido o incluso su propia hija. La difícil coyuntura en la que viven propicia actos de falsas apariencias evidenciando dos maneras de proceder para atajar un dilema: la vía de Ana y el ex marido, o la de Lucía y su actual novio. Los dos primeros, buscan la naturalidad ante un hecho fortuito que no daña a terceros mientras que los otros dos carecen de sinceridad obligando a funcionar a Ana como piedra angular, pues tanto Lucía como su novio acuden a Ana para desahogarse con los problemas conyugales y así evitar conversar entre ellos.

El asedio como actitud domina la conducta de Lucía que intenta evitar la pérdida de influencia caminando en la línea del desafío dialéctico entre Ethan Hawke y Robert Sean en Tape (Tape, 2001). En este ambiente hostil se percibe la verdadera tragedia de Pensé que iba a haber fiesta, pues el valor del film no reside en representar la reacción de dos amigas cuando el ex de una de ellas entra en juego. El mérito procede de enmascarar bajo un relato simple una inteligente crítica al ser humano como ente social. Un discurso erigido alrededor del interés que bordean las relaciones personales y el miedo intrínseco del Hombre ante un entorno desconocido.

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El personaje de Lucía recoge el espíritu de una sociedad que, amparada en las sombras de la Caverna de Platón, decide a golpe de legislación la moralidad vigente. Los actos buenos y los malos. Una sociedad que impone medidas sobre quién puede participar de la sociedad o quién no, extralimitándose al invadir terreno ajeno, incluso leyes para decidir sobre el cuerpo de otra persona. Lucía, al igual que estos seres infectados de miedo que necesitan decidir sobre la vida ajena para colmar la propia, sentencia de perecedera la nueva relación entre su amiga y su ex marido. Ella se cree capaz de opinar de lo ajeno, cree estar por encima del bien y del mal, llegando a exigir la mentira para alargar el letargo en la postura cómoda de la oscuridad, la única postura que conoce y hasta ahora la única que domina la sociedad.

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