Perdida

La apariencia no es sincera Por Manu Argüelles

contiene spoilers

La sacrosanta institución del matrimonio. Grandes autores del cine nos han dejado célebres películas en las que lo inspeccionan, lo radiografían y lo descomponen. Roberto Rossellini, Ingmar Bergman, Mike Nichols, Abbas Kiarostami, Richard Linklater y tantos otros se han centrado en ese momento justo anterior a la disolución, cuando el palacio está a punto de quebrarse y se llega a ese momento de desvelamiento, de destapar todo el manto de mentiras y secretos ocultos que lo habían mantenido artificialmente con vida. A priori Perdida parece estar muy lejos de esas anteriores aproximaciones. Pero aunque el marco y el tono sean diferentes, las intenciones y el resultado siguen siendo las mismas. Fincher parte de un best seller que en su traslación evidencia un cargado acento sarcástico. En Perdida hay un subyacente humor negro, una mofa cruel y despiadada que la acerca mucho a la bilis de Jim Thompson y que me hace pensar en Los timadores (The Grifters, 1990) de Stephen Frears. Porque el personaje de Ben Affleck no está muy lejos de aquel John Cusack atrapado entre su pérfida y ambigua madre y su pícara y su liante novia. Aunque si hablamos de Fincher no resulta un registro inusual si nos acordamos de la causticidad de El club de la lucha (Fight Club, 1999) y La red social (The Social Network, 2010). Justamente, de los tres actos en los que se configura Perdida, cuando la película alza el vuelo es a partir del segundo, cuando reclama su raigambre más fincheriana, se revuelve contra su propio punto de partida, desarma los puntos de vista enunciados y ejecuta una fulminante socarronería incluso con su propia constitución como película de género, algo muy patente en la forma en la que se toma a guasa los giros de la trama.

Esa es la gran diferencia de Perdida frente a Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The Girl with the Dragon Tattoo, 2011), otra novela negra de éxito que también se encargó de llevarla a la pantalla. Si en aquella procedía a una virtuosísima y fiel adpatación que dejaba en agua de borrajas la anterior plasmación cinematográfica, la sueca, aquí con Perdida, a falta de leer la novela en la que se basa, prefiere optar por una conducción juguetona en la que sospecho maneja el material de partida a su conveniencia (y eso que la misma novelista escribe el guión), por las continuas alusiones meta referenciales en las que está cuestionando todo el material sobre el que trabaja (esa progresión a base de desmentidos de los dos personajes principales remarca el artificio). Si en Millenium había un trabajo considerable por balancear el respeto a la fuente original y encontrar su voz propia, más localizada en el continente que en el contenido, me parece que en Perdida ha dado rienda suelta a no establecer tal equilibrio y ha acabado por imponerse por encima, sin que eso sea algo negativo, sino al contrario.

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Eso hace que Perdida sea muy disfrutable y ridiculiza a todos aquellos que se escandalizan por su (presunto) tono misógino, aquellos que siguen siendo miopes ante el sarcasmo y que se la toman más en serio que el propio director. Conviene recordar que la película se articula en torno a tres personajes femeninos, dos de ellos positivos. Y justamente, el de la hermana de Ben Affleck y el de la mujer policía que investiga el caso (un perfil que recuerda a mucho a la Sarah Linden de The Killing) son voces anuladas por la sociedad patriarcal, cuando disienten de la “versión oficial” de los hechos. Y respecto a la desaparecida que encarna magistralmente Rosamund Pike, permitan el beneficio de la duda, o por los menos, los matices ambivalentes. Para empezar, a través de ella Fincher deja correr su innata fascinación por personajes esquivos con una inteligencia superior que orquestan abrasivas redes de araña en las que caen como incautas moscas todo aquel que se le acerca (Seven, Zodiac, La red social, etc). También podría entenderse como el reverso oscuro de la Lisbeth Salander de Millenium. Cuando ella toma la voz en el segundo tramo, se rompen los corchetes de la encorsetada primera parte 1 cuando la película se debe más a las constantes de películas del mismo corte, y a partir de su presencia en primer término la película pertenece por entero al sello Fincher, justamente cuando es la mujer la que se cobra como agente de sentido dentro del film. Porque no olvidemos que ella es la que atesora las frases más implacables y es el auténtico elemento transgresor del orden social cuando denuncia los roles asignados para la mujer, papeles que ella sabe manejar, tanto para su marido (el hombre) como frente a la sociedad, que sigue reclamando arquetipos raídos (veáse si no el cambio de vestuario de la amante cuando sale en los medios). Precisamente si algo tiene el personaje de Rosamund Pike es su resistencia a acomodarse en esos tradicionales lugares a los que se destina la mujer.

A partir de aquí, Fincher con Perdida arma un juguete para disparar contra el sensacionalismo y el amarillismo de los medios de comunicación pero también para hacer sangre de añejas luchas de sexos, porque todo está enclavado en el aparato de género y sus constantes, en su potencial de hipérbole y de artefacto para divertirse con los clichés instaurados por la tradición fílmica, el hombre como pelele y la mujer como manipuladora y retorcida, y por ello los lleva hasta su grado más exacerbado. Justamente, frente al previsible tono sancionador de la femme fatale, inscrito en el legado que Fincher acaba desarmando, en cambio en Perdida acaba saliéndose con la suya. Justamente eso que tanto reclamaba la mirada feminista al noir. Sería de necios negar la permanencia de la ansiedad del hombre frente a la mujer fuerte y superior a él. Fincher la fantasea además sin el bálsamo que supone que ésta reciba su “merecido” castigo. Un tercer acto que además tumba por completo esa institución (heterosexual) que siempre quiere preservar el frente conservador. En Perdida queda reducida a falsedad pura. Y si todavía nos sabemos ver cuánto hay de farsa…

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Desde el mítico Fred MacMurray de Perdición (Double Indemnity, Billy Wilder, 1944) hasta llegar al Ben Affleck de ahora hay una manifiesta autoconsciencia sobre la propia ficción. Fincher modula constantemente las pieles de la falsificación y al construir el entramado argumental como una serie de matrioskas, o lo que es lo mismo, un pliegue continuado de capas de apariencias en las que cada muñeca contiene otra todavía más ensuciada, nos deja frente a nuestro entorno sociocultural y desamparados ante su avasalladora e invasiva hipocresía. Lo sencillo que resulta emitir juicios prematuros, condenar con soltura aquello que es inmoral (lo que nos hacen ver como tal) y sobre todo la facilidad con la que manipulan nuestros criterios los medios de comunicación que buscan el morbo fácil y que no les importa lo más mínimo el reguero de víctimas que dejan ante la soltura con la que irradian las infamias y el ultraje. Aquí es donde Fincher se posiciona a favor del personaje de Ben Affleck, cuando es carne de cañón de los medios, y menos si hablamos en términos de confrontación entre hombres y mujeres, porque como ya hemos dicho, dicha terna es puro artefacto génerico y como tal, escenificación grotesca y exagerada que remite a la larga corriente del cine negro, salpicada con oportunas citas a anteriores cumbres del género como la que encarna Neil Patrick Harris, un remodelado Waldo Leydecker de Laura (Otto Preminger, 1944) para la ocasión.

Perdida pone sobre el tapete la omnipresencia de la extimidad, cuando lo íntimo se hace público y cómo resulta imprescindible la construcción de personajes ficticios para que la masa social lo apruebe.

Poco importa que no se corresponda con lo real, lo importante es que en esa exhibición la identidad que se presenta cumpla con el designio de la moral pública. No hay ni que adoptarla, sólo representarla. La película se arremolina en torno a esos falsos perfiles, un carnaval de máscaras que llega hasta el principal órgano de unión social: el matrimonio.

TRAILER:

 

  1. Creo que hay algo irritante en ese tramo hasta que no sabemos que el plan de Rosamund Pike es intencionado, cuando se juega con el tropo del presunto culpable. En el momento que los personajes atesoran un arsenal de frases ingeniosas es inevitable que carguen con una petulancia que se acaba extendiendo a toda la unidad, quizás para que después seamos cómplices cuando ésta explota por los aires
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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Perdida (Gone Girl). Director: David Fincher, EUA, 2014 […]

  2. Mónica dice:

    “(…) con Perdida, a falta de leer la novela en la que se basa, prefiere optar por una conducción juguetona en la que sospecho maneja el material de partida a su conveniencia”

    Me temo que el jugueteo con el material parte de la novela, querido Manu. Está dividida en tres apartados y cada uno de ellos da un giro radical en la percepción que tienes de lo que sucede. De hecho, la segunda parte niega la primera; y la tercera, las dos anteriores. El sarcasmo también está en la novela. De ahí que no pueda estar más en desacuerdo con tu comentario sobre que en Perdida “(Fincher) ha acabado por imponerse por encima, sin que eso sea algo negativo, sino al contrario.” Para mí es el Fincher más diluido, aunque eso no sea malo per se.
    Lo interesante de todo (novela y película) es el juego meta en el que los cambios de opinión que critica el material se llevan a cabo también en el espectador. La broma se las trae y es increíblemente macabra.

    1. Manu dice:

      Ojo, que en ningún momento lo doy como sentencia y/o afirmación, sino que se corresponde con una impresión o intuición, cuando afirmo desde un principio que me falta contrastarlo con la novela. Pero, después de todo, también estoy jugando yo, porque si algo contagia el film es ese tono lúdico del que yo me he querido hacer partícipe. En la mayoría de las ocasiones cuando me encuentro ante esta situación prefiero no pronunciarme cuando existe un hipotético y elevado grado de error. Si me tiro a la piscina que haya agua. Pero si no lo he hecho es por lo referido arriba. Aún así, de todas formas, exista o no en la novela, sigo pensando que la película mejora notablemente cuando Fincher se “adueña” de ella, o cuando yo lo vislumbro de forma más notoria. Supongo que aquí viene tu punto de discrepancia. Yo no lo percibo diluido, especialmente en su segundo y tercer acto.

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