Personal Shopper

La espera Por Manu Argüelles

¿Qué hago?
Llamo.
Llamo.
Llamo.
No sé a quién llamo.
A quién llamo, no lo sé.
Llamo a alguien débil
A alguien roto
A alguien orgulloso que nada pudo quebrar.
Llamo.
Llamo a alguien de allí,
A alguien perdido a lo lejos,
A alguien de otro mundo.
(¿Mi solidez era, entonces, pura mentira?)
Llamo.Pasajes. Henri Michaux

I

En Irma Vep (1996), René, el personaje que interpreta Jean-Pierre Léaud, trata de hacer un remake del serial Los vampiros (Les Vampires, 1915) de Louis Feuillade pero a medida que se embarca en el rodaje se da cuenta que no podrá realizar el film. En un momento clave de este valiosísimo film, cuando el director estalla en crisis habla con su actriz, interpretada por Maggie Cheung, y le manifiesta su pesadumbre. Constata su derrota. Reproduzco un fragmento de esa conversación que mantienen:

- Son solo imágenes. Sin alma. Es mi culpa. Feuillade tenía una buena mirada, una buena distancia. Si tu cambias la distancia todo está podrido – afirma René.

- Es completamente diferente. Estamos en 1996 – Maggie trata de animarle.

- No, son solo imágenes a partir de imágenes. No vale nada. Pensaba tenerte a ti, en ese traje. Pensaba que sería excitante. No. Pero no es más que un fantasma.

- Es deseo. Y creo que está bien porque por eso hacemos películas.

- Pensamos estar en el núcleo de las cosas. Pero en realidad, solo estamos en la superficie.

- Si sentimos las cosas, estamos dentro. No en la superficie.

- ¿Tú lo sientes?

- Sí

- Yo no siento nada. Todo lo que es fantasía es engañoso. Irma no tiene ni carne ni sangre. Ella no es más que una idea.

Irma Vep

Irma Vep

Si recupero este segmento de una película anterior de Assayas es porque considero que está íntimamente ligada con Personal Shopper. Muchísimo más que Viaje a Sils Maria (Sils Maria, 2014) -para mi gusto un ligero paso en falso dentro de la filomgrafía del director- por mucho que ambas se ambienten en el ámbito cinematográfico. Si algo me gusta de Assayas es precisamente su voluntad permanente de aferrarse al presente, a su momento exacto en el que son realizadas. Su eclecticismo y variedad más que una dispersión evidencia que, la inquietud, el deseo de arriba mencionado, permanece. Porque, aunque sus películas a primera vista son muy diferentes, en ellas se perciben dos líneas claras y están mucho más cohesionadas de lo que en principio parecen. Frente a un territorio más sentimental en el que explora los vínculos afectivos (por ejemplo, Finales de agosto, principios de septiembre o Las horas del verano), la que más me interesa y que creo que arranca a partir de aquí es la que atraviesa a Demonlover (2002) -otra de sus obras culmen- pasa por Boarding Gate (2007) y culmina con Personal Shopper. Películas protagonizadas por mujeres en permanente tránsito, que viven sin sentido de pertenencia y que se mueven en un mundo que muta constantemente, totalmente enrarecido para ellas. Son films en los que además el cine de género pasa a constituir la columna vertebral del material fílmico pero como plataforma discursiva y reflexiva, ya sea como contenido metafílmico (Irma Vep), para llevarlo a su máxima sofisticación y empujarlo hasta su paroxismo (Demonlover), para agotarlo y deconstruirlo (Boarding Gate) o para “enfrentarlo” al tiempo de nuestra contemporaneidad, formando una capa que se superpone por encima del desierto de lo real (Personal Shopper).

También, si me permitís un símil, realizada justo después de Viaje a Sils Maria, su último largometraje funciona en el seno de la obra de Assayas de la misma forma que lo hacía la brillante La mujer de al lado (La femme d’à côté, 1981), filmada después de la apolillada, ramplona y excesivamente academicista El último metro (Le dernier métro, 1980) dentro de la filmografía de Truffaut. Personal Shopper es un revulsivo contra sí mismo, que él se aplica para evitar la autoindulgencia a la que parecía encaminarse con Después de mayo (Après mai, 2012) y la protagonizada por Juliette Binoche y Kristen Stewart, quizás recordando al personaje de René, el director anquilosado en el cine de autor que no ha sabido escapar de la herencia de la Nouvelle Vague y que se encuentra en cortocircuito al darse cuenta que el tiempo ha pasado por encima de él.

Además, esa cansina cantinela que llevo oyendo con Assayas “a mí me interesaba antes”, sin entrar en el terreno resbaladizo de las poses y que ya no es tan cool defenderlo como lo fuese en su momento, prefiero pensarla como una cierta vagancia y/o excesiva volatilidad en la cinefilia, porque incluso sus films más discutibles o menos acertados, siempre, absolutamente siempre, tienen cosas que merecen la pena pensar. Y que además siguen siendo coherentes con lo que siempre ha sido su recorrido cinematográfico. Personal Shopper demuestra con creces que sigue aquí, que sigue siendo el mismo, el que se arriesga, el que rasga las estructuras narrativas con sus fisuras y sus discordancias y el que mantiene lo electrizante en sus relatos. Así que me dejaréis que la celebrase con júbilo. Y ya no entraré en que quedarte indiferente ante el magnetismo de Kristen Stewart y la composición que hace de su papel me resulta incomprensible, que también.

Personal Shopper

Personal Shopper

 II

Volviendo a Irma Vep, con unos títulos de crédito que recuerdan a las piezas de Stan Brakhage, trataba de simular los 16 mm, como si fuese cine underground de los 60. De la misma manera, Personal Shopper en nuestra era digital parte de los 35 mm. Más que la repetición de un anacronismo, se trata de una cuestión de texturas, de transmitir desde la misma materialidad fotoquímica una determinada atmósfera. Porque en ambos films tiene mucha importancia la mediación y los soportes de comunicación. El cine como mecanismo para recuperar el deseo o bien el contacto con el más allá como si fuese un periférico para reconectarnos con nuestra propia interioridad. Lo espectral en Personal Shopper son nuestros propios sentimientos en el mundo hueco, despersonalizado y vacío de las apariencias. Con la propia profesión de seleccionar ropa y accesorios para otro que no eres tú como claro epítome, Assayas acierta de pleno al configurar una imagen dialéctica que también es paradoja y que oscila entre lo desconocido y permanente (lo profundo de nuestro ser mediatizado por la literatura y el arte como expresión personal) y lo que cambia, el presente, inconsistente, como pura representación de lo discontinuo. Comentaba Diego Salgado  en twitter que hoy los imaginarios a todos los niveles son espectros, algo que Personal Shopper trata de evidenciar cuando conecta el espiritualismo con el arte abstracto (las pinturas de Hilma Af Klint) o con la literatura (Victor Hugo). Y qué mejor elección para ello que recurrir al cine de terror, donde lo fantástico choca de bruces contra nuestra vivencia cotidiana. Pero se han invertido los términos. Porque si el imaginario es un fantasma, ahora lo irreal es lo que vivimos, con lo que las expresiones artísticas han quedado arrinconadadas como emulsiones. Si el cine del futuro en Irma Vep es el cine experimental (aquello que René dejó filmado y montado como homenaje de Assayas a Brackhage), la vanguardia en Personal Shopper es pasto de museo, un residuo positivo que recuperamos a través de un soporte tecnológico. Porque lo presencial ha desaparecido y Kristen Stewart expresa con meridiana claridad el malestar ante esa ausencia. La misma secuencia repetida en el hotel, con la diferencia de que en una no hay presencia física y en la otra es Ingo (Lars Eidinger) el que hace el mismo recorrido, ejemplifica perfectamente esta interrelación entre lo fantasmal y nuestro entorno perceptivo. Porque el mal no es esa aparición airada que vomita ectoplasma, está en nuestra misma cotidianeidad, sin atributos, camuflada, escondida tras una pantalla, algo recogido de Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001).

Así pues, Irma Vep registraba como pocas el posmodernismo, cuando el cine en los 90 estaba absorbido en el marasmo de la autorrefencialidad, donde la imagen siempre remite a otra imagen y como tal pierde lo originario. Lo digital, y ahí nada mejor que los mensajes por whatsapp en el viaje a Londres (estupenda forma de incorporar el tiempo específico e impuro de lo virtual en el relato como herramienta narrativa y de suspense), ha acabado convirtiendo nuestra subjetividad en algo brumoso y extraño. Ya no sentimos la alienación y la soledad porque estas se han implantado de tal manera que las relaciones interpersonales, sin mediación tecnológica mediante, acaban resultando como algo siniestro (de ahí que Assayas recurra al cine de terror), eso que hace tiempo fue familiar para nosotros y que al emerger de nuevo se vuelve misterioso, como si hubiésemos roto una capa de represión, la que nosotros mismos nos hemos creado sin darnos cuenta. La espera del personaje de Kristen Stewart, esa llamada a su hermano gemelo que está en otro umbral, no es más que un intento de eso que decía Maggie:  Si sentimos las cosas, estamos dentro. No en la superficie. ¿Podemos hacerlo? ¿Podemos?

Aunque sea tarde, llamo.
Para reventar el techo
Sin duda
Ante todo
Llamo.

TRAILER:

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