Pororoca

El estruendo de la impotencia Por Damián Bender

Hay películas que elegimos ver solamente por un detalle. Ya sea por un afiche, una sinopsis, una fotografía de la película o simplemente el nombre, muchas veces esos detalles son una razón suficiente para probar suerte. El nombre de esta película rumana, Pororoca, es uno de estos casos. Suena como algo exótico, por lo que llama rápidamente la atención. En un principio pensaba que era una palabra rumana suelta, pero con el traductor de google no hubo suerte: la palabra no pertenece a esta lengua. Por un momento pensé que estábamos ante otro Sieranevada, una palabra inventada sin mucha conexión interna con el contenido del filme. Pero en este caso no es así, una pasada por el buscador revela datos sobre su origen: las raíces de la palabra se encuentran en el río Amazonas. Pororoca es una onomatopeya derivada de la lengua tupí-guaraní que quiere decir “gran estruendo” y hace referencia a un fenómeno muy particular que sucede en ese vasto río. Cuando las mareas impulsan a las aguas del océano Atlántico contra el enorme torrente fluvial de las desembocaduras del Amazonas, el choque de fuerzas genera olas de gran intensidad que permanecen activas durante horas. El “gran estruendo” hace referencia al sonido ensordecedor que producen las numerosas olas de la Pororoca, que puede ser oído mucho tiempo antes de que se produzca el fenómeno en una zona.

Bien, la palabra es real. Pero, ¿cuál es su relación con el filme? ¿Qué es lo que intenta representar? Lo primero que se puede decir es que Pororoca tiene su propio “gran estruendo” y que la película elabora un clima preciso para preparar ese momento. En primer lugar está el motor que impulsa el relato, la desaparición de la hija del protagonista – Tudor Ionescu, interpretado por Bogdan Dumitrache- en una plaza cerca de su casa y en su cuidado. Este es el primer pico dramático y se ubica bien al principio del relato. Para ese momento apenas tenemos un esbozo de las personalidades de la familia Ionescu, aunque ese tiempo basta para mostrar a una familia feliz y confortable en su realidad cotidiana. En este panorama, la desaparición viene a cambiar absolutamente todo. En un principio todo es triste pero esperanzador, colaboran con la Policía para iniciar la búsqueda, pegan carteles en las calles, tratan de mantener la normalidad en la vida de su otro hijo. Sin embargo, las grietas empiezan a aparecer, un rumor se oye a lo lejos.

Pororoca

Lo único necesario para que la estructura comience a resquebrajarse es que pase el tiempo sin novedades importantes. Cuando los días se acumulan y la niña sigue desaparecida, empiezan las tensiones maritales, las culpas que se acumulan en Tudor por ser el que estaba a cargo en el fatídico momento. A medida que la esperanza disminuye la familia se disuelve y Tudor queda solo. Constantin Popescu construye toda la película alrededor de su protagonista, el enfoque real no es la desaparición, sino las reacciones que genera el paso del tiempo en una persona desesperada. Por esta razón, Pororoca entra en una llanura dramática a partir de los primeros días. Desde esos instantes se configura una línea de tiempo en la que todos los eventos se sienten como inevitables, partes de una sucesión lógica de eventos sobre las cuales el protagonista no puede hacer nada. La razón de esto se debe a la actuación contenida de Dumitrache. Desde el inicio trata de hacerse cargo de la situación, la asume con el peso de la culpa e intenta no perder el control de sus emociones. La única demostración física de dolor es un débil sollozo mientras discute con Cristina –su esposa- por teléfono, luego la pena se afronta de manera interna.

Esa pena poco a poco se va transformando en desesperación. La quietud y la monotonía se vuelven habituales en la vida de Tudor, y la falta de novedades hace que trate de seguir cualquier pista, de discutir e insistir en la estación de Policía para obtener alguna respuesta. Todo esto es contado de una forma muy rumana –si es que se puede hablar de “lo rumano” dentro del cine-. Los planos largos, los tiempos muertos, las moribundas actividades de la inactividad se suceden unas a otras impasiblemente para configurar una realidad cada vez más lúgubre. En su parte media, la película se acerca a un estado inerte. La prolija barba que Tudor exhibía en el inicio del filme va abriéndole espacio a una mata de pelos desgreñada en un rostro cada vez más alicaído. Esa poética de lo impasible que utiliza Popescu remite directamente al cine de Cristi Puiu, aunque en este caso se utiliza para preparar el terreno. Para que llegue la Pororoca.

Pororoca BAFICI

Sobre el final se produce el otro gran pico del relato tras la depresión. Como si se tratara de un valle, la estructura contiene sus principales momentos dramáticos en al inicio y al final, quedando una extensa llanura en el centro. Sin embargo, esa planicie es necesaria por toda la tensión que se acumula en el protagonista y que tarde o temprano va a ser liberada. Ese momento, esa explosión es la Pororoca. La potencia del estruendo es tan grande que en la proyección, gran parte de la audiencia quedó impactada por la secuencia final. Esa capacidad de impacto es una de las grandes virtudes del cine rumano en general, la atmósfera de quietud que se maneja en las producciones de este país hace que cualquier explosión de violencia tenga un impacto más grande. Hay un carácter espontáneo en esas secuencias que sorprende porque no te lo ves venir al estar inmerso en la calma generalizada. No se utiliza mucho –el mejor ejemplo de esto se puede encontrar en El vecino (Un etaj mai jos, Radu Muntean, 2015)-, pero el potencial está ahí y Popescu ha hecho un buen uso de ello.

Eso es Pororoca, una obra que maneja hábilmente la tensión dramática para encauzarla hacia un final poderoso y resonante. Tras el visionado las razones por las que Bodgan Dumitrache ganó el premio a Mejor Actor en San Sebastián se hicieron claras: sin él no habría película, porque todo el peso del drama recae en las expresiones de su rostro. Sumando el trabajo del director para conformar una estructura que funciona como una válvula de presión a través del montaje, el amplísimo formato de imagen que da forma a planos generales muy grandes y el estilo hiperrealista que caracteriza al cine rumano de los últimos años; el resultado final es un muy buen drama que vale la pena revisar. Y que pega fuerte.

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