Prisioneros

Si me necesitas, silba (o espera lo mejor y prepárate para lo peor) Por Fernando Solla

“Este no es un problema matemático. No encontrarás

ninguna solución. No hay solución. No hay nada…”Maxim Gaudette en Incendies (Denis Villeneuve, 2010)

Thriller psicológico, intenso, contundente, efectivo, hipnótico, oscuro, absorbente, sobrecogedor, tenso, personalísimo. Drama familiar, cínico, desesperanzador, complejo, gris, preciso, afectivo, sensitivo, inteligente y, de nuevo, personalísimo.

Denis Villeneuve arrasa con cualquier idea preconcebida que pudiéramos tener ante Prisioneros  y consigue mantenernos en un estado intermedio entre la catatonía y la catarsis durante dos brevísimas horas y media durante las cuales nos veremos sometidos a una batería constante de preguntas, la mayoría sin respuesta, manteniéndonos en un estado intelectualmente activo, en permanente lucha contra el entumecimiento y abatimiento físico propiciado por lo que vemos en pantalla, magnificado en nuestra mente en un potente inevitable acto reflejo inmediato al visionado de los fotogramas.  En lugar de suavizar contenidos y  espectacularizar su formato para su salto al cine de producción estadounidense, Villeneuve avanza y profundiza en algunos de los aspectos clave de su anterior largometraje, Incendies (2010), adaptando algunas características descriptivas de los personajes y del argumento, desarrollándolas y, lo más importante, integrándolas en el terreno de la realización, estructurando Prisioneros de una manera, reminiscente pero no evidente, que nos hace evocar al personaje de Jeanne Marwan (Mélissa Désormeaux-Poulin) y su teoría, aplicada de las matemáticas a la vida real, de que uno más uno no da otro resultado posible que uno. Paralelamente, asistimos a un potente cuestionamiento tanto estructural como argumental, en esta ocasión no tanto de los ilustres personajes de las tragedias grecorromanas, sino de los roles prototípicos heredados y (auto)impuestos en los que la sociedad (la mundana sobretodo, pero también la divina) nos encasilla, subestimándonos o reduciéndonos en ocasiones y sobrepasándonos en otras. Héroe sólo puede haber uno, y aquí tenemos a un patriarca familiar (Hugh Jackman) y a un detective (Jake Gyllenhaal), cuyas acciones vendrán, aparentemente, motivadas por las mismas premisas pero que, muy a su pesar (y nuestro), les convertirán en antagonistas. Uno más uno es igual, pues, a uno. Igual que pasaba con Nawal Warwan (Lubna Azabal) y Souha (Rasmeyeh Leftey), una misma búsqueda los unirá, pero llegará un momento en que se verán obligados a separarse y seguir su camino. Círculos argumentales entrelazados entre los dos largometrajes y sus personajes y, además, estructurales, puesto que a la vez que nos sumergimos en la trama de la película y recordamos la anterior, repasamos y valoramos si transgredimos alguna de las normas del género o jugamos a mantenerlas y respetarlas, subrayando su vigor y remarcando su imperturbable vigencia. Hablábamos de thriller y de drama. Quizá thriller dramático sería más adecuado, aunque definitivamente reduccionista, ya que lo que aquí nos violenta y sacude es el drama que viven los personajes y lo que nos duele y exaspera es el thriller (también psicológico) que formatea la película.

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Algo que llama la atención de Villeneuve es cómo hace suyas las historias de otro. Ya sea transformando en cine la dramaturgia de Wajdi Mouawad o, como es el caso, valiéndose del guión de Aaron Guzikowski, la fotografía de Roger Deakins y, en menor medida pero también, del montaje de Joel Cox y Gary Roach, consigue que todas las disciplinas comulguen con la consecución de una única finalidad: el arte de contar una historia a la vez que se cuenta el medio que la contiene, sin diferenciar ente forma y contenido. Durante el Día de Acción de Gracias, la hija menos de los Dover y su amiga, la menor de los Birch, desaparecerán. Impulsado por la dispersión policial, motivada por la multiplicidad emergente de las pistas, Keller Dover (Jackman) decide tomar cartas en el asunto e investigar por su cuenta, pero, ¿hasta dónde llegarán, él y su desesperación, en esta búsqueda? El concepto (ficticio) de seguridad  que cada uno desarrollamos e interiorizamos, delimitado por unos barrotes mentales, que lo son también de nuestros miedos. Seguridad, protección, observación, intrusismo, amenaza constante y constante peligro. El de los personajes y el de los espectadores, ya que aquí traspasaremos la pantalla desde la primera escena, gracias a lo que muy posiblemente sea el mayor hallazgo de todo el largometraje: la posición (y movimiento) de la cámara, que constantemente implicará tanto a lo (y los) que está(n) dentro como fuera de plano, un plano que se irá abriendo leve y lentamente, multiplicando el punto de vista en cuestión de segundos: un ciervo entre los árboles que busca alimento, dos escopetas que apuntan a ese ciervo, padre e hijo que controlan gatillo y mirilla de las armas que sujetan, todo con un ligera apertura de plano marcha atrás, que seguirá hasta observar a los cazadores desde sus espaldas, convirtiéndolos a la vez en víctimas de los ojos de los espectadores que copamos el aforo y engendrando y acrecentando la sensación de desamparo y desasosiego, ya que la apertura de plano no para y nosotros también nos sentiremos observados, quizá incluso atrapados por el proyector de la sala, que acecha detrás de nuestras cabezas. Tremendo y temible el efecto conseguido con esta técnica.

Sin duda, en cuanto a colocación y planificación de cámara, Villeneuve sabe la tecla que toca, convirtiendo al público en tantos más Prisioneros como los protagonistas.

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Símbolos, paradojas y roles, algo imprescindible también para disfrutar de Prisioneros. Poca metáfora y sí mucha alegoría que propiciarán que comulguemos con el estado de ánimo de los personajes.

La primera paradoja será el motivo de la desaparición de las niñas, que buscaban el silbato rojo que debía protegerlas de todo mal y alertar a sus progenitores y que, última paradoja, servirá de gran uso en el clímax final (¿o no?) de la película, polarizando las dos (únicas) posibilidades de un desenlace satisfactorio, ya que no nos enfrentamos a un thriller al uso. Aquí las máximas más o menos establecidas de no tocar a niños y animales y de que el causante del mal recibe su castigo se someterán a tela de juicio, también del nuestro. Los personajes no actúan siguiendo un patrón de lo que es correcto o no, sino que su conducta la delimitarán los roles que encarnan: el padre que provee de alimentos y protege a su familia, el detective que vela por la seguridad de los miembros integrantes de la comunidad, los vecinos (veterinarios que se vanagloriarán de su incapacidad para “ser carniceros” y así contemplarán impotentes el devenir de los acontecimientos a partir de un momento determinado), la madre sumisa y obediente que en un ataque de nervios increpará a su marido, abandonando cualquier atisbo de racionalidad y plenamente consciente de lo absurdo de la acusación: “se suponía que eras tú el que iba a protegernos”… Todo vendrá propiciado por la historia y los juicios no serán de valor y sí argumentales. Villeneuve antepone la rabia a la violencia, sin llegar nunca a justificarla pero siempre a comprenderla. Y aquí, el realizador cuenta con dos cómplices llamados Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal, que abandonan el carisma peligrosamente inherente a un actor de sus características, y cimientan sus interpretaciones basándose en el carácter, la fibra y el fuste que requieren sus personajes, adaptando y sometiendo el talante de sus trabajos a la batuta marcada por el realizador para todas las disciplinas ya nombradas, y consiguiendo transmitir tanto la vulnerabilidad como la brutalidad de sus acciones y motivaciones. Hablábamos también de símbolos: la serpiente como prueba del delito y estigma pecaminoso de nuestra cultura religiosa, así como rechazo de cualquier tipo de divinidad (ojo al personaje de Melissa Leo), el cura (padre) que velará por la parroquia convirtiéndose en verdugo… Laberintos, dibujos, acertijos, amuletos… que convergerán tanto en las pistas que seguirá el detective en su investigación como en las conclusiones que sacaremos los espectadores, sacando ventaja en cuanto a conocimiento de los hechos a los protagonistas para, minutos después, darnos cuenta que nosotros también hemos caído en la trampa y que las pistas que habíamos decidido seguir no son tangibles. Decisión y creencia opuestas a razón y, sobretodo, verdad. Laberintos que coparán por momentos hasta la dirección artística del largometraje decorando las paredes de las habitaciones donde se vertebra la acción.

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Lo dicho, asimilación de forma y contenido, algo de lo que, una vez más, Villeneuve nos convierte en cómplices, mediante ese juego de mostrar el continente a la vez que el contenido. Un ejemplo claro, sería esa perenne luz rosa en la que parece estar sumergida la habitación de la hija desparecida de los Dover, incluso en los momentos más dramáticos y de la que Villeneuve no tardará en desvelarnos el secreto: la enorme cortina que cubre la ventana, único punto desde el que entra la luz a la estancia es de ese color. Pero sin duda, el momento clave y definitorio de este juego (a riesgo de caer en el spoiler) sería la escena final de la película, localizada en una excavación cometida para encontrar un cuerpo, donde de repente se apagarán los focos, así como el radiocasete que reproducía la banda sonora, como si de un plató cinematográfico se tratara. Allí Villeneuve, a través del personaje de Gyllenhaal parece cuestionarnos: ¿es ése el final que queremos o no? Hemos dicho que héroe sólo puede quedar uno, pero… ¿no estamos jugando? Silbatos rojos que deberían servir de algo y detectives que, aún y estar preparados para lo peor, esperan lo mejor. Al realizador no le interesan los blancos y negros (el Bien o el Mal, etc.), sino toda la escala de grises que hay en medio.

Podríamos seguir analizando Prisioneros y no terminaríamos nunca o siempre encontraríamos nuevos caminos por los que seguir. Círculos cerrados que convergen y se conectan dentro de otros círculos entrelazados, siempre con un espacio común, siempre con un espacio propio. Uno más uno, más otro, más otro más… cuya suma obtendrá un único resultado: uno. Un único largometraje. Al igual que los personajes, resolvamos todos los laberintos y así podremos volver a casa. Y la casa de todo cinéfilo es, la sala de proyección, espacios que con películas como la que nos ocupa propulsan la calidad de la experiencia de un visionado cinematográfico elevando el nivel, tanto del producto como de los consumidores, de los mínimos de calidad que en muchas ocasiones ni se nos ofrecen ni exigimos.

TRAILER

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