Quiero lo eterno

La angustia millennial y el nihilismo audiovisual Por Javier Acevedo Nieto

Quiero lo eterno es el nuevo filme de Miguel Ángel Blanca, un artista polifacético o también un ejemplo de cómo los millennials están empezando a ocupar un lugar destacado en la cultura postmoderna. El director, guionista y músico catalán ha demostrado con Quiero lo eterno (Miguel Ángel Blanca, 2017) que es capaz de construir un largometraje donde se reivindique un lenguaje cinematográfico muy vinculado al transmedia y un discurso que entronca con el nihilismo exhibido por las corrientes artísticas de la nueva cultura urbana.

El film de Miguel Ángel Blanca ya tuvo su hueco en la pasada edición del festival de Gijón y del D’A, y recientemente ha sido programado en la sección Generación del Atlàntida Film Fest. Su inclusión en este festival auspiciado por la plataforma de VOD Filmin no es casual, dado que el Atlàntida Film Fest se ha erigido desde su nacimiento en un espacio comprometido con las nuevas apuestas artísticas provenientes de millennials, centennials o cualquier otro epítome para la juventud española y europea. Quiero lo eterno es un filme insólito por su inteligencia cinematográfica y atrevido por su discurso expresivo. Miguel Ángel Blanca es un artista ecléctico, capaz de desmontar mitos románticos y cargar contra la escena musical indie española con el grupo Manos de Topo, o de montar una productora como Boogaloo Films y reivindicar el papel del transmedia y otros formatos como el comic con el fin de reflexionar sobre los límites del lenguaje creativo.

Un director y toda una generación

Quiero lo eterno funciona como retrato generacional de una generación a la que se le está negando su propia legitimidad e identidad. La premisa dramática parte de un grupo de amigos y su peculiar purga de culpas, vicios y tendencias violentas a lo largo de una noche. Retratos de jóvenes cansados, violentos, que deambulan por el alambre de la sociedad mientras se aproximan a la realidad a través de la pantalla de sus móviles, cansados de verse reflejados en su propio aburrimiento. El director no se conforma con construir un relato donde la exaltación de la violencia, el juego metaficcional o el discurso nihilista ahonden en discurso audiovisual completamente plano. Miguel Ángel Blanca es ante todo un director caracterizado por su curiosidad experimental. Quiero lo eterno no es solo un manifiesto sobre el nihilismo de toda una generación, sino un filme particularmente rico en su manejo de una determinada textura audiovisual. Blanca es un artista interesado en el transmedia, en soluciones narrativas capaces de desplegarse en distintos soportes y formatos, y Quiero lo eterno es capaz de aunar el retrato generacional con un marco expresivo inscrito en las actuales inquietudes cinematográficas.

La técnica del discurso millennial

De este modo, el film del director catalán destaca por el uso frecuente de una cámara en permanente movimiento, captando planos cortos cuyo raccord o continuidad estriba en el propio balanceo de la cámara a medida que indaga en la anatomía de las acciones del grupo de amigos. Blanca establece así una ilustrativa dialéctica entre el movimiento nervioso de planos cortos para reflejar el carácter improvisado, violento y espontáneo de las acciones de los jóvenes – realizándose tatuajes, bailando, mostrando imágenes a través del móvil – y el estatismo de los pocos planos generales o planos medios que sirven para capturar la relación del individuo con el entorno. Frecuentemente esta relación del individuo con el entorno está cargada de un valor negativo, ya que la acción transcurre en localizaciones de extrarradio, casas vacías o edificios en ruinas, tendiendo a difuminar el retrato psicológico de unos jóvenes deprimidos y deprimentes con el entorno. El uso del lenguaje cinematográfico de Blanca se erige así quizá en el mayor hallazgo de Quiero lo eterno, con esa relación de planos y ese movimiento de cámara que provoca que las transiciones de montaje resulten prácticamente imperceptibles salvo en cambios de secuencia y localización.

 Quiero lo eterno

Quiero lo eterno

En esas transiciones puede observarse otro rasgo característico del estilo de Blanca. Quiero lo eterno presenta una iluminación de contrastes, con escenas que o bien aparecen bañadas en la oscuridad de la noche o llenas de luz. Esto apoya la importancia que tiene la relación del personaje con el entorno. La noche y la oscuridad acoge las acciones de los jóvenes, la mañana y la luz revela el espacio derruido a su alrededor. Así, la iluminación de mecheros o de la pantalla del móvil es con frecuencia la única fuente de luz, y las escenas donde un adolescente reflexiona sobre el sentido del arte presentan únicamente a un rostro tenuemente iluminado y rodeado por oscuridad.

Por último, otra muestra de cómo Quiero lo eterno es capaz de relacionar el discurso audiovisual con el expresivo es la textura que Miguel Ángel Blanca otorga a la imagen mediante el juego de formatos y pantallas. Los adolescentes entregados a actos de violencia contra sí mismos y contra otros observan vídeos en sus móviles, y con frecuencia el centro de la imagen es absorbido por las pantallas de móviles, por las de dispositivos de grabación como cámaras de vídeo. La cámara enmarca otros encuadres y refleja otras pantallas, y con frecuencia la acción pasa a ser narrada en otros dispositivos, extrañando el punto de vista. Tampoco se puede obviar el uso del sonido, bien a través de la figura de un personaje que se dedica grabar sonido diegético o a través del sonido extradiegético.

Un Miguel Ángel del audiovisual y el transmedia moderno

Estas breves notas sobre el lenguaje adoptado por Blanca sirven para situar su capacidad como director y su habilidad para capturar las tendencias del audiovisual postmoderno. Previamente ya había dado señales de originalidad a través de propuestas insólitas que mezclaban géneros y actuaban como relatos de excesos audiovisuales para narrar excesos más cercanos a la realidad. La extranjera (Miguel Ángel Blanca, 2015) abordaba la gentrificación e invasión turística de Barcelona a través del relato de un psicópata que secuestra a una turista. Lo hacía a través de un formato más cercano al documental, capturando postales del día a día de la ciudad condal para hilvanar un mapa de monumentos cotidianos. A estas píldoras de realidad se le sumaban de nuevo numerosos insertos donde la acción se narraba a través de vídeos de Youtube o recortes de cámaras de seguridad. Todo ello culminaba con secuencias elaboradas donde el uso del sonido extradiegético y el collage de escenas cotidianas a medio camino entre un vídeo de Vengamonjas y Míster Jagger azuzaban el hilo conductor de la acción.

Your lost memories (Miguel Ángel Blanca, 2012) surge después de que Miguel Ángel Blanca y Alejandro Marzoa lanzaran un proyecto web donde recuperaban Super8 perdidas, y aborda en clave de falso documental la obsesión de un documentalista por devolver dichas películas a sus dueños hasta el punto de ser incapaz de discernir realidad y recuerdos ajenos. Blanca recuperaba esa necesidad de combinar formatos, tergiversar géneros y reflexionar sobre los límites del lenguaje cinematográfico para construir filmes que ahondan en la memoria. Después de la Generación feliz (Miguel Ángel Blanca, 2014) vuelve a integrar formatos recuperando algunas de las Super8.

Quiero lo eterno 2018

Your lost memories

Los antecedentes de Miguel Ángel Blanca

Con Quiero lo eterno se ha abierto la veda para que buena parte de la crítica teja sus habituales redes de semejanzas, comparaciones y títulos que aúpen al filmede Blanca al altar del público. Aunque por norma este ejercicio de la crítica especializada incurra en comparaciones odiosas o dignas de antología esperpéntica, en el caso de Quiero lo eterno se hace necesaria para intentar hacer llegar a la audiencia un título con escaso recorrido comercial y que gracias a los dos festivales previamente citados ha podido llegar a un nicho de audiencia y crítica capaz de empezar a atisbar las posibilidades de su director.

Algunos han querido ver en el filme de Blanca una suerte de La naranja mecánica (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971) para la generación millennial por su retrato de la violencia más descarnada interiorizada bajo el mutis impertérrito de un grupo de jóvenes insensibilizados y amantes del trap en lugar de Beethoven. Si bien esta comparativa es bastante llamativa, no hace mucho bien al filme, como tampoco rinde justicia comparar a Blanca con Haneke. Sobre todo, teniendo en cuenta que el último film del austríaco, Happy End (Michael Haneke, 2017), también accesible en el marco del Atlàntida Film Fest, es una obra bastante irregular que pese a hacerse eco de las nuevas tecnologías y la capacidad de la pantalla para capturar la corrupción moral de la burguesía, adolece de la concisión expresiva e inteligencia audiovisual del film de Blanca. Naturalmente se está hablando de Haneke, director al que poco o nada le queda por demostrar para seguir alzándose como cineasta europeo de absoluta referencia.

Estas comparaciones quizá lastren a Quiero lo eterno y anulen parte de su potencial, que no es otro que el de demostrar que las nuevas voces de la cinematografía europea sí están capacitadas para proponer nuevas revisiones y aproximaciones al uso del lenguaje cinematográfico. La obra de Blanca, por su carácter experimental – y con sus numerosos fallos y grandes aciertos – apunta a una cinefilia más marginal. Your lost memories reconstruye memorias ajenas, bordea la idea de inmanencia deleuziana tratando de apresar la duración de vidas ajenas en coordenadas de tiempo cinematográfico y reflexionando a través del montaje sobre el poder transformador del tiempo 1. Señas que deben remitirnos a José Luis Guerin, figura absoluta del cine español cuya Tren de Sombras (1998), salvando distancias, conecta con la ambición de Blanca a la hora de reivindicar la capacidad del montaje como transformador de la experiencia de duración en el filme. Your lost memories coquetea también con conceptos como el de memoria colectiva o la negociación de la propia identidad en el marco de la memoria cultural, alzándose como un curioso lugar de memoria cuyos efectos en el protagonista y su voz en off en ocasiones remiten al entrañable Jonas Mekas deambulando por el corredor de sus memorias en por ejemplo En el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza (As i was moving ahead occasionally i saw brief glimpses of beauty, Jonas Mekas, 2002).

Mekas

En el camino, de cuando en cuando, vislumbré breves momentos de belleza. La memoria de Mekas

La extranjera nos habla de masificación, de gentrificación y sobre todo de la transformación de esos no-lugares, de esos espacios de tránsito y experiencias deambulantes que integran la imagen de un barrio cualquiera. Lo hace trazando una diégesis en forma de relato obsesivo y psicópata e incurriendo en una determinada estética acuciada por el transmedia y la hibridación de formatos y tendencias, pero es reconocible de nuevo ese afán de experimentar y captar transformaciones de lo rutinario presentes otra vez en la obra de Guerin, como En construcción (José Luis Guerin, 2001) 2. Así quizá pueda entender la capacidad de Blanca para asimilar tendencias provenientes no solo de la cinematografía adscrita a la industria sino también de voces independientes vinculadas al underground o movimientos experimentales más transversales.

De este modo no sorprende que Quiero lo eterno recicle y pula viejas ambiciones del cine de Miguel Ángel Blanca. El juego de luces y sombras, la inclusión del sonido extradiegético generando extrañamiento y la textura de la imagen volcándose en formatos diversos y desbordándose en planos que aprovechan encuadres surgidos de elementos dispersos son una declaración de intenciones. No es extraño que en ocasiones se le vincule a otro virtuoso del movimiento experimental y gran valedor del cortometraje como César Velasco Broca, cuyo formalismo audiovisual es rico en formatos y soluciones y bebe a su vez de otros tipos que hicieron de la experimentación una seña de identidad como Jorge Hotik, Dorsky o Markopoulos.

Sin embargo, es bastante pretencioso poner en tela de juicio las comparaciones odiosas de Quiero lo eterno y luego incurrir en una diatriba experimental. Por ello quizá valga destacar de nuevo el hecho de cómo el filme de Blanca es capaz de aunar por un lado esta ambición formal con un discurso expresivo y narrativo vinculado a la nueva cinematografía europea. En ese sentido basta observar la programación del Atlàntida Film Fest para trazar concomitancias entre esos cineastas millennial que contradicen a aquellos que afirman que el cine ha muerto creativamente y que la ola de los Scorsese, Ferrara, Schrader y Coppola fueron los únicos capaces de unir su amor cinéfilo por autores como Max Ophüls con nuevas propuestas personales. Quizá muchos fallen a la hora de empatizar con nuevos discursos y nuevas voces, o quizá sea necesario tener mas paciencia con una generación de autores cuya voz es en ocasiones silenciada por el ensordecedor ruido de los referentes o el puritanismo de cierta parte de la crítica especializada.

 twice a man

Twice a man (1964), el ojo de Markopoulos

El discurso: matar lo viejo y el presente eterno

Quiero lo eterno refleja problemáticas actuales y capta la crisis espiritual de una juventud que lejos de matar a Dios trata de encontrarlo dentro de sí mismos arrancando a jirones su propia piel hasta cuestionar todo, cuestionando la propia idea de ser y cómo el movimiento de una vida puede apresarse en la duración de instantes concretos 3. Otra de las obras claves del Atlàntida Film Fest fue Holiday (Isabella Eklöf, 2018). Isabella Eklöf ha filmado una escena cuyo contenido explícito ha escandalizado a algunos más que por su carga de violencia machista, por la forma en la que el festival con el beneplácito de la directora ha tenido a bien mostrar la famosa escena para evitar problemas por eso de proyectar en un espacio público y por ahondar en nuevas posibilidades de consumo audiovisual. Pero el film de Isabella Eklöf, como tantos otros firmados por promesas del cine europeo, ahonda al igual que Quiero lo eterno en formas de violencia y su visibilidad en el espacio público. Holiday es un relato donde la realidad misógina eclipsa la mirada femenina y en el que todo el discurso audiovisual está al servicio de reflejar cómo Sascha se hunde en el machismo exacerbado y violento del entorno de un narcotraficante. Las mansiones y los barcos de lujo de la localidad turca de Bodrum ocultan bajo capas de opulento androcentrismo el gesto de la violencia y la cosificación. La diferencia es que mientras en Quiero lo eterno esa violencia no se enmascara y el impacto proviene de cómo esa violencia resulta tan extraña como incomprensible al principio si no se va más allá, en Holiday dicha violencia se enmascara bajo la capa de la rutina y el capital, y la provocación de Eklöf consiste en la normalidad con la que retrata la invasión de la intimidad y el silencio femenino.

Dos directores que comparten un discurso sobre la violencia, el statu quo y que presentan registros audiovisuales divergentes, pero ante todo coherentes con su discurso narrativo. Volviendo al filme de Miguel Ángel Blanca y para ir cerrando esta suerte de recorrido por su incipiente figura, probablemente Quiero lo eterno esté destinada a ser uno de esos filmes capaces de capturar el espíritu de un momento. Un grupo de jóvenes que deambulan por las ruinas desgajando sus penas y frustración a través de una violencia que actúa como droga para adormecer el espectro del futuro negado. Esa violencia es un acto colectivo, compartido y reivindicado como nexo de amistad frente a todo un hastío generacional. Uno de los problemas que existen con los millennials es que probablemente pocos se hayan parado a intentar descifrar el origen de su cansancio, aburrimiento y nihilismo exacerbado. Solo ellos mismos intentan explicar cómo es necesario reconstruir la idea de arte, la noción de presente y enfrentarse a ese pathos, a ese sentimiento trágico que en el caso de esta generación emana del hecho de saber que pueden hacer todo y al mismo tiempo sentir nada.

 Holiday

Holiday (2018)

Falta de empatía por su discurso, al cual frecuentemente se le tilda de autodestructivo e inánime. Muchos quieren ver el fracaso de la juventud en las letras de tipos como Yung Beef, no entienden el acto de rebeldía institucionalizada de C. Tangana o miran con recelo cómo Beyoncé y Jay Z ocupan el Louvre reclamando nuevas relaciones y paradigmas en la forma de difundir un nuevo arte que rompa con lo antiguo. Quiero lo eterno ahonda en ese sentimiento de autodestrucción de unos jóvenes que viven al margen de sus mayores. Unos chavales que se tatúan los unos a los otros en un intento de sentir algo y que ceden a la violencia como entretenimiento. Esta autodestrucción no conduce a un nihilismo pasivo sino activo. El hastío y la política de sentimientos ahogados contenidos en el trap, el odio y el cansancio del rap de Ajax y Prok están destinados a conseguir esa transmutación de valores de la que hablaba Nietzsche. La violencia, la rebeldía contenida en la mutilación del propio futuro y el vagabundeo de los jóvenes del filme de Blanca son una negación de los valores dominantes. En la violenta conjura de esos amigos inmolados en vídeos de 30 segundos a base de alcohol y otras drogas se esconde el deseo de destruir lo actual y la certeza de que quizá no sean capaces de ello. Queman entre risas un libro de arte y ríen viendo el fuego abrasar a Cristo, formando un cuerpo de celulosa.

Basta perderse en las declamaciones de ese joven acosado por las sombras y cuyo rostro mira al espectador, retándole. Proclama que el “el arte es la cura”, “el conocimiento es función poética”, “el arte es la abstracción”. Nos dice que la Naturaleza “responde con cataclismo y catástrofes” y que ante todo “el arte habla de la pérdida porque las palabras hablan de los muros y las paredes y viajar es romper”. Versos de esperanza sobre un arte nuevo, una cara pálidamente iluminada hundiéndose en la noche de la violencia. “Quiero lo eterno” promete finalmente. Nietzsche se hace Kierkegaard quien en El concepto de la angustia diría aquello de “lo eterno es lo presente. En lo eterno no cabe encontrar de nuevo la distinción de lo pasado y lo futuro, porque lo presente es puesto como la sucesión anulada” 4. Querer lo eterno es hundirse en el presente. Cauterizar el pasado con gasolina y prenderlo con un cigarrillo mientras estos jóvenes ven arder su futuro en el cuerpo del pobre diablo que se arrastra bajo la luz de los faros del coche.

Quiero lo eterno Miguel Ángel Blanca

Quiero lo eterno

Quién sabe si Quiero lo eterno encumbrará a Miguel Ángel Blanca o si sus experimentos formales serán como los llantos patéticos que desmontan mitos románticos en las canciones de Manos de topo, apuntando hacia el fracaso. Lo que está claro es que pese a sus defectos la obra de Blanca es una muestra de que el nihilismo millennial tiene un potencial transformador enorme, y su descontento aviva las llamas de una cultura urbana y postmoderna, una suerte de nihilismo activo que busca destruir los valores hegemónicos a través de una voluntad de poder, de un empoderamiento obtenido de la legitimación del descontento 5. La ultraviolencia de los jóvenes de Quiero lo eterno es una manifestación de hartazgo y aburrimiento, un grito de auxilio interrumpido por la pausa de un silencio final. Quieren llegar a ese lugar donde el sonido los llevará. Will More a través de su personaje Pedro en Arrebato (Iván Zulueta, 1979), ese otro filme maldito en sus días y venerado en estos días, diría que “la pausa es el talón de Aquiles, el punto de fuga, nuestra única oportunidad”. Blanca parece emular a Zulueta parándose en esa noche cualquiera donde la violencia sueña.

 

  1.  DELEUZE, Gilles (1997). “Immanence: A life” Theory, Culture & Society, nº 14, pp. 3-7.
  2. VILLOTA, Gabriel. (1998). “Última parada para un tren espectral (a propósito de tren de sombras, de José Luis Guerín)”. Banda aparte, nº 12, pp. 22-25.
  3.  BERGSON, Henri. (2004). Matter and memory. Courier Corporation, Massachusetts.
  4. KIERKEKEGAARD, Søren (1982). El concepto de la angustia. Espasa-Calpe, Madrid, p. 106.
  5. LYOTARD, Jean-François. (1992). “Qué es lo posmoderno”. Zona erógena, nº 12, pp. 1-10.
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