Red State

Dios odia a los maricas Por Manu Argüelles

La última película de Kevin Smith se alzó con el premio a la mejor película en la pasada edición del Festival de Sitges. Presentada en Sundance con gran revuelo, parece que al realizador se le han quitado las ganas de reír. El que fuera adalid del cine indie de los años 90, con tan solo un presupuesto de 4 millones de dólares y un rodaje que duró 4 meses, gesta Red State bajo la inspiración de las actividades de la familia Phelps, religiosos extremistas y procazmente homofóbicos, fundadores de la Iglesia Baptista de Westboro, junto con los incidentes de Waco en 1993 que desembocaron en una masacre de la secta de los davidianos.

Si los chalados fundamentalistas funcionan como bastión para el segundo tramo del film, y el desenlace toma forma a partir de los acontecimientos de Waco, la presentación de los tres adolescentes heterosexuales superados por sus hormonas, los cuales acabarán como presas de los psicopáticos cristianos, remiten al sello característico del diseño de personajes del cine de Kevin Smith.

Afirmar que Red State es su obra madurez no sería una valoración justa, en cuanto se ignora la que para mí sigue siendo su mejor obra, Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997), aparte de lo paradójico del asunto ya que el cineasta se despide de la dirección cinematográfica, tal como anunció en Sundance.

Pero sí que nos trae de vuelta al Kevin Smith más interesante, anegado en una carrera irregular llena de productos alimenticios o de obras fallidas. Sus dardos contra la religión ya fueron canalizados en la sátira de Dogma (1999), pero aquí Kevin Smith se calza las botas de francotirador y dispara sin piedad, tanto a los locos que se rigen bajo la consigna de “Dios odia a los maricas”, como a las fuerzas del orden y a las políticas institucionales hipócritas. Con un material explosivo entre manos no es extraño que haya decidido quedarse con los derechos de distribución y aplicar estrategias de mercadotecnia guerrilleras, recuperando el espíritu indie que le vio nacer con Clerks.

El corte de mangas que le hace a la industria parte de una adhesión total a su obra, donde muy habilidosamente canaliza el cine de denuncia social bajo los ropajes del thriller comercial estadounidense. Es una película de significación fuerte, que maneja convincentemente el factor de imprevisibilidad, utilizando estrategias de transmisión ideológica similares a las que maneja Michael Moore en sus documentales. Su posicionamiento ruidoso y encendido es el que puede presentar mayores objeciones. Sin necesidad de tener que ponerse como abogado del diablo (mi ética y mi moral me impiden ponerme del lado del homofóbico), hasta qué punto es legítimo responder con la misma visceralidad y con la mente nublada por el odio, tal como actúan el execrable villano y su séquito (espeluznante Michael Parks como jefe del clan). Esto viene a colación porque el realizador se afana para que el espectador se sienta fuertemente identificado con las víctimas. De ahí el uso de la snorri-cam, que liga la cámara al cuerpo del actor. No se anda con sutilezas, hasta el extremo de adoptar una perspectiva visual fuertemente convulsa que quiere empapar al espectador de la disposición emocional y psicológica del personaje, desde maneras expeditivas y estentóreas. Y una vez que lo ha conseguido sesgar de cuajo dicha conexión ya que, contra todo pronóstico, los abate en la ficción, dejando al espectador en un estado de desorientación provechoso para el film. De esta manera, se asegura para sí mismo que las riendas del film solo pertenezcan en exclusividad al demiurgo, corta que nos anticipemos en el itinerario narrativo y facilita que la atención no decaiga ni un solo segundo ante lo que vemos.

TRAILER:

 

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] (1999), batir a conciencia el merengue ultra-azucarado de Jersey Girl (2004), tomar las armas en Red State (2011) no terminó de funcionarle… ¿Qué nos queda, amigo Kevin? Nos queda el terror, amigo […]

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