Siete Psicópatas

Meta- Por Alejandro Sánchez

Mientras dos asesinos mantienen una compleja y banal conversación, un tercero enmascarado les vuela los sesos. Un guionista con la mente en blanco, Marty Faranan (Colin Farrell), necesita inspiración para su nueva creación, titulada “Siete psicópatas”, y recurre a un alocado amigo, Billy (Sam Rockwell), que se dedica a robar perros para que su socio Hans (Christopher Walken) los devuelva a sus dueños, cobrando la correspondiente recompensa. Un mafioso descerebrado, Charlie (Woody Harrelson), monta en cólera cuando descubre que han secuestrado a su queridísima mascota.

Siete psicópatas se desarrolla a partir de historias que podrían haber discurrido aisladamente, pero los sutiles nexos que las unen hacen que converjan en un remolino de comedia negra, escenas cruentas, personajes excéntricos y diálogos ingeniosos. Este aparente caos se despliega a lo largo del metraje para constituir un filme que podría describirse con gran exactitud empleando únicamente una palabra: diversión.

Ciertamente, Siete psicópatas es un entretenimiento supino.

Siendo ya conscientes de cuál es el aspecto más evidente de la cinta, podríamos dedicar el resto del espacio que queda para rellenar el folio que va a ocupar este texto en repetir incesantemente esta idea. Podríamos volver a hablar de lo dinámica que es la historia. Podríamos alabar las fantásticas interpretaciones de Sam Rockwell y Christopher Walken y de cómo ellas pueden distraer durante dos divertidas horas al espectador que vea la película. Podríamos ocupar media página (o, ya puestos, la página entera) describiendo las anteriores obras de Martin McDonagh –director y guionista del film– para acabar, nuevamente, mencionando la creatividad de las conversaciones de sus personajes y lo divertidas que éstas son. Podríamos consumir más espacio (ya quedaría poco) aludiendo al cine de Quentin Tarantino porque sus obras son tan sangrientas, demenciales y divertidas como la que nos propone Martin McDonagh. Pero aquí no vamos a hacer nada de lo comentado más de lo que ya hemos hecho. No lo haremos porque, en realidad, la cualidad más importante de Siete psicópatas es su forma de abordar el metacine y la metacrítica. Hay, por tanto, otro término que define esta película más profundamente que el anterior: el prefijo meta-.

Siete psicópatas

 El metacine asoma en el primer fotograma: el famoso cartel de Hollywood no sólo sitúa la acción geográficamente, sino que declara las intenciones del relato que comienza. Algunos minutos después se presentan los dos personajes principales: Billy y Marty. Con ellos, actor el primero y guionista el segundo, vuelve a atisbarse el metacine. No puede ser casualidad que en una película llamada Siete psicópatas, dirigida y escrita por el irlandés Martin McDonagh, un guionista (también) irlandés llamado (también) Martin escriba un texto para una película titulada (también) “Siete psicópatas”. La falta de ideas conduce a Marty a acudir a la realidad para conformar la ficción. Como artista, necesita nutrirse de experiencias vividas, bien por él mismo, bien por otros, que puedan ser transcritas en su guion. Por eso, mientras va progresando en la elaboración de su historia, se narran los distintos relatos que podrán configurar la obra definitiva, lo que se nos muestra a través de secuencias casi oníricas en las que diferentes personajes que las vivieron o las imaginaron las cuentan en voz en off. Surgen así distintos planos que enriquecen y complican la película: la propia Siete psicópatas de Martin McDonagh; el guion de “Siete psicópatas” de Marty; las historias inventadas que podrían acabar en el guion que Marty prepara; y las historias supuestamente reales y que sirven de base a las anteriores. En un principio, la línea divisoria entre estos estratos narrativos está claramente diferenciada, pero, al ir avanzando la película, la separación se difumina y, aunque nunca llega a ser inexistente, el espectador puede dudar levemente de qué es cierto y de qué pertenece a la ficción.

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El recurso del metacine no es un simple juego para dar originalidad a la obra, si bien contribuye a ello. En su lugar, su empleo tiene un papel similar al de la metanovela que Miguel de Cervantes introdujo en su Quijote. En la obra literaria, constituía una parodia de las novelas en las que un caballero andante perfecto recorría el mundo en busca de su amada enaltecida hasta límites cuasi divinos.

En Siete psicópatas el propósito es análogo: criticar las películas de mafiosos y asesinos en serie idealizados que Hollywood ha creado a lo largo de toda la Historia del cine.

Para esto, cada uno de los personajes principales tiene una función: Marty es el guionista; Billy, el espectador; y Hans, el crítico.  De esta forma, el metacine deviene en metacrítica.

El contraste entre la ficción y la realidad y la idealización de ésta es un rasgo tan presente en el cine que ha llegado a utilizarse la expresión «de película» para referirse a situaciones excepcionales de la vida diaria. Numerosos cineastas han creado psicópatas que, incluso fracasando, poseían cualidades extraordinarias: inteligencia desmesurada, códigos morales sólidos y actuaciones infalibles. ¿Es esto verosímil? ¿Es acaso posible que el plan establecido se cumpla rigurosamente, resultando atractivo, sin contratiempos que lo entorpezcan y lo eximan de la belleza del diseño impecable? No lo es y, sin embargo, hemos visto atracos perfectos que nos han embelesado. En Siete psicópatas esta tendencia idealizadora se quebranta y encontramos a un mafioso al que se le encasquilla la pistola, reflejo creíble de una realidad en la que un villano podría tropezar o un héroe podría estornudar. En la película de Martin McDonagh el esperpento es una deformación grotesca de la irrealidad que ha proyectado a lo largo de tantos años el cine, esa «máquina de hacer sueños» –como lo llaman algunos–, esa máquina de hacer idealidades.

Por un lado, del mismo modo que el guionista, ya sea Marty (Faranan) o Martin (McDonagh), pretende romper esa inclinación a sublimar lo vulgar, el personaje de Billy actúa en sentido contrario, interpretando el papel de ese espectador que ansía la idealización propia del cine habitual. Marty quiere hacer una película reflexiva, trascendente, de seres humanos hablando en un desierto, idea despreciada por Billy. Surge de esta manera la común disputa entre el cine comercial cuyo único objetivo es el mero entretenimiento y el cine introspectivo y filosófico. El autor necesita parir una pieza en la que se plasmen inquietudes personales, pero el espectador, en lugar de querer torturarse con metafísicas, busca un pasatiempo convencional y vacuo, pero épico. Billy representa la petición popular de la película epopeya, esa que finaliza con el esperado tiroteo final en mitad de un páramo solitario. Sólo puede haber una forma de acabar el filme, un modo de zanjar la historia conocido y anhelado de antemano por el público. Desde los westerns más clásicos hasta la última cinta de superhéroes estrenada, es preciso que exista una batalla definitiva en la que venza el bueno y se derrote al malo, en la que el espectador se maraville ante la inexorable victoria del protagonista con la tranquilidad de saber que el ídolo triunfará indemne.

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Por otro lado, Hans valora el guion de la película, tanto el de Martin McDonagh como el del protagonista Marty. De este modo, por medio de sus intervenciones, el personaje censura, entre otros temas, el pésimo tratamiento de las mujeres que se hace en el texto o plantea la cuestión de si es lícito alterar los hechos históricos en favor del arte. El director de Siete psicópatas usa a Hans para autocriticarse y es el propio McDonagh el que, a través de Marty, se autojustifica intentando legitimar su obra.

Además, McDonagh utiliza a sus personajes (sobre todo a Hans) para transferir esa trascendencia que, como Marty, desea imprimir en su película: el valor de la palabra, el racismo, la religión y la fe, o el alcoholismo. El tono amable y vitalista, a pesar de la brutalidad de muchas escenas, puede restar hondura a discusiones de tanta envergadura. Quizá sea ese el mayor problema de Siete psicópatas y el fracaso de su autor: que, por la forma divertida con la que la cinta está presentada, la definamos con la palabra equivocada.

TRAILER:


 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] Una estupenda parodia sobre este código “moral” lo encontrábamos hace poco en la admirable Siete Psicópatas (Seven psychopaths, Martin McDonah, 2012), si leemos exclusivamente la capa correspondiente a la […]

  2. […] Una estupenda parodia sobre este código “moral” lo encontrábamos hace poco en la admirable Siete Psicópatas (Seven psychopaths, Martin McDonah, 2012), si leemos exclusivamente la capa correspondiente a la […]

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