Sin tregua (End of Watch)

Necesitamos héroes Por Arantxa Acosta

"Te quiero a ti para el ejército estadounidense. Ve al puesto de reclutamiento más cercano"Claim para el reclutamiento estadounidense durante la I Guerra Mundial (litografía de J.M. Flagg, 1917)

¿Exaltación patriótica? ¿Panfleto de reclutamiento? ¿O simple homenaje a una profesión en horas bajas? Sea cual sea la finalidad de Sin tregua, sinceramente, nos da absolutamente igual tras ver el resultado. Y es que seamos americanos, españoles, holandeses… qué más da:  todos necesitamos algo en lo que creer. Tras años de crisis sostenida, en los que no sólo una economía a la deriva se apodera de nuestros pensamientos, sino que fruto de una pesimista y continuada reflexión es inevitable que nos deprimamos más al enlazar nuestros temores con la injusticia de guerras, el terrorismo al alza, el hambre, la corrupción política… necesitamos creer que el cambio, que la salvación, es posible. Es entonces cuando rellenamos ese vacío interior que nos queda en el alma, al no encontrar una solución, de la mejor manera posible. De la única manera que  (creemos) tenemos en nuestro poder…

El Bien contra el Mal. Héroes venciendo a villanos. Los Vengadores, Spiderman, el Caballero Oscuro, incluso La linterna verde, si me apuras. El género del superhéroe en el cine ha crecido exponencialmente en los últimos años. ¿Por qué? Porque necesitamos buenas noticias. Vencer ese sentimiento que crece en nuestro interior, aunque sea evadiéndonos de la realidad, proyectándonos en ser “los buenos” de la película o, al menos, pasando un rato auto-convenciéndonos de que esos “buenos”, existen.

Necesitamos héroes, vamos.

El problema es que estos superhéroes no nos van a salvar de la crisis. No nos van a arreglar nuestro mundo. Así que necesitamos héroes, sí. Pero héroes reales. Héroes en los que podamos confiar.

Blanco sobre negro, en tipografía de máquina de escribir, típica de un informe policial de hace pocos años, se nos presenta Sin tregua:

Once upon a time in South Central…

Esta será la única mención de ficción que encontraremos durante la hora y media de película. Porque si en algo destaca Sin tregua es en conseguir sumergirnos en el mundo real, y de qué manera, de la mano de dos policías que vigilan el peor distrito de Los Ángeles.

Al inocente inicio le sigue la visión subjetiva de una persecución desde el interior del coche patrulla, con una voz en off que explica el día a día de un policía. Toda una declaración de principios, y de lo que vamos a ver. Sí, estamos orgullosos de ser policías. “Yo soy la factura pendiente de cobrar”, dice el protagonista. La persona que se preocupa de cerrar el círculo, para que nosotros, ciudadanos de a pie, vivamos seguros. Así que sí, los cinco primeros minutos explican básicamente todo lo que encontraremos en el film. Situaciones reales que viven dos héroes reales, y cuyo compromiso puede enfadar a los “malos”, tan reales como los integrantes de bandas callejeras, asesinos, narcotraficantes…

Muchos dirán que es exagerado todo lo que se muestra en el film, que no es posible que a una pareja de policías les ocurra todo esto. ¡Ah! El problema es que todo lo que se nos presenta, desde una hilera de cabezas decapitadas hasta dos bebés amordazados para no escuchar sus llantos, pasando por salvar a una familia de un incendio, pasa. Todo esto, existe. Y hay personas, héroes, que se enfrentan a ello a diario para que no llegue a nuestros oídos. Para que no lo vean nuestros ojos. Para que estemos a salvo, tal y como queremos.

Sin tregua

David Ayer se erige con este largometraje como el salvador indiscutible del género policíaco de este siglo. Si algo nos gustó de Training day (Antoine Fuqua, 2001) era, por supuesto, el material que le valió el Oscar a mejor actor a Denzel Washington, y la nominación a Ethan Hakwe. Allí el planteamiento del entonces guionista era diferente, y, otra vez, poco novedoso (poli novato con poli veterano), pero la reivindicación, la misma: es necesario sentir la calle para saber a lo que uno debe enfrentarse día a día.  Ahora vuelve para alabar sin tapujos el papel de la policía en ciudades tan peligrosas como faltas de disciplina, volviendo también al South Central de Vidas al límite (Harsh Times, 2005), su primer largometraje. Y es que el director, por tercera vez tras las cámaras, consigue impregnar de realidad a Sin Tregua con cuatro aciertos claros que ensombrecen los fallos del film hasta tal nivel que los llegamos a olvidar.

El primero es, como no esperábamos menos, el guión. Tradicional en su desarrollo (esta historia ya la hemos oído antes, es cierto), destaca especialmente por el equilibrio conseguido entre las escenas más distendidas entre los dos policías y las de su trabajo diario. Un muy buen retrato de la importancia de que dos personas que trabajan codo a codo día tras día se lleven bien, además de demostrar en varias ocasiones que ser un buen policía no implica que tengas el reconocimiento global (claros ejemplos son el desprecio al cuerpo por parte de los federales). Pero, además, los policías de Ayer – y en especial Brian Taylor – son personajes totalmente definidos, redondos. Brian y Mike, americano y mexicano, dos personas que tienen que transformarse completamente cuando llevan el uniforme en personas altaneras, casi matones a sueldo, para que no les pierdan el respeto. Incluso se comportan así en la comisaría, siendo los bufones, lo que responden al sargento cuando está dando las instrucciones. Es imposible no comparar estos personajes con el protagonista de Harry el sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1971): la pareja, como el “duro” personaje, son los Robin Hood de las calles. Policías que se enzarzan en una pelea, sí, pero quitándose la placa. Policías que saben que no hay que doblegarse ante la ley de la calle, sino actuar según sus reglas, para ser, por muy paradójico que parezca, justos. Pero en su casa, fuera de su jornada laboral, todo es muy distinto: Brian es débil, muy frágil. Está asustado por su vida y por la de las personas a las que más quiere. No duerme bien por las noches, dándole vueltas a lo que no ha podido solucionar durante el día, o simplemente pensando en cómo es posible que haya gente tan irresponsable, y mala, en el mundo. Sólo hacia el final de la película Brian dará a conocer sus sentimientos, su verdadero yo, ante sus compañeros. Y éste será, sin duda, su renacer.

Continuando con los personajes principales, protagonistas indiscutibles, varios son los momentos destacables a observar entre ellos. Nos gusta la presentación inicial de los dos en el vestuario, mientras Brian está grabándose para su proyecto documental y encuadra también a su compañero, que empieza a decir tacos en inglés y español sólo porque el otro le dice que no puede hacerlo. Las conversaciones en el coche nos arrancan, todas sin excepción, una sonrisa, ya sea porque estén hablando de divertidas diferencias culturales o de la necesidad de casarse. Pero el momento crucial de evolución de la pareja llega a la mitad del film, cuando Mike entra corriendo a una casa en llamas: su compañero le seguirá, y a los dos les condecorarán como héroes. El elemento clave de la película lo encontramos cuando Brian confiesa que entró sólo porque su amigo lo hizo. Así que le pedirá un favor a cambio. “Follow me into the house”, le dice, para que le ayude a investigar a una banda criminal. Así que aunque pueda parecer cara afuera que el americano es el líder, Mike es el verdadero sustento de la armonía en su trabajo. Es el desinteresado, el que le dice a su compañero que cuidará de Janet, su novia, si a él le pasa algo. Y Brian es incapaz de contestar “lo mismo digo”… Una forma sutil de introducir la importancia de Mike en la desastrosa vida de Brian.

La camaradería entre los compañeros es el segundo acierto, sólo posible si hay química entre los dos actores principales. El increíble resultado es que encontramos a Jake Gyllenhaal y Michael Peña comportándose como una pareja de hecho. La conexión entre ellos dos consigue que en escasos minutos el espectador no les vea como policías, sino como amigos. Un gran trabajo por parte de los dos actores, aunque es increíble cómo Gyllenhaal no defrauda, una vez más, haciéndonos olvidar a Donnie Darko, a Jack Twist o a Colter Stevens. Su transformación física, convertido aquí en una mole con el pelo rapado, no es lo único que aporta a su personaje Brian. Con una simple mirada es capaz de hacernos ver que no está tan seguro de sí mismo como quiere hacer creer a todos. Sólo por esto vale la pena Sin tregua.

Sin tregua 2

Pero hay más. Por supuesto, el formato de rodaje, sin duda de lo que más dará que hablar el film de Ayer. Se escoge la grabación “casera” para el desarrollo de la historia de estos dos personajes y el entorno en el que lidian, siendo  ellos mismos los que documenten su día a día, siguiendo con este estilo de falso documental grabado por los propios protagonistas que se inició con El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Murick, Eduardo Sánchez, 1999) y que ya está más que consolidado, siendo uno de los últimos proyectos llegados a la gran pantalla Chronicle (Josh Trank, 2012). Así, la posición de la cámara a veces nos ayudará a entrar en la acción (vemos lo mismo que ve Brian o Mike), dramatizará lo que acabamos de presenciar (la cámara a la altura de la cintura, en contrapicado, ensalza la figura del héroe), o simplemente nos removerá (literalmente) el estómago con sus caóticos movimientos al perseguir a un delicuente, o meternos en plena pelea. El montaje conseguido para la mayoría de las escenas combina imágenes de la cámara  que supuestamente llevan colgada en su pecho, las de la cámara de seguridad del coche y las de la handycam de Brian. Una edición por supuesto profesional que, sin embargo, no deja de sorprender por la frescura y realismo que proyectan las grabaciones.

Y es aquí cuando hay que introducir el único “pero” que voy a conceder a esta notable película: el espectador no es tonto. Sabemos que no todo está rodado por los personajes. No pasa nada en incluir planos que son imposibles de haber sido rodados por alguien distinto a un tercero.   Así que no pasa nada si no vemos continuamente una cámara en as manos de alguien. Pero… ¿por qué algunos planos en blanco y negro – centrados básicamente en las escenas de los delincuentes Big Evil y La La) – que no aportan nada, que no tienen ningún tipo de relación con el hilo argumental?

Por último, destacar al que sin duda vamos a seguir de cerca: David Sardy.  Responsable de la música, ha conseguido una melodía central que desconcierta tanto como eleva la adrenalina, invitando a no relajarse. Una sensación que nos acompaña durante todo el film, en el que las pocas bromas entre compañeros son el único respiro a tanta acción y violencia. “I am the police” o “Follow me into the house” son dos de las canciones con más gancho de una película en la que tampoco podían faltar Public Enemies, pero destaca sobre todas ellas “Nobody to love”, canción de cierre en la que Sardy  cuenta con la voz de Josh Homme.

En definitiva, una película que sube el listón del género, que divierte, que incomoda, pero, por encima de todo, que nos devuelve la esperanza. Los héroes sí existen en el mundo real.

TRAILER:

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