Stockholm

You are a loser Por Jose Cabello

En determinadas ocasiones, los prolegómenos de un film funcionan como un mero pretexto para el posterior desarrollo del argumento. De esta forma, el uso de un mecanismo adquiere sentido siempre que la película cobije la premisa de la que parte; de lo contrario, el abandono del terreno no solo enturbia la obra en su conjunto sino que, además, origina la aparición de un matiz desestructurado y un necio camino a ninguna parte. Construir un laberinto para perderse en él. O peor aún, edificar una idea para desecharla consciente o inconscientemente avanzado ya el metraje. Sólo el director de Stockholm podría aclararnos el grado de intencionalidad en este caso. Rodrigo Sorogoyen sitúa el encuentro de los dos jóvenes protagonistas en el marco de un evento nocturno, dentro del código fiesta, un código caracterizado por un lenguaje efímero y una atmósfera ficticia donde la eternidad se mide en horas. Y el contexto, a priori imparcial, es ninguneado cuando, a través de su insistente mensaje, la película exige una actitud condescendiente con el personaje que no comprendió la jerga de un affaire nocturno.

Stockholm pretende establecer un reflejo de la coyuntura actual en el trato de las relaciones sexuales como una pieza más en la economía de consumo, abordando la responsabilidad o el compromiso con el desconocido y enfatizando la tendencia enfermiza que gobiernan las prácticas sociales de hoy en día.

En su empeño, solo consigue un destello de modernidad tomando una imagen estática condenada a expirar cuando, en el anhelo de representar a la colectividad, construye una dualidad de géneros que retuerce las claves del cine romántico y canjea el aroma sensiblero por el de un frío thriller. Para ello, la permuta se cobra una decisión salomónica en la cinta: separar noche y día. En el primer fragmento él juega a conquistarla mientras ella desconfía de sus intenciones; el chico prolonga la cacería nocturna con premeditación y alevosía excusado en su enamoramiento repentino y cruzando dedos para que ella baje la guardia. El rol de ella, una tía con una coraza enorme, se desploma en virtud de la progresión de la historia, fracturando así la coherencia de su personaje. Llegado el punto de no retorno, las riendas dejan de estar en manos masculinas, él ya quemó las naves, y pasan a manos de ella en forma de una decisión unilateral y voluntaria donde, como en cualquier toma de decisiones, es obligatorio cargar con las consecuencias de un acto, en este caso, subir al apartamento de un desconocido a altas horas de la madrugada. Otro código.

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La ronda nocturna por Madrid abofetea la hipotética originalidad que abandera la promoción de este trabajo. La evocación nada sutil a Antes del amanecer (Before Sunrise, Richard Linklater, 1995) emulando a tijeretazos unos unos diálogos frescos que no llegan, o incluso los paseos callejeros de Los ilusos (Jonás Trueba, 2013), descubren a Stockholm como una estrella más en un universo. Muerto el primer fragmento, toca parir el segundo: el día. El escenario cambia la calle por el apartamento y muestra una transformación de los roles iniciales desvelando así la táctica anterior de cada uno, incurriendo en una contradicción de la estrategia femenina que dice adiós a la veracidad cuando, como receptor, decide engullir el mensaje del emisor con el código de un canal distinto. Así, se pone en marcha la maniobra de la chica: rehusar el fin del cortejo al antojo del macho y regocijarse en el juego del cazador cazado. Un comportamiento totalmente loable si nace de la indiferencia y no, como ocurre, del despecho.

Saltan las alarmas. Una vez las máscaras quedan a un lado, dejan asomar la filosofía vital que escolta a Stockholm. Y entonces solo resta tomar posición en la contienda chico versus chica, dos comportamientos antagónicos ante un mismo hecho: sexo con un desconocido. En pro de la confusión, lo moderno de la pose se torna postizo al evidenciar proezas como la elección del personaje femenino aferrado a la idea romántica e incapaz de distinguir entre amor y sexo. Maniqueísmo y misoginia en un mismo pack. O el nuevo talón de Aquiles del cine español, la inmadurez egocéntrica, aquella que decide enfocar enérgicamente la mirada en el yoísmo como resultado de una generación Peter Pan que aún siguen interesada por los amoríos tratados en tono adolescente.

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La madurez lleva consigo la aceptación de determinados escenarios, el saber elegir, o asumir una mala elección, algo que la protagonista de este encuentro no logra entender a la mañana siguiente. Y en un intento desesperado por insuflar algún tipo de disculpa a su modus operandi, el director recurre a la locura como última vía. A su vez, se juzga la conducta del macho alfa por mentir bajo la falsa promesa de amor, catalogando así sus injurias como viles artimañas que, asumiendo su grado de responsabilidad, tratan de tapar el principal problema de autoestima que tiene la chica, entre otros. Este posicionamiento desvela una inquietante reflexión sobre este tipo de encuentros basado en la experiencia, o falta de experiencia, pues no existe relato más autocomplaciente que el narrado desde el punto de vista de los vencidos. Este dilema, que asegura debate tras la proyección, arroja a manos del Gran Inquisidor lo conocido como sexo sin compromiso y aspira a simular una sociedad-siglo-veintiuno enferma. Pero ambos actores se evidencian incapaces de trasladar semejante dolencia a la pantalla, quedando a leguas de la solidez interpretativa de Nora Navas en Todos queremos lo mejor para ella (Marc Coll, 2013) o de Marian Álvarez en La herida (Fernando Franco, 2013).


TRAILER:

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