The D Train

Conformarse es una opción Por Enrique Campos

Decía el periodista Kiko Amat que no hay nada más bestia que la imagen de un hombre, un hombre de los de hoy, se entiende, en plena crisis de los 40. Y tiene razón. Los 40 son el momento de hacer balance y contabilizar si hemos tirado media vida y, lo más importante, si estamos dispuestos a tirar la otra media que nos queda. Amat ilustró este lamentable proceso de infantilización en la confesional ‘Eres el mejor, cienfuegos’ (Anagrama, 2013), una novela que se suma a la larga tradición de personajes atrapados en cuerpos que ya no quieren que sean los suyos. The D Train, comedieta pretendidamente dramática y pretendidamente desaforada pero tan santurrona y moralista como la que más, también porta la antorcha de los cuarentones desnortados. No es lo único que porta. Despacha un terrorífico aviso a navegantes: confórmate con lo que tienes, amigo; podría ser mucho peor. Y reza. Reza mucho.

El mensaje conservador es comprensible, Andrew Mogel y Jarrad Paul no están disposición de hundir en la miseria a su público potencial. Business is business. Manejan conceptos interesantes, llaman a puertas que nos habría gustado abrir, y las más de las veces se pegan a la idiosincrasia yanqui de suburbio y monovolumen como Alonso a una chicane.

Es indiferente, ideas brillantes o retratos caducos, todo en The D Train queda en mero chascarrillo para mayor gloria de Jack Black.

Se habla de nostalgia, de americanos que crecen y envejecen añorando los días de instituto, la última vez que fueron felices, que se sintieron parte de algo más que la maquinaria consumista del Tío Sam, y es entonces cuando llega el giro que podría haber convertido a The D Train en referente: cuando dejas que el tío más “popular” de la clase, el que estaba llamado a grandes hazañas en la vida, te dé por el culo. Literalmente. No es un arrebato bisexual, es la sumisión definitiva al ídolo. A aquel que tuvo los arrestos para dejar atrás el pueblo y triunfar… actuando en anuncios. ¡Pero en Hollywood! ¡De bronceadores! ¡Y para canales nacionales!

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Ese trago de ácido acerca a The D Train durante dos segundos al martillo implacable de American Beauty (Sam Mendes, 1999), pero no se engañen, el cuarentón de Sam Mendes y este Dan Landsman están tan lejos el uno del otro como el espejismo del oasis. Podríamos trazar, por la parte que le toca al “cualquier tiempo pasado fue mejor”, algún nexo con Beautiful Girls (Ted Demme, 1996), pero siempre a brochazo limpio. No vendrá ninguna Natalie Portman flotando sobre la pista de patinaje para tumbar los aspavientos de Black con un puñetazo de madurez (bien entendida). Black quizá no sea el lastre más pesado de la cinta, la intrascendencia reinante no es tanto un problema de casting como la desesperante vocación de agradar a todos, pero la mención especial no se la quita nadie. Es materialmente imposible convertir a Jack Black en otra cosa que no sea Jack Black. Ta vez Jarrad Paul, viejo amigo de Jim Carrey, creyese que Black también era material de reciclaje, que podía redimirse y contenerse, todo en una misma película. Pero eso sucederá en otra vida. En esta nos masacra hasta el día del Juicio Final con sus tics, sin dejarse uno solo en la mochila. Los tics que le funcionan muy bien en las astracanadas histriónicas que le han catapultado al stardom. Los tics que arruinan cualquier amago de personaje, citando a Floriano, “con algo de piel”. Sí, a Black siempre le falta piel y le sobran mohines. Queda el acierto de Kathryn Hahn, que será secundaria hasta en su propio funeral, que hasta en su propio funeral se preguntará qué falló, qué la hizo no apta para el protagonismo. ¿Por qué un Jack Black o una Sandra Bullock sí y ella no? ¿Por qué Woody Allen todavía no se ha dado cuenta de que tiene en ella a la musa que lleva buscando desde que Mia le dio la patada? Preguntas, preguntas… Hahn puede ver el vaso medio lleno: el público, siempre soberano, prefiere a un Dan Landsman asumiendo con resignación cristiana su propia mediocridad antes que a Kevin Spacey recibiendo el tiro de gracia, y es como mujercita de los Landsman de este mundo como Kathryn mejor se ha ganado las habichuelas hasta el momento presente. Quien no se consuela es porque no quiere.

Ahora, si me disculpan, voy a googlear un poco para enterarme de una puñetera vez qué demonios es eso del quarterback. God Bless America, y a todos nosotros.

 

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