The Lunchbox

El tren equivocado puede llevarte a la estación correcta Por Fernando Solla

Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla
no es el simple hecho de llorar, sino que a
veces uno empieza y ya no puede parar
Lumi Cavazos en Como agua para chocolate, Alfonso Arau, 1992

La ópera prima del realizador y guionista Ristesh Batranos sitúa en pleno corazón de la ciudad de Mumbai (Bombay), en la cual entraremos a través de su laberíntico y exorbitante sistema ferroviario, para abrazar un inusitado viaje colectivo que se mostrará a partir de un caso específico protagonizado por tres personajes de distintas edades pero que, sin embargo, coincidirán en un mismo tiempo y espacio. Utilizando la coincidencia como desencadenante de la trama, Batra evitará cualquier atisbo de impostura durante el desarrollo de la acción y la resolución del desenlace, ya que una vez planteada la premisa inicial, la fantasía se dilatará en la imaginación de los espectadores, no en el comportamiento de los personajes que, sin esconder sus motivaciones y anhelos, procederán estoicamente de acuerdo con su situación individual, circunscrita siempre en un contexto socioeconómico colectivo.

A medio camino entre el cine gastronómico y el epistolar, Batra ha creado una historia sencilla (en apariencia) que, sutilmente, despliega un abanico no tanto formal o argumental como sentimental, íntimo y afectivo. La historia de Saajan (Irrfan Khan) e Ila (Nimrat Kaur), pero también la de Shaikh (Nawazuddin Siddiqui), tres almas solitarias (cada cual a su manera) cuya rutina inhalará un soplo de aire fresco gracias a un error cometido por un curioso sistema de transporte, mediante el que diariamente multitud de amas de casa (y algún que otro restaurante) envían la comida a sus maridos o usuarios.

The Lunchbox 1

Un día como otro cualquiera Ila preparará el almuerzo para su esposo mientras conversa ventana a través con su tía, alojada en el piso inmediatamente superior al suyo. Como siempre, un operario vendrá a recoger las tarteras y se las llevará en su bicicleta hacia la estación de tren donde la comida emprenderá su particular trayecto hasta llegar a la oficina donde trabaja Saajan, que, atónito, devorará las viandas. Horas después, la misma empresa devolverá las tarteras a su propietaria, que esperará, impaciente, la vuelta del trabajo de su marido. La primera sorpresa vendrá cuando compruebe que, a diferencia de lo habitual, los recipientes estarán vacíos. La segunda será compartida entre la mujer y los espectadores: para nosotros cuando descubramos que el marido de Ila no es Saajan, sino Rajeev (NakulVaid) y, para ella, cuando ante la irritante indiferencia del marido, consiga sonsacarle lo gustosa que estaba la coliflor, ingrediente que Ila no había utilizado en su guiso.

El descalabro no pasaría de la mera anécdota sino fuera porque en esa comida se había volcado toda la sabiduría adquirida por tres generaciones de mujeres de la misma familia, a través del libro de recetas de la abuela de Ila, y en su preparación y la elección de las especias, la protagonista había vertido con pasión y empeño, la motivación de reconquistar al distraído Rajeev. Por parte de Saajan, el desconcierto será el detonante para empezar a superar su viudez y a replantearse su jubilación tras treintaicinco años de servicio ininterrumpido a la misma empresa, precisamente el mismo día en que se le había adjudicado como pupilo y substituto a Shaikh, un joven aprendiz huérfano que, progresivamente, dibujará en Saajan la figura paterna que no conoció, en paralelo al desarrollo de la relación por correspondencia de la pareja protagonista.

The Lunchbox 2

Nada sumamente novedoso y cierto es que en algunos momentos el formato epistolar (y el montaje de John F. Lyons, quizá demasiado cronológico) ralentiza el ritmo de la película, redundando en lo que las interpretaciones del trío protagonista ya han evidenciado escenas atrás. Pero gracias a la labor de Batra en el guión, pronto descubriremos un apasionante retrato de la sociedad que vive en una de las ciudades más pobladas del mundo, principalmente a través de los medios de transporte y, en menor medida, los de comunicación. Así como la captación de multitud de signos y símbolos, herencia del imperialismo británico, evidenciado en imágenes a un país explotado incapaz de desarrollarse económicamente a la misma velocidad que lo ha hecho demográficamente. ¿Cómo dos personas que viven en una ciudad de más de doce millones de habitantes, que no se conocen ni poseen dato alguno el uno del otro pueden conocerse y establecer una relación? Pues a través de un sistema de correspondencia cuyo sobre será una tartera y un servicio de correos que alternará bicicleta y tren. Algo rudimentario y de otro tiempo. De ese tiempo que quieren recuperar los protagonistas en el que todavía cabía la posibilidad de una vida feliz, donde los sueños de juventud y la realidad todavía podían convertirse en sinónimos. Esa es la ilusión. Eso es The Lunchbox.

The Lunchbox 3

Finalmente, lo que engrandece un largometraje como el que nos ocupa es la cantidad de detalles y la delicadeza y sensibilidad con que son captados por la cámara o el sonido (véase el personaje ausente de la tía de Ila, del que sólo oiremos la voz). Por cómo con un simple gesto, la imagen es capaz de mostrar la frustración de Saajam (alguien más joven le cede por primera vez su asiento en un abarrotado autobús). Por esos trenes que circularán con monotonía a través de la rutina de los protagonistas para que, de repente, uno se desvíe y modifique su ruta y velocidad, parejo al estado anímico de los mismos. Por esa renuncia a cualquier atisbo de condescendencia con los personajes y la insólita situación planteada, donde predominará la razón, provocando (paradójicamente) la emoción del espectador.

Por todos estos detalles y muchos más, entre los que destaca la química conseguida entre los dos protagonistas masculinos cuando comparten escena y, también, esos detalles metalingüísticos que convierten lo extraño en algo cotidiano (los ventiladores de la oficina de Saajam que se apagan con un chasquido de dedos desde la habitación de la casa de Ila, las canciones que cantan los niños pedigüeños en el autobús en el que viaja él, que coincidirán con las que reproduce la tía de ella en un radiocasete, a su vez banda sonora de una película de juventud de la anciana que la retorna a su pasado más feliz…), como en la mejor tradición del realismo mágico, The Lunchbox persuade y fascina, captando la atención del espectador del primero al último fotograma.

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