The Miseducation of Cameron Post

El sacramento de la empatía Por Javier Acevedo Nieto

“El Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida”, “En el mar he oído hoy Señor, tu voz que me llamó y me pidió a mí y a mis amigos poder repetirte: Padre Nuestro en ti creemos, Padre Nuestro te ofrecemos nuestras manos de hermanos” Aprender cada estrofa de un cancionero cristiano es una penitencia basada en el rezo diario y la disciplina del espíritu. Cada vez que estas estrofas dispersas regresan a mi cabeza, aparece la imagen de un coro uniformado, dirigido por una monja de gesto atávico y bajo la supervisión de un Cristo crucificado en piedra presidiendo la escena. Esa imagen tiene una banda sonora precisa. Voces más o menos afinadas repitiendo una y otra vez mientras un monaguillo de cabello embetunado desliza los dedos por la guitarra. La monja tratando de elevar los agudos de su voz con el Señor para tan solo poner clavos en los oídos de los presentes. Siempre recuerdo cómo esa misma sierva del Señor acariciaba el crucifijo de plata de su pecho, hasta el punto de desfigurar el rostro de Cristo y fundir el paño que cubre los genitales con la cruz de plata en un proceso de orfebrería autoindulgente. Jamás canté en voz alta esos versos, tan solo movía los labios avergonzado de que mi voz tibia llegara a oídos del cura o alterara el rictus marmoleo del Cristo sobre el altar. Atisbo a sentir esa sensación de calidez forzada, donde el ego se disuelve con los cantos y la idea de yo desaparece a medida que decenas de uniformes y grises voces repiten un mantra.

The Miseducation of Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018) se llevó el premio a Mejor Película en el pasado festival de Sundance. El acto de visionarla ha despertado ese recuerdo enterrado bajo una losa. Si ayer en la SEMINCI  se proyectaba Border (Gräns, Ali Abbasi, 2018), relato que hablaba de la destrucción de una identidad, hoy el fillm de Arkhavan reincide en la idea de identidad, pero reflejando la consolidación de una identidad por medio de un relato iniciático de clara vocación millennial. La película de Arkhavan plantea un cúmulo de lugares comunes, bañados por la pátina audiovisual característica de un filme que sabe que no va a proponer una personalísima revisión de la estética y motivos del cine LGTBIQ+. La historia de esa adolescente llamada Cameron, enviada a un centro de rehabilitación cristiano bajo el nombre de La promesa de Dios, no pretende cautivar tanto por su propuesta formal como por su forma de mirar a sus personajes. Como crítico en masculino, no puedo pretender ahondar en la psicología de Cameron ni rehuir los tintes de esa mirada masculina elucidada por Laura Mulvey. Desde luego Akhavan se encarga a través de un relato que prescinde del morbo gratuito y rehúye de la estilización de conflictos internos de negar ese placer voyeurista y fetichista inherente a otros retratos menos empáticos. Su mirada se concentra en el personaje protagonista, y la progresiva reafirmación de una identidad sexual que les es constantemente negada. De ahí que quizá la mejor virtud de The Miseducation of Cameron Post sea la de componer un relato no binario, donde el reflejo del fanatismo religioso admite matices y donde el reflejo de esa libertad y vocación de colectivo huye de la moral condescendiente de otros exponentes del cine LGTBIQ+.

The Miseducation of Cameron Post 2018 Seminci

También constituye un hallazgo la habilidad de Arkhavan para prescindir de todo conflicto interno – Cameron es un personaje que aún con sus dudas mantiene un arco dramático estable y cuyo deseo dramático no se modifica – y centrarse en el conflicto externo, en la lucha de Cameron contra los elementos que pretenden modificar su conducta. La voz del personaje es contestataria, y Arkhavan acierta al convertir esa actitud contestataria en el principal motor dramático, creando conflictos internos en tramas secundarias y moviendo la amistad del trío protagonista. No hay paternalismo en la propuesta, tan solo una conciencia de dejar que sus personajes sobresalgan del molde. Puede que no alcance las cotas de refinamiento audiovisual y contundencia dramática de los Andrew Haigh o Greg Araki, pero ese abandono de una conciencia paternalista o una moralidad política son señas de madurez para una cineasta con solo dos títulos a sus espaldas. Akhavan merodea por el cine indie norteamericano mas clásico, por contradictorio que pueda sonar. Los valores del filme, desde la culpa y la represión, la libertad o el sexo hasta la aceptación y el deseo, no responden a esa corriente de autor donde un psicologismo sobrenatural traduce en coordenadas estéticas los conflictos internos. Es decir, no es una propuesta en la línea de Thelma (Joachim Trier, 2017) o Crudo (Grave, Julia Ducornau, 2016) donde la culpa y el deseo son fagocitados por cinematografías que evocan conflictos mas que mostrarlos. Akhavan se postula como una ágil guionista y perfiladora de personajes, y aunque su propuesta no aporte nada novedoso, contribuye a alimentar un estilo que se nutre en los últimos años de numerosas aportaciones y que está formando una mirada LGTBIQ+, una aproximación a nuevas sensibilidades cuya homogeneidad puede ser un arma de doble filo. En ese sentido mira más hacia aportaciones como Closet Monster (Stephen Dun, 2015) o la brillante segunda temporada de American Crime (John Ridley, 2016) al conjugar el retrato crítico de la realidad con un carácter intimista.

Quizá The Miseducation of Cameron Post no sea el ejercicio cinematográfico mas brillante premiado en Sundance. Quizá no sepa arriesgar y conquistar un estilo propio. Pero sí hay atisbos de audacia en su propuesta y una empatía en la manera de conducir los derroteros psicológicos de sus personajes. Hasta ahora la SEMINCI está apostando por una programación que pese a atravesar temas como la identidad y el entorno lo hace con miradas que esquivan la polaridad y los juicios de valor. Se agradece ver propuestas donde el cineasta no siente esa tentación de juzgar a sus personajes, de conducirlos a un paroxismo gestual y una mueca irónica para revelar sus intenciones. The Miseducation of Cameron Post podría haber apostado por una crónica sin ambages de una adolescente enfrentándose contra algo aparentemente tan abominable como un centro de reconversión sexual, polarizando posturas y recurriendo al humor para delimitar exactamente la ideología del autor. Por fortuna Desiree Akhavan se sitúa por encima de esa tentación, y quizá por su desapego hacia la estilización del conflicto logra eludir esa frontera entre el humanismo y la caricatura que otros autores menos exigentes no dudan en atravesar. De este modo Arkhavan construye un relato donde prima la empatía y el estudio de personajes. No existen trazas de la excentricidad de Wes Anderson, ni del patetismo humanizador de Noah Baumbach o la sinceridad almibarada de Ira Sachs, y eso es positivo. Sí hay ironía a raudales, y jóvenes sentenciando con su rictus confuso y palabras fuertes la realidad que les rodea. Es ahí donde Akhavan parece mirar a esos angry men del Free Cinema británico, convirtiéndolos en angry millennial que sudan cansancio e incomprensión en primeros planos. “Mi debilidad es mi fortaleza” grita uno de los personajes del film de Akhavan en una de las secuencias que más dicen de la habilidad de la cineasta para trazar personajes. La gran debilidad de The Miseducation of Cameron Post es el esquematismo de su tema y desarrollo argumental, y al mismo tiempo es su fortaleza por la capacidad de la cineasta para deconstruir arquetipos con la ironía.

 The Miseducation of Cameron Post Sundance

Arkhavan consigue a través del personaje de Cameron destruir el caparazón de esos individuos que se esconden en la fe del carbonero para no tener que explicar nada. Reprimidos escopofílicos obteniendo placer de otros, abrazando una fe y mortificándose con la idea del deseo crucificando su mente. Deconstruir esas personalidades sin caer en la parodia es un logro. Saber ver más allá de los himnos, del cancionero y las letras religiosas, entender que el silencio de Dios enmudece y que no hay suficientes pecados confesados para eximir la vergüenza de negar lo que uno ve frente al espejo. Narrar el azote de la sexualidad en las largas noches de oscura espiritual y las consecuencias de sepultar bajo oraciones y sonrisas sacadas de catequismos. Arkhavan consigue hacer ver que todos esos individuos probablemente no acabarán componiendo poesía mística, entregando su amor a un Dios que eleve su fiebre y aplaque el onanismo con ayuno y mortificación. No es tiempo de ser Santa Teresa o San Juan de la Cruz, y esas noches místicas no acaban ya en versos encendidos sobre el amor ideal, sino en frustraciones que conducen a la destrucción o en perfiles vacíos en redes de contactos buscando discreción y la satisfacción del deseo que conduce al masoquismo de la vergüenza. Por todo ello, y con todos sus fallos, The Miseducation of Cameron Post es un ejercicio de libertad y empatía que al menos garantiza la posibilidad de sentirse un poco vitalista a través de un retrato imperfecto de la iniciación confusa de tres jóvenes.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] el cura rural de Bresson. Yo no paso de monaguillo, pero me satisface. Por la mañana se proyectan The Miseducation of Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018) y Dogman (Matteo Garrone, 2018), a la tarde La quietud (Pablo Trapero, […]

  2. […] cotidianas donde parece que nada sucede, y aún así todo cambia ante los ojos del espectador. The Miseducation of Cameron Post (Desiree Akhavan, 2018) albergaba buenas intenciones, una ingenuidad cándida y un registro indie […]

  3. […] postmodernidad romántica y el costumbrismo. A este interés se suma mi moderada expectación con The Miseducation of Cameron Post (2018), mejor película en Sundance en la que Chloë Grace Moretz y Desiree Akhavan ahondan en la […]

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