The Program (El ídolo)

El silencio ensordecedor del ciclismo Por Fernando Solla

Welcome to your life, there’s no turning back
Even while we sleep
We will find you acting on your best behavior
Turn your back on mother nature
Everybody wants to rule the world

Everybody wants to rule the world (Tears For Fears, 1985)

Una lección sobre gestión informativa que debería estudiarse como modelo en todas las facultades de Periodismo. Una prueba de lo engañoso y maleable del uso de las cifras como método de argumentación. Ejemplar muestra de cómo transmitir los valores del deporte a través del formato cinematográfico impactando directamente en lo más profundo del alma del espectador. Una radiografía de los criterios sociales para la creación de modelos de conducta y la glorificación de unos cánones preestablecidos.

A partir de la adaptación de los libros que el periodista irlandés David Walsh publicó tras su investigación sobre el programa de dopaje del ciclista Lance Armstrong y el US Postal Service Cycling Team, Stephen Frears presenta una de las películas más honestas y cinematográficamente más valiosas de la temporada. El guión de John Hodge se sirve principalmente de L.A. Confidentiel (2003) y Seven Deadly Sins: My Pursuit of Lance Armstrong (2012) para construir un apasionante relato sobre el ascenso de la figura del ciclista y de su adecuación física, tras superar un cáncer testicular, al cuestionado modelo de entrenamiento propuesto por Michele Ferrari.

THE PROGRAM

A partir de aquí, Frears parece transformar en imágenes las pruebas que Walsh investigó para su trabajo publicado. Lo que intuía pero no pudo ver en primera persona de ninguna de las maneras. Plasmar una vida a través de las evidencias, los indicios y las conjeturas por los que es investigado su portador resulta un ejercicio asombroso que el espectador consume como si del anabolizante administrado al protagonista se tratara. No hay juicio moral en ningún momento más allá del que se pueda despertar en nuestro foro interno a partir de la confrontación que supone el visionado de The Program contra nuestra manera de ver y entender el mundo (cinematográfico). Lo que sí que hay es un reflejo de la cultura de consumo de los medios de comunicación de masas y una plasmación de lo aleatorio de la autoridad de líderes de opinión como Oprah Winfrey, por ejemplo. Este mercantilismo posesivo y absolutista de la información quedará en segundo plano ante la construcción del personaje de Armstrong con la que nos deslumbra Ben Foster.

THE PROGRAM 2015

El trabajo con los actores es de una hondura apabullante. Con algún detalle puntual de caracterización que no distrae ni altera el ritmo del relato, el guión de Hodge y el rigor de Frears saben evitar la necesidad de identificar y reconocer la fisonomía de intérprete y personaje real para dejar paso a una especie de complicidad ficticia que recuerda al mejor documental. La explicación fílmica de la manera de proceder de cada uno de ellos se plasmará con una naturalidad y una imparcialidad inauditas. Frears parecerá apoderarse del significado de la máxima periodística de “los hechos son únicos, las interpretaciones son libres”. Destacable la creaciones de Chris O’Dowd (Walsh) y Guillaume Canet (Ferrari) pero, muy especialmente la de Foster. La adecuación a la propuesta ideológica del realizador es total y la sensación de veracidad será perenne durante todo el largometraje. La mirada del actor en las escenas en las que practica su discurso frente al espejo y en las que lo desarrolla ante la prensa habla más que las toneladas de líneas impresas en muchos de los guiones rodados durante los últimos años.

También emparejado el trabajo en el montaje de Valerio Bonelli y, especialmente, en la fotografía de Danny Cohen. La elipsis de algunas situaciones que ya conocemos de antemano da paso al protagonismo de las escenas de competición en algunos momentos. En otros, lo que sucede de espaldas a la información oficial se muestra en secuencias más cortas que el resto. La duración de las escenas y secuencias marca el ritmo y el tempo de una forma que no responde a ninguna fórmula preestablecida ni genérica. Y este detalle beneficia al resultado final. Por su parte, la fotografía sabe buscar siempre el plano preciso y el uso de espejos en varias escenas sirve para evidenciar lo parcial de un único punto de vista. Estéticamente resulta muy elocuente ver todo el proceso de preparación física del ciclista (cámara a la espalda en las cuestas durante los entrenamientos, contraluz crepuscular…). Todo está cuidado hasta el más mínimo detalle. Evitando que un apartado destaque por encima de otro, todos los departamentos técnicos y artísticos hacen que de su trabajo en equipo resulte un largometraje ejemplar.

THE PROGRAM Stephen Frears

A pesar del enfoque imperante, Frears no olvida al espectador en ningún momento. Es más, consigue equiparar la épica que se supone al deporte como amplificador de la felicidad del seguidor y aficionado ante una estrella como Armstrong con la del asistente a una sala de proyección. ¿Qué busca alguien que espera en la carretera para ver pasar al ciclista, a su héroe? ¿Es ilícito que ese triunfo esté construido sobre un andamio de ficción? Si es así, ¿qué pasa con el séptimo arte? ¿Son menos reales las sensaciones que nos transmite un largometraje por su naturaleza figurativa? Si el autoengaño al que nos sometemos conscientemente ante cualquier manifestación artística es viable ¿por qué no la ilusión, identificación o, incluso, mitificación de una figura deportiva? Estas líneas de reflexión resultan inesperadas pero meticulosamente radiografiadas. Frears parece devolverle a Walsh el careo al que el periodista sometió a Armstrong adaptando su propia obra literaria.

Finalmente, lo más sorprendente de The Program es la vuelta de tuerca del uso del concepto mainstream con la que Frears presenta su propuesta. Estamos acostumbrados a que el poder dominante cinematográfico nos engañe disfrazando tras una apariencia de denuncia contenidos no sólo banales sino perpetuadores de un conservadurismo formal y argumental vergonzante. El autor utiliza este formato grandilocuente para, precisamente, reventar cualquier parámetro y denunciar las intenciones de todos los implicados en el argumento. Personajes concretos que simbolizan gremios enteros de chupópteros inclementes de diversos sectores (medicina, agencias aseguradoras, periodistas, deportistas, aficionados…). En este caso, a partir de toda la parafernalia que envuelve al ciclismo, asistimos a un insólito giro lingüístico en la manera de afrontar un biopic. Adaptando al formato cinematográfico una pieza literaria de denuncia, Frears convierte su propio material de trabajo en el objeto acusado y no en el sujeto. Excelente muestra de imparcialidad y nervio para demostrar cómo el séptimo arte puede convertirse en un potente generador de opinión.

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