Tierra prometida

La tierra baldía Por Déborah García

Cada vez que Gus Van Sant dirige una película, ésta viene acompañada por un interrogante: será una de las buenas o una de las malas, se habrá vendido a la industria o será una nueva entrega de experimentación. El problema es que, basculando entre estas dos cuestiones, una parte de la crítica se olvida de los matices; y tampoco es tan extraño, teniendo en cuenta que esa crítica mayoritaria se encuentra encorsetada dentro de un lenguaje prefabricado y una serie de frases hechas que deberían alarmarnos y mucho. Habiendo dirigido algunas de las películas más importantes de los noventa y del nuevo milenio, estoy (estamos) obligada a mirar con atención sus películas. Cada  uno de los films de Gus Van Sant debería ser para el crítico un desafío, un punto en el que cuestionar la manera en la que se mira, se piensa y se dicen las películas. De verdad vamos encarar la crítica de una película como Paranoid Park igual que la de Restless? Para la primera, probablemente no sean suficientes las palabras, y para la segunda hace falta mucho más que un texto que se dedique a decir que es una “CARA B” o una película “comercial”. Quizá esté siendo demasiado ingenua al pensar que hemos superado el insustancial,  vacío,  y polarizado momento donde las películas se reducen a ser buenas o malas. El trabajo de Gus Van Sant responde más un work in progress en continua huida, y es en ese movimiento cambiante de forma y de estilo donde habría que buscar quizá las cuestiones más significativas. Tierra prometida iba a ser la ópera prima de Matt Damon, de la que ha escrito el guión junto con John Krasinski. La decisión de ceder la dirección de la película a Gus Van Sant es desde luego mucho más que una solución final y anecdótica, pues la impronta del director tejano se siente en la película.

Ni Gus Van Sant ha “puesto el piloto automático”, ni Tierra prometida es un trabajo menor, básicamente porque Gus Van Sant no tiene trabajos menores.

Tierra prometida

Steve Butler (Matt Damon) y Sue Thomason (Frances McDormand) son empleados de Global, una gran compañía que se dedica a perforar el suelo en busca de gas natural. Ambos se trasladan a una pequeña población de Pensilvania con el propósito de arrendar las tierras de los pequeños propietarios. Butler acaba de ser promocionado en la empresa por su gran habilidad para las negociaciones, y por ello prevén que la estancia en el pueblo será corta. Ya en la localidad, se dedican a ir puerta por puerta intentando que los ganaderos firmen los contratos que permitan a Global realizar el fracking. Para algunos de los habitantes, la empresa de gas natural parece ser la esperanza de remontar la crisis que ha deprimido su economía, la única opción para inyectar dinero a un pueblo que como tantos otros ha quedado al margen del progreso, entretenido en carreras de tractores y trabajos manufactureros que están destinados a desaparecer. Cuando Butler se dirige a ellos en una charla para comentarles los beneficios que su empresa propone, Frank Yates (Hal Holbrook), un ingeniero jubilado, profesor de ciencias en el colegio, siembra la duda sobre las prácticas de las compañías de gas que, según él, no son ni tan limpias ni tan seguras como dicen. A ese grupo escéptico liderado por el profesor se suma Dustin Noble, un joven que va contando por el pueblo cómo su padre perdió la granja familiar después de firmar un contrato con Global. El joven, que dice pertenecer a una empresa ambientalista llamada Athena, será otro de los elementos que haga que Butler y su compañera tengan que quedarse en el pueblo más de lo que pensaban, dando lugar a unas idas y venidas por la comunidad que acaban por erigirse como uno de los puntos más interesantes del film. Butler se afana en demostrar, repitiendo el mismo trayecto una y otra vez, que el fracking es seguro y que él es un buen hombre, un tipo honrado, y para ello se mezcla con la gente del pueblo en los bares y en las carreras de tractores. Es el primero en emborracharse y en mancharse.

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Tierra prometida presenta, sobre todo al comienzo, cierto regusto clásico, envuelta temáticamente por un mensaje político y bajo la etiqueta de cine que responde a la crisis, e incluso a cierta preocupación ecológica. En realidad, no deja de ser el hombre enfrentado a la naturaleza, y a la comunidad, todo ello bajo una premisa muy maniquea. A medida que avanza la película, comienza a aflorar cierta fragilidad intencionada en el relato. Esta trama política y ecológica en la que venía escondida la película es más una excusa en la que situar a los personajes. Como ya hiciera tantas veces, Gus Van Sant va descomponiendo poco a poco el relato, desdibujándolo y convirtiéndolo prácticamente en un pretexto que sirve de marco para salvar (?) algunas imágenes.

Si bien la narración de Tierra prometida está llena de lagunas, los escenarios no dejan de repetirse: el bar, la tienda, el instituto… Butler y Thomason parecen condenados a ir y venir a través de ese espacio, y la repetición acaba por generar una especie de efecto hipnótico donde el tiempo parece suspendido. Buena prueba de ello son esos travellings a cámara lenta por las calles del pueblo, recorriendo las casas, las tiendas, los tablones de madera desconchados de los carteles. O esas otras escenas donde la cámara acelerada muestra escenas de la vida rural, ilustrando que ese pueblo no solo parece haber quedado lejos de todo progreso económico, también lejos de toda relación con el mundo. Es en esta suspensión temporal, en esa narración más circular que lineal, en ese vagar repetitivo que se vuelve continuamente hacia los mismos personajes y lugares, donde Tierra prometida entronca con otras de las películas de Gus Van Sant. Es aquí donde se revela la autentica fuerza de la película. Personas y lugares arquetípicos del cine más clásico rescatados aquí, liberados de su apariencia y entroncando con esa idea de la transmisión y conservación, como signo de un Estados Unidos destinado a desaparecer, que recorre toda la película.

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Voy a decir esto con cierto temor, pero creo que Gus Van Sant nunca ha querido salvar nada con su cine. ¿Qué es lo que está haciendo entonces a la vez que nos muestra en estas imágenes que nada se puede salvar, sino salvar?

Ni desde ni hacia ni en movimiento, ni subir ni bajar. Excepto por ese lugar, el punto fijo, no habría danza, y sólo allá hay danza.
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Sus películas son para mí la constatación más clara de la vida y la muerte de todo, algunas de sus imágenes son tan difíciles de abordar que la crítica no debería pasar de intuir esa potencia que tienen, toda esa fuerza de luz… Son algunas de esas imágenes las que, interpretadas con nuestras palabras, han dejado de lado y a oscuras una parte de su filmografía. Que caigan las formas que se han demostrado obsoletas y las palabras huecas, que caiga esa crítica de la apariencia y yerma, para que podamos seguir intuyendo lo que hay en los rostros de los trabajadores de Tierra prometida y en cada uno de los planos cenitales donde se ve la tierra salpicada de caminos y carreteras, casas y fábricas. Que caigan, para que seamos capaces de dialogar con el cambio permanente, la sustitución y, casi en cada plano de esta película, con la pervivencia de algo muy viejo que se reviste de novedad.

  1. ELIOT, T.S. “La tierra baldía”, pag.81. Ed. Arquitrabe.
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Comentarios sobre este artículo

  1. […] acaba abocando a un dogmatismo que no es más que una tierra yerma, la que comentaba Déborah en Tierra prometida, a propósito de los usos y costumbres de la crítica respecto a Gus Van Sant. ¿Queremos acabar […]

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