Tú eres el siguiente

Por Marco Antonio Núñez

Bien podría ser una amenaza de Fátima Báñez. Aunque también, la advertencia de un amigo el día de su boda. Incluso la respuesta largamente diferida a la pregunta que Pete Townsend y sus chicos nos lanzaran en forma de disco a comienzos de los 70. Pero no, es otra película de tipos enmascarados matando a tipos que se van quitando la cara a medida que la sangre empapa las moquetas.

Tú eres el siguiente, con diversos y conocidos mimbres, teje el cesto de siempre. La premisa argumental de Funny Games (1997, 2007) con elementos de  Los extraños (The Strangers, Bryan Bertino, 2008) -la irrupción en el hogar de enmascarados de aviesas intenciones- cruzada con Celebración (Festen, Thomas Vinterberg, 1998) -una reunión familiar que se vaticina tensa-, unas gotas de Desmembrados (Severance,Christopher Smith, 2006)-la presencia de varios asesinos- y  cambios de roles a La última casa a la izquierda (1972, 2009), con traca final propia de Destino final (Final Destination, James Wong, 2000), se antoja atractiva, ya que no original.

El problema de Tú eres el siguiente es que el guión quiere jugar con demasiadas bazas y cae en la indefinición, el balbuceo, la duda.

El problema es que desde la dirección no hay talento, y se cae en la rutina, el bostezo, la broma como cierre.

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Por partes, que diría Jack.

El filme arranca con un doble asesinato que viene precedido de la consabida leyenda, You’re the next, sin duda amenazadora, pero cuyo sentido una vez se desvelen los motivos, queda desvirtuado,  toda vez que no estamos ante la obra de un psicópata que guste de saborear el miedo en sus víctimas, anunciando su presencia y el destino que le depara. Muy al contrario.

Luego viene lo mejor de la cinta. Los Davinson, familia pudiente, de celebración, y esperan reunir a toda su prole en una suntuosa aunque un tanto abandonada mansión lejos de todo. Los complejos, rivalidades, frustraciones y envidias latentes en toda familia numerosa, afloran entre algunos de los hermanos, disponiendo una atmósfera tensa en la que la violencia contenida vibra en la Baccarat durante la cena. A lo que contribuye lo suyo el heterogéneo pelaje de los respectivos cónyuges, entre los que se encuentra un cineasta alternativo, el más observador naturalmente, y por lo mismo, el primero en recibir.

Por desgracia, pronto empiezan a volar flechas, y si bien es cierto que las causas del ataque guardan relación con los odios fraternales, su mecánica resolución resulta menos impactante de lo que hubiera sido asistir durante más tiempo a un fuego cruzado de acusaciones, humillaciones e insidias de unos hermanos hacia otros, ante las lágrimas de la pobre madre; querellas que a buen seguro le habrían infringido laceraciones más profundas que el machete que le abre la carne hasta el hueso poco después.

Pero a Wingard y su guionista, Simon Barret se les cansó la mano de tanto escribir o quizá debieron pensar que ya estaba bien de psicodrama. Y el caso es que los actores es uno de los activos más importante del film y el segundo en ser sacrificado (el primero sería la ocurrencia del título).

Metidos en materia, todo se vuelve convencional. La falta de verosimilitud en las reacciones inmediatas entre los personajes arruinan la atmósfera, y las muertes se suceden previsiblemente, sin inventiva visual en su ejecución, lastradas por la típica puesta en escena urgente que siente un absoluto desprecio por nociones básicas como la composición, a la busca de una inmediatez documental, suponemos, que por el abuso de la fórmula durante las últimas décadas, resulta hasta académica.

Hoy día, lo vanguardista, lo Avant-garde es rodar como Thomas Anderson, que rueda como dios.

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Los giros que da la trama en una dirección más que interesante, toda vez que explicita el odio de dos de los hermanos hacia el resto de su familia, o la avaricia nuda, desprovista de tales emociones, tanto da, ofrece un cambio de tono más que sugerente. Por primera vez hay suspense. Pero de nuevo la prisa. De nuevo el no saber qué hacer con situaciones que ofrecen jugosas posibilidades al sano ejercicio del sadismo fraternal.

Momentos francamente divertidos, como el de la joven que se dispone a salir corriendo por la puerta principal en busca de ayuda y se interpone en su trayectoria confiada un afilado alambre que le abre su dulce garganta. O ese otro, ya próximos al desenlace, en que le encasquetan a uno de los malos una picadora y la enchufan a la luz, con consecuencias negativas para su cuero cabelludo, apenas distraen el tedio, casi el enfado.   

El film se esfuerza por retorcer convenciones genéricas, en especial la relativa a la victimización femenina, plantear un slasher que acaba en thriller, nada nuevo, pero repetimos, no es la falta de originalidad lo que reprochamos al film de Wingard, sino que lo mejor de su filme sea el póster promocional, lo más inquietante, las máscaras de animales de granja, lo más tenso, su tardanza en llegar a las carteleras españolas, y que su único plano memorable, sea el que cierra la cosa.

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