Tusk

¿Dónde vas, Kevin Smith? ¿Dónde vas, triste de ti? Por Enrique Campos

En el cine, como en la vida, hay quienes se las arreglan para desfilar desde la adolescencia a la zona adulta sin más conflictos –al menos en apariencia-, y están los que pierden el norte, los que andan como vaca sin cencerro, que diría la madre de Almodóvar. Kevin Smith pertenece a este último grupo; necesita un cencerro con urgencia. Vivió una juventud esplendorosa mientras pudo contar historias que le quedaban a la vuelta de la esquina. En la tienda de Clerks (1994), en el centro comercial de Mallrats (1995), en los bares de Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997). En su hábitat natural se sentía a gusto y le fue bien. Le fue muy bien. No sólo eso, Kevin marcó una época en la comedia yanqui. Su imaginería pobló camisetas, se plasmó en pegatinas, su jerga, sus códigos, se grabaron a fuego en el léxico de la Generación X y de los sobrinos de la Generación X. Pero todos tenemos que volar del nido tarde o temprano.

Desde que el alter ego de Bob “El Silencioso” pusiera en el espejo retrovisor el costumbrismo veinteañero y los chascarrillos erótico-festivos no ha vuelto a encontrar su lugar en el mundo. Allí volvió –run for safe le llaman los anglos- tras algunos batacazos. Algo del mejor Kevin Smith quedó en Clerks II (2006) o en ¿Hacemos una porno? (Zack and Miri Make a Porno, 2008), casi nada en la saga de Jay y Bob el silencioso (Jay and Silent Bob Strike Back, 2001); porque, que segundas partes nunca fueron buenas no es un cliché, es un axioma. A no ser que te apellides Coppola, Cameron o Jackson y seas la excepción a la regla. Smith no lo es. Si abrazar la mística de baratillo de Dogma (1999), batir a conciencia el merengue ultra-azucarado de Jersey Girl (2004), tomar las armas en Red State (2011) no terminó de funcionarle… ¿Qué nos queda, amigo Kevin? Nos queda el terror, amigo escribano. ¡El horror! Una huída hacia adelante es una huída hacia adelante. Conviene entrar en la primera puerta que encontremos.

Tusk

Kevin Smith va a hacer cine de terror, susurraba Google. Y no hará sólo una película, vendrán más. Dos más, como mínimo. A la espera de esos horrores futuros, algo hay que concederles a Smith y su nueva máscara: si uno no fue lo suficientemente incauto como para ponerse delante de The Human Centipede (Tom Six, 2009) ni formó parte del selecto grupo de perturbados que se tragaron el par de secuelas, se diría que el de Red Bank ha entrado bajo palio, con todos los honores posibles, en los anales de lo grotesco. Que la suya era una mente calenturienta se podía intuir, dado el carácter de sus divagaciones sexuales a pie de mostrador en la película que le trajo a la vida, pero en Tusk ha puesto a funcionar sus neuronas frenopáticas hasta imaginar, “hechos reales” mediante, a un provecto psicópata (Michael Parks) empeñado en transformar en morsa humana, tirando de cirugía casera, al primer desnortado que toque al timbre.

Así están las cosas en maison Smith.

Por fortuna, el grado de enajenación estética de Tusk apenas roza el umbral de la escala Tom Six.

Kevin conserva la esperanza de mantenerse en el mainstream, lo que nos ahorra casquería y detalles más escabrosos de la cuenta. No nos ahorra, sin embargo, inconsistencia, ni la incongruencia de unos flashbacks arbitrarios introducidos con la tosquedad de un novato que no pisó la Escuela de Cine. Cinco minutos de histeria, cinco minutos de conflictos sentimentales, y, también, cinco más de los restos del naufragio, del Kevin Smith que fue y que ya no puede ser. La mejor manera de coronar un producto tan amorfo como la criatura que Parks pretende crear es abrir la agenda, ir hasta la D de Depp y llamar al colega Johnny para que interprete a un detective con acento francés, una suerte de descarte del álbum de cromos (y postizos) de Wes Anderson. De perdidos, al río. La presencia de Depp sólo constata un hecho: Smith tiene grandes amigos y gran poder de convocatoria. O mucha información reservada.

A las elipsis vitales y narrativas de Smith sólo puedo contraatacar con un poco de estructura circular. Porque en el cine, a diferencia de la vida, en realidad no hay reglas. No debiera haberlas. Algo funciona o no funciona, a menudo sin explicación, y ahí está Cimino para llorar por ello. Pero hay pequeñas certezas. Un cuadro mitad en blanco y negro, mitad en color, puede calar en los entendidos, quizá hasta en el público, y cotizar alto en Sotheby’s. Por regla general, somos así de cuadriculados, nos dará la impresión de que su autor está lanzando salvas al aire. Esta vez Smith no ha abatido ningún pato, ni siquiera una milana bonita. Habrá que esperar a Clerks III.

Tusk 2

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