Un asunto de familia

Premio Donostia 2018 Por Paula López Montero

Considero que la elección del Premio Donostia de este año está más que justificada y bien elegida. Premia la trayectoria de un director que ha sabido encontrar no solo su estilo sino su motor narrativo, su tensión, su idiosincrasia y que además nos ofrece películas tras película, con los mismos temas y actitudes, una apuesta clara por ahondar en los entresijos de la moral y comportamiento del ser humano, una reactualización de las vicisitudes de la sociedad, y una vuelta al universo infantil que ha de ser rescatado para aportar holgura al estrecho espectro que las cinematografías más maduras nos ofrecen sin abandonar el recuerdo o las técnicas de sus maestros predecesores. Además creo que Un asunto de familia (Manbiki kazoku aka Shoplifters, 2018), reciente Palma de Oro en Cannes, acoge la mejor versión de Kore-eda que ya pudimos apreciar con una de las primeras películas con las que empezó a tener renombre como Nadie sabe (Dare mo shiranai, 2004) o con –bajo mi punto de vista- sus mejores largometrajes como son Still Walking (Aruitemo, Aruitemo, 2008) o De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni naru, 2013), trayendo a su vez a colación ni más ni menos que a Yasujiro Ozu con sus largometraje Primavera tardía (Banshun, 1939) o a Mikio Naruse con Madre (Okaasan, 1952), manteniendo con esta última un sutil diálogo o parentesco del que más adelante hablaremos y que actualiza el estado de la cuestión de un género como el Shomin-geki (películas japonesas de entre la década de los 30 y los 50 que ahondaban en los conflictos de la clase trabajadora, especialmente en el periodo entre y post guerras) para abrir toda una línea de reflexión sobre nuestro presente.

 Un asunto de familia

La verdad es que me parecen de gran valía que de vez en cuando aparezcan este tipo de filmes que inciten a una contagiosa felicidad desde una madurez intelectual y prescindiendo de esa estética odiosamente remilgada y perfecta que al final se acabe haciendo hasta pornográfica. Quiero decir, Un asunto de familia posee esa sutil estética donde nada es imprescindible y donde todo elemento cobra valor, como si del maestroYasujiro Ozu se tratara –los encuadres son de una sugerencia innegable- pero está lo suficientemente equilibrada como para no darte cuenta de los detalles de cámara y a la vez ser consciente de la magia que contiene cada plano. En definitiva, qué difícil es hacer esta poética de lo cotidiano. Además, con ello no solo consigue componer un film rodado y ameno, sino que encima justifica la intención última del largometraje que, bajo mi punto de vista, abre un horizonte de mirada sobre los excesos de la sociedad, especialmente sobre el exceso de victimización del mundo y de la pobreza. Y a propósito de esto mismo, voy a tratar de incitar una reflexión sobre la valía de la levedad –también en las cinematografías- en un mundo históricamente grave.

Un asunto de familia 2018

Lo cierto es que nada más salir del visionado, impresionada por poder ver la mejor versión del director hasta la fecha, se me vinieron a la mente dos comparaciones que probablemente encontréis lejanas a este filme y son: Ladrón de bicicleta (Ladri di biciclette, Vittorio de Sica, 1948) y La vida es bella (La vita è bella, Roberto Benigni, 1997). Dos filmes que para mi gusto comparten ese mismo leit motiv del shomin-geki: sacar de las ruinas a la clase obrera, ofrecer esa otra visión posible del statu quo que dirigen las clases altas y romper con el imaginario hegemónico que asocia pobreza con infelicidad. En este sentido puede que, como se le ha acusado al director en otras ocasiones, este enfoque cortocircuite con lo acostumbrado y pronto se hagan juicios poco profundos como el de categorizar esta propuesta como un exceso de disneyzación. Y para esto me gusta traer otras propuestas de estos años que creo que van en la línea que sugiere la película del director como pueda ser The Florida Project (Sean Baker, 2017), película que nos ayuda a entender –en pleno paraíso Disney, con una estética perfectamente encajable en el cuento de hadas- la más pura realidad dentro del mundo de los marginados. Pero el interés del shomin geki, al igual que la aparición del Neorrealismo italiano tiene sentido como respuesta a una crisis, pero ¿Un asunto de familia responde a una? Desde luego que sí, y creo que la reactualización de la pregunta, trayendo a colación su pasado, es de virtud.

Un asunto de familia cuenta la historia de una familia pobre y poco convencional, donde todo les une menos la sangre. Shota y su padre adoptivo Osamu se dedican a robar en los supermercados como si de un juego se tratara siempre bajo el pretexto de que se roba mientras la tienda no quiebre. Su madre adoptiva, Nobuko –que había huido de sus padres y ex-marido maltratador- trabaja en una tintorería, y en la casa familiar conviven también la abuela Hatsue y Aki. Una noche, mientras Shota y Osamu vuelven a casa se encuentran a Yuri, una pequeña abandonada por sus padres maltratadores. Shota y Osamu, sin dudarlo y con inocencia la invitan a cenar a su casa, y al ver que a Yuri nadie la reclama deciden acogerla y darle distracción y cariño. Así pasan sus días, tratando de esquivar la escuela –porque solo los niños que no saben estudiar en casa van a la escuela- y el trabajo, subsistiendo con poco pero con lo necesario para no quitarles la espontaneidad. Pero la familia trastornada de Yuri acaba por llevar el caso a los medios y la pequeña empieza a salir en todos los telediarios. Intentando camuflarse, como habitualmente venía haciendo la familia, consiguen pasar desapercibidos y hacer las vidas tal y como ellos quieren, bajo la elección. De hecho, esta es una de las preguntas que ronda la película sobre todo como cuadro de diálogo abierto con Madre y con sus anteriores largometrajes como De tal padre, tal hijo: ¿qué hace a la familia, o qué hace una madre, la sangre o el cuidado? Finalmente se da un giro que hace que todo cambie y desvele la estructura del mundo en el que vivimos sin perder ni un ápice de la sinceridad e inocencia de la que venía haciendo gala. Además, otra de las cosas que más me llama la atención es lo bien trabajados que están los personajes, y el nexo de unión que converge entre ellos haciendo que de verdad pasen por una de las familias más entrañables del cine. De hecho, Un asunto de familia es –como lo fuera Lucky (2017) para Harry Dean Stanton- la despedida adelantada de la actriz Kirin Kiki, que brilla en este papel y que tiene una secuencia que será para la historia en donde ella, sentada en la orilla, contempla con felicidad el futuro: una imagen de su familia de acogida bañándose en el mar. Creo que en el fondo en esta película lo que hay es mucha sabiduría.

 Un asunto de familia Koreeda

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