Valerian y la ciudad de los mil planetas

La (des)ilusión migratoria Por Samuel Lagunas

He dicho en otro momento respecto a La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, 2016) que en el cine de ciencia ficción las películas sobre invasiones extraterrestres asumen una postura sobre las posibles reacciones ante inesperados y críticos flujos migratorios. Desde esa perspectiva es que me propongo analizar la más reciente película de LucBesson, Valerian y la ciudad de los mil planetas, teniendo en cuenta que Francia está entre los tres países de la Unión Europea que reciben mayor número de migrantes y que la última cinta del director de El quinto elemento (Le cinquiéme element, 1997) figura ya como la producción más costosa en la historia del cine francés.

Valerian y la ciudad de los mil planetas

El conflicto central de Valerian y la ciudad de los mil planetas es esencialmente migratorio. Un grupo de sobrevivientes del planeta Mül (morfológicamente muy similares a los humanoides azules de Avatar [James Cameron, 2009]) hace de un intersticio de la ciudad Alpha su provisional hogar tras un largo deambular por el universo una vez que su planeta fue sorpresivamente aniquilado. Alpha es el epítome de la globalización y del cosmopolitismo. La primera secuencia, una de las más efectivas de la cinta, da cuenta de ello. La Estación Espacial Internacional, que hoy es una especie de ecúmene extraterrestre al albergar en un mismo espacio investigadores provenientes de distintos países, en la cinta de Besson comienza no sólo a recibir humanos sino también seres de otros planetas. Todos ellos, no obstante, son asimilados desde el primer contacto: humanizados: forzados a estrechar la mano o su extremidad equivalente. Estas primeras escenas son ya una fantástica parábola de lo que ha sido y continúa siendo el proceso de occidentalización y sus derivados: el orientalismo, el africanismo, el desarrollismo, es decir, procesos violentos de colonización cultural.

Pasan los años y los siglos y Alpha se convierte en una armónica ciudad donde seres de todo el universo comparten e intercambian sus saberes y prácticas. Allí no parece haber ningún problema y, si lo hay, el imbatible agente Valerian (DaneDeHaan) y la intuitiva sargenta Laureline (Cara Delevingne) son los indicados para resolverlo, al mismo tiempo que tratan de encausar su insípida relación en un nivel matrimonial. Comandados por Arün Filitt (Clive Owen), Valerian y Laureline reciben la misión de recuperar un “convertidor”, al parecer el último de su especie y cuyo funcionamiento digestivo no luce tan disímil al de Mordelón, icónico personaje de la serie Futurama (Matt Groening, 1998-2003, 2008-2013) capaz de transmutar en materia oscura todo lo que come.

En una demorada secuencia (que remite afortunadamente a los enajenados personajes de El congreso [The Congress, Ari Folman, 2013] y desafortunadamente a algún momento extraído de la saga Miniespías) en la que Valerian y Laureline se inmiscuyen en un mercado virtual para recuperar al convertidor, éstos comenzarán a sospechar de lo legítimo de su misión. Poco a poco, el espectador se da cuenta, mucho antes que los personajes, del secreto terrible que oculta y quiere dejar oculto el comandante Filitt, secreto que de revelarse puede poner en riesgo las relaciones diplomáticas en Alpha además, por supuesto, de su trabajo.No se necesita mucho tiempo para descifrar el misterio y saber que lo que Filitt quiere es acabar con los sobrevivientes de Mül y que la posesión del convertidor es lo único que le garantiza su total destrucción.

Valerian y la ciudad de los mil planetas 2017

La forma en la que Besson resuelve el conflicto central, a través de un guion moroso y con actuaciones mayormente apáticas, es indicadora de cómo es abordada la crisis migratoria en la cinta. Los seres de Mül fueron forzados a dejar sus territorios y a desplazarse en busca de otro hogar; en el camino, ellos han aprendido a perdonar a sus ofensores y, gracias a todo el conocimiento que han adquirido en Alpha, están listos para (re)crear su planeta y seguir adelante, sin remordimientos. Hasta aquí, el mensaje de la cinta es de algún modo positivo. No obstante, personajes como el de Bubble (Rihanna en espléndido número musical) delatan una perspectiva incluso fundamentalista sobre el tema: el migrante que vive en la ilegalidad sólo puede redimirse a través de la muerte o del sacrificio. Valerian y la ciudad de los mil planetas no logra evitar la trampa ideológica del multiculturalismo al sostener en su argumento, implícita y explícitamente, una forma prescriptiva de coexistencia y convivencia: eres bienvenido, siempre y cuando te comportes de modo similar al nuestro. Por eso, los habitantes de Mül no pueden quedarse en Alpha: tienen un pasado y una forma de vida totalmente distintas que hacen imposible la convivencia en el mismo espacio, aunque se admite con petulancia que sólo la cultura de Alpha es capaz de devolverle la vida al planeta de Mül. Es aquí donde la cinta se acerca mucho a la postura defendida por el norteamericano Victor Davis Hanson, quien en su libro Matanza y cultura (2006) argumenta con temor, casi con pánico, que el gran riesgo de los flujos migratorios es que la adquisición de los aportes más valiosos para occidente (la democracia, el capitalismo, el individualismo) que, a su juicio, han llevado a Europa y a Estados Unidos a momentos invaluables de paz y prosperidad, en las manos equivocadas de los no-occidentales pueden convertirse en la base de formas de guerra mucho más mortíferas. De darse el caso, claro, Alpha cuenta con Valeria y Laureline y los seres de Mül poco podrán hacer ante el poderío bélico de los humanos.

Valerian y la ciudad de los mil planetas 2017 Rihanna

Si en La llegada son los alienígenas quienes cooperan para el avance de la civilización humana, en Valerian y la ciudad de los mil planetas la relación es inversa; no obstante, ambas películas mantienen un desenlace similar: los extraterrestres tienen que volver a su lugar de origen, no pertenecen a nosotros. Es aquí donde el mastodóntico diseño de producción de la cinta de Besson revela una propuesta harto conocida en la industria hollywoodense que amenaza con extenderse como plaga a otras cinematografías: el miedo a la convivencia real y auténtica con los migrantes. La última broma de Valerian y la ciudad de los mil planetas es indicativa en ese sentido: los otros nos interesan en la medida en que forman parte de nuestra playlist. Finalmente, a pesar de que Laureline, igual que hiciera Leelo (MilaJovovich) en El quinto elemento, puede defender demagógicamente al “amor”, así en abstracto, pero su puesta en práctica en un nivel político y relacional (más allá del beso consuetudinario) sigue siendo bastante cuestionable. Qué desilusión.

 

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