Victoria

Ext. Noche / Las calles de Berlín Por Matias Colantti

La historia de relatos contados en plano secuencia no es algo novedoso y original. Esta particular herramienta técnica-retorica consta de realizar un registro a través de un seguimiento continuado de la cámara sin realizar ningún tipo de cortes, es decir sin presionar el botón REC en medio de las filmaciones.

El maestro Hitchcock fue un pionero en adoptar este instrumento narrativo para la producción de películas, y lo experimenta con La soga (Rope, Alfred Hitchcock, 1948). En aquella época, el desafío cinematográfico del plano secuencia estaba limitado por el principal componente físico del registro fílmico: La cinta de película (o rollo). En un determinado tiempo, la película se acababa y había que recargarla. Es por ello que en aquella mítica obra de Hitchcock, es de conocimiento público el descubrimiento de varios cortes durante el rodaje, que en la búsqueda de sostener el real uso del plano secuencia, se invisibilizan con un “zoom in” a objetos negros.

Con la llegada de nuevos tiempos y el natural evolucionismo tecnológico, el cine se enfrentaba a la reconversión de la imagen en el paradigma de la revolución digital. En este contexto, surge El arca rusa (Russkiy kovcheg, Aleksandr Sokurov, 2002) como película que reincide en la ejecución de este particular recurso de filmación sin cortes. Dentro del mundillo cinéfilo, se considera que el cineasta ruso fue el único capaz de ofrecer una pura y excelente manipulación del plano secuencia, ya que en el pasado reciente la oscarizada Birdman (Alejandro Gonzales Iñarritu, 2014) adoptaría el uso del llamado “falso plano secuencia”. Alejandro González Iñarritu concibe la idea de una “ilusión” sin cortes ya que a igual que en la obra de Hitchcock se develan las marcas de la interrupción, con la diferencia de que en el film del mexicano hay una mayor potabilización de los efectos especiales que la hacen “casi” imperceptible.

La resumida trayectoria de algunas reconocidas películas que se destacaron por ser relatos contados en un real o “falso plano secuencia”, nos sirve para dar pie a otro experimento cinematográfico que asume el desafío de contar historias sin intervenir con cortes.

Sebastián Schipper es el responsable del proyecto Victoria, que busca tal vez abrirse en el campo cultural a través de un trabajo que privilegia las formas (o la estética narrativa) por sobre el contenido.

La trama de la historia se centra en una desenfrenada madrugada en la ciudad de Berlín, donde observamos a Victoria en una expedición aventurera con cuatro jóvenes de la urbe alemana, que solo buscan extender la parranda, y se enfrentaran a una serie de sucesos inesperados. Las tres horas que tiene el film, representan los frenéticos episodios de una larga noche alemana que acentúa una profunda exploración por climas de alta tensión emocional y el reflejo de un drama social que apunta a pensar la frustrante vida de jóvenes descarriados que padecen el fenómeno del “party 24H”.

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“La verdadera Berlín, está en sus calles” le dice uno de los jóvenes de la pandilla que seduce a Victoria para que los acompañe a continuar la noche en un after. La película recorre esta concepción de una imagen berlinesa oscura a través de una premisa centrada en expresar los excesos de la vida juvenil, infectada de ciertos romances con la delincuencia. Una de las escenas más representativas de este análisis, es cuando Victoria toca el piano en la cafetería donde trabaja y le confiesa, en medio de lágrimas, a su recién conocido que sus sueños de artista habían quedado trabados en medio de conflictos sin explicación, pero que no encuentran consuelo y se refugian en el consumo de alcohol y experiencias arriesgadas que pretenden inocular la frustración con una apariencia de diversión extrema. Esta sensación de desenfreno es la que impera en todo el relato, donde acertadamente el director busca confundir al espectador hacia una búsqueda de explicaciones del comportamiento de los personajes, donde no sabemos si actúan por inocencia, curiosidad, inconciencia o una mezcla de actitudes impulsadas por la supuesta audacia y “liberación” que provocan las drogas y/o la ebriedad.

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Esta fuga de la realidad se ve plasmada en la alocada noche de los jóvenes y en donde las consecuencias serán ejecutadas con un brillante pulso dramático que con el plano secuencia transmiten una atmosfera turbulenta y claustrofóbica. Este lazo de tensión se mantiene luego del primer punto de giro y es sostenido con picos de suspenso hasta el último minuto. Hay un acierto enorme en la posproducción en cuanto a la selección de la música, ya que es una clave puntual en ciertos fragmentos del relato. Schipper utiliza con maestría la capsula sonora del tecno-pop que acompañada de luces intermitentes construyen una imagen fiel del producto cultural posmoderno que moviliza a la masa juvenil y desata el ritmo frenético ideal para extraviarse en el alcohol y otras yerbas alucinógenas. Por momentos, la música electrónica del film impulsa ese sentido de velocidad que el director Tom Tykwer instalo en la obra alemana Corre, Lola, corre (Lola rennt, Tom Tykwer, 1998).

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No puedo dejar afuera de este análisis a dos cuestiones claves del mancomunado trabajo de producción que se realizó para este impecable film. En primer lugar, aplaudir las interpretaciones sublimes de los actores en este desafío teatral que conlleva el plano secuencia. Y en segundo lugar, destacar el magistral protagonismo del camarógrafo, que además es el primero en aparecer cuando figuran los créditos finales. Este gesto es poco común en las producciones cinematográficas y el espectador acostumbra a ubicar al director, guionista y productores, desconociendo en absoluto a los camarógrafos, quienes son parte fundamental durante los rodajes de cualquier producto audiovisual. El cineasta alemán considera con respeto la labor del camarógrafo y lo reconoce haciendo que Sturla Brandth Grovlen, sea el primero en aparecer sobre todo porque un plano secuencia de tres horas es realmente una odisea fílmica. Por ello tambien fue premiado con un Oso de Plata en la Berlinale.

Victoria es una de las joyas del año porque su esencia es rupturista y trascendental dentro de los patrones de realización cinematográfica que algunas industrias adoptaron desde la llegada de la digitalización y la hegemonía cultural de la imagen convulsiva norteamericana. Victoria es grande porque no es una película: Victoria es mucho más y trasciende la categoría común de una producción audiovisual, porque Victoria es un proyecto cultural que pretende reencontrar formas distintas de construir imagen y sentido.

 

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