Villa Touma

Las chicas respetables no tocan el tambor Por Fernando Solla

"¿Tú ves este silencio?
Pues hay una tormenta en cada cuarto.
El día que estallen nos barrerán a todas"Poncia en La casa de Bernarda Alba, Acto III (Federico García Lorca, 1936)

Hay películas cuyas múltiples lecturas superan cualquier límite argumental o formal para confiar en que el raciocinio del espectador coincidirá de alguna manera con el conocimiento del mundo que pueda tener el autor sobre una situación concreta que, seguramente, le ha tocado vivir en primera persona. No es tan habitual que los aspectos más técnicos de la producción, así como la identidad o procedencia de los integrantes de este equipo, determine el contexto comunicativo o su tono, contrastando antitéticamente con el discurso narrativo establecido por las distintas secuencias que conforman un largometraje. En tercer lugar, es muy difícil conseguir, a partir de una historia ficticia e individual, radiografiar el efecto de un acontecimiento bélico, histórico, político o territorial, describiendo no tanto al colectivo agraviado (si es que hay sólo uno) como encarnando al territorio mismo en el cuerpo de este personaje particular y conseguir que los espectadores, que quizá no posean conocimiento específico previo sobre esta situación, asimilen el conflicto como suyo propio.

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En esta demarcación cinematográfica situamos el debut en la dirección de Suha Arraf, guionista de, entre otros títulos, La novia siria (The Syrian Bride, 2004) o Los limoneros (Etz Limon, 2008), ambas de Eran Riklis. Reduciendo el conflicto árabe-israelí a su mínima unidad, en esto caso la familiar, con Villa Touma asistimos a la propuesta de una nueva teoría celular aplicada al pueblo palestino, cuyas funciones vitales se establecerían a partir de la interacción de términos como ocupación, emigración y aristocracia, conformando la información genética de este pueblo, base del ADN que se hereda generación tras generación hasta llegar a Juliette (Nisreen Faour), Violet (Ula Tabari) y Antoinette Touma (Cherien Dabis) y continuar drásticamente con Badia (Maria Zreik), la sobrina que acaba de abandonar el orfanato.

Tres hermanas de distintas edades, símbolos de la tierra ocupada por un invasor y su evolución (ocupación israelí equiparada a los últimos e inamovibles resquicios de la fuerza de los hábitos y las costumbres más trasnochadas de la aristocracia palestina) y abandonada por su antiguo amor (ese ideal aristocrático alegoría de los miembros de una clase adinerada que era la que poseía capital para poder elevar la idea de nacionalidad hacia al máximo poder, en este caso económico, y que en las últimas décadas ha ido emigrando hacia Europa o Estados Unidos, olvidando sus raíces por el camino). A más edad, mayor será el nivel de resignación, en contraste a la visión cristalina, poco viciada y, por tanto, inocente de Badia.

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Con una premisa tan potente el choque frontal entre imagen y retina que provoca Arraf es descomunal. Lo que en un principio parece adivinarse como la voluntad de la realizadora por incomodar al espectador, situando un discurso tan profundo en un género melodramático y edulcorado hasta rozar el ridículo, se convierte paulatinamente en una mano que nos guía generosamente, aportando conocimiento sobre la materia al mismo tiempo que sitúa nuestro estado de ánimo en una atemporalidad clave para describir el estancamiento de la sociedad que quiere retratar. La acción transcurrirá mayoritariamente en una antigua casa de piedra y aunque probablemente el tiempo sea el presente, podríamos encontrarnos en cualquier momento posterior a 1967, después de la guerra con Israel. La autora agrega con este aspecto el factor del equipo de producción que comentábamos anteriormente, puesto que los que contarán, artistas y promotores, una historia eminentemente palestina será un grupo de israelitas.

Y aquí es donde se sitúa al arte, en este caso el séptimo, no tanto como moderador sino como creador de opinión.

Si el resultado final que conocemos como película es la suma del trabajo conjunto y por un fin común de varios departamentos y, además, el cine imita a la vida ya sea sublimándola o disipándola, ¿por qué no va a ser posible que eso suceda en la realidad? Una convivencia o colaboración es posible en el marco de la ficción, pero ¿qué somos los seres humanos sino personajes que nos movemos en distintos ámbitos en los que la socialización nos ha colocado, modificando en la mayoría de casos nuestros impulsos e instintos inherentes? Por otro lado, el conflicto es algo presenta en el día a día desde el principio de los tiempos, así pues, ¿quién es el responsable de hacer que las cosas sucedan o cambien? ¿El agresor o el agredido? ¿El resignado y condescendiente o el causante e instigador?

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Finalmente, si debatimos la responsabilidad de la víctima, no sería justo omitir la nuestra. Arraf no se resigna a que el público internacional pasee su mirada misericordiosa sobre el pobre pueblo palestino y su esfuerzo por sobrevivir entre tanta miseria. La negativa a tratar directamente el conflicto bélico es un doble acierto. En primer lugar, ayudará a Villa Touma a convocar a un abanico más amplio de espectadores y, además, sitúa a europeos y norteamericanos como el modelo a seguir para este reducto aristocrático. Una chica bien no tocará el tambor (como Badia) sino el piano y hablará francés. Arraf confronta tópico contra tópico y hace que nos demos cuenta que, ocupados o no nuestros territorios, no somos tan distintos y que lo que creemos que nos separa es precisamente lo que nos une y compartimos. Su modelo es el nuestro, por lo tanto el ellos pasa a formar parte del nosotros y viceversa. Todo esto gracias, una vez más, a este espacio plural y democrático que nos gustaría que fuese el Cine.

Formato y contenido a debate. Incluso el último y macabro giro final no es gratuito. Quizá para construir haga falta destruir. Quizá se haya perdido una generación pero nuestros progenitores puedan salvar la siguiente. Así la ficción como la realidad. Quizá haya que dinamitar los géneros cinematográficos y reformularlos desde su interior. Preguntas que Suha Arraf formula en voz alta (a través del lenguaje cinematográfico) sobre una temática que aunque nos conmueve y preocupa, desenmascara nuestra insuficiencia para ofrecer respuestas, confundiendo esta incapacidad con un indulto que nadie nos ha concedido. Sin duda un largometraje que merece ser analizado desde múltiples puntos de vista para poder disfrutarlo en toda su riqueza.

 

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] la hora de abordar el tono, la más acertada de Mustang, la aproxima a otra obra estrenada en 2015, Villa Touma (Suha Arraf, 2014). También perteneciente al cine de denuncia social y protagonizado por mujeres, […]

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