Woochi, cazador de demonios

Un cuento para recordar al niño que llevamos dentro Por Arantxa Acosta

"¡Nube Volabora, ven a mi!"Son Goku en Bola de Dragón (Doragon bôru, Akira Toriyama - creador, 1986-1989)

Hacía años que una película de puro entretenimiento no dejaba tan buen sabor de boca, ni tan siquiera Los Vengadores. Sé que con esta frase introductoria muchos se llevarán las manos a la cabeza, así que haré un pequeño inciso: hay que ser consciente de lo que se va a ver. No es una película de artes marciales (como alguien se quejaba a la salida de la proyección), ni un manga llevado a la gran pantalla, ni un film reflexivo como al que nos tienen acostumbrados grandes autores coreanos.  Es una estupenda combinación de géneros en los que, aunque predomine la fantasía y acción, hay que caer en la cuenta de que, para bien o para mal (es cuestión de gustos), inevitablemente el ritmo asiático no es el hollywoodiense. Ni el humor, que a veces se puede antojar desmesurado o fuera de contexto, es el mismo que el occidental. Y no obstante Woochi, cazador de demonios, lo tiene todo: acción trepidante, humor absurdo, un peculiar romance… e incluso saltos en el tiempo. Un film que contrariamente a lo que pueda parecer no está dirigido al público infantil, aunque sí saca el niño que llevamos dentro. Ese niño (¿grande?) que lee manga (o manhwa), que considera Bola de Dragón o Ranma ½ como dos de los mejores cómics japoneses  llevados al anime y que está tan enamorado de los libros de fantasía en los que duendes, orcos, magos y hechiceros cabalgan juntos que no sólo perdona a Peter Jackson sino que se ilusiona con que quiera hacer de El hobbit una trilogía… por poner un ejemplo.

Irreverente y descarado. Seductor y caprichoso. Héroe… aunque despistado. Y egoísta. Con pocas ganas, vamos. Este es nuestro Woochi, que viene acompañado de duendes demonios, monjes taoístas, viudas inocentes, perros encantados y, lo más importante, de una flauta mágica, centro de una historia que empieza hace 500 años, en la dinastía Joseon, y que gracias a un poderoso hechizo se desarrollará y terminará en nuestros días.

Un relato anónimo datado del siglo XVII, en el que se narran las aventuras de Jeon Woochi, un travieso e infantil mago más preocupado en pasárselo bien que en atender su deber, es la base de Woochi, cazador de demonios. Un alocado personaje en las antípodas del héroe convencional, que nos atrapa con su particular visión sobre el bien y el mal y sobre todo por lo carismático de su figura. Una espectacular apuesta, la que podría denominarse primera película de superhéroes de cine coreano, en la que no se ha dudado en invertir (se trata de una producción de más de diez millones de euros) y en la que se ha arriesgado a enfrentarse con las creencias más tradicionales del país al situar a uno de los legendarios héroes en la Corea del siglo XXI. Si en los últimos años nos hemos visto gratamente sorprendidos por la calidad del cine proveniente de Corea del Sur  que llegaba a nuestro país, tanto en su vertiente más dramática (como la soberbia MotherMadeo, Joon-ho Bong, 2009), poética (cualquiera de Kim ki-Duk) o violenta (un muy buen ejemplo sería Encontré al diabloAkmareul boatda, Jee-won Kim, 2010), esta curiosa adaptación se ha hecho esperar, pero por fin ha llegado a estrenarse incluso en salas comerciales (pocas, muy pocas) de nuestro país. Y es que vale la pena, por diversos motivos.

Woochi 2

Woochi, cazador de demonios no explica nada nuevo, no vamos a negarlo. Pero basándose en lo que podríamos denominar tradición caballeresca al más puro estilo Don Quijote de la Mancha (es decir desarrollada en un tono más que burlesco, no hay más que fijarse en el “escudero” de Woochi, Chorangyi, o en la particular Dulcinea, a veces inocente, a veces maliciosa), destaca por lo bien urdida que está la compleja historia.

Compleja no sólo por la cantidad de personajes y situaciones, sino porque se invita al espectador a estar muy atento a las pequeñas pistas que se van dando a lo largo del metraje para comprender bien su desarrollo y final. Estas pistas las encontramos, por ejemplo, en las palabras de una bruja, o en lo que aparece escrito ante Woochi antes de ser arrastrado y atrapado en un pergamino. Giros más o menos inesperados que sorprenden a la vez que confunden… para que poco a poco seamos capaces de unir las piezas del puzzle.

Una película que se estructura siguiendo los actos de un cuento. El primero, la presentación (quién es protagonista, qué, dónde y cuándo ocurre la acción), con un prólogo de más de ocho minutos,  nos pone en antecedentes: por un error de tres monjes taoístas, los duendes demonios que estaban custodiados gracias a la melosa melodía de una flauta mágica (inevitable a estas alturas pensar, claro, en la flauta de Emanuel Schikaeder, la flauta mágica de oro que actúa sobre el estado de ánimo de los hombres) son liberados. Woochi se verá envuelto en la historia al ser acusado de robar la flauta a su maestro, siendo entonces encerrado en el dibujo de un pergamino durante siglos. Aquí entramos de lleno en el núcleo del cuento: encontramos el obstáculo que dificulta el cumplimiento del deseo – quedarse con la viuda, conocemos los peligros que acechan al protagonista, y estamos deseosos de saber cómo se las arrglará nuestro héroe para continuar con su aventura.

Woochi

Cuando los demonios vuelven a aterrar al mundo, los monjes desencantarán al mago, ya en nuestros días, para que les dé caza. Nos vemos entonces atrapados en un film que recrea fielmente la época feudal, entremezclando unos efectos digitales (fantásticos conejos con armaduras medievales que saltan de tejado en tejado, a lo Tigre y dragónCrouching Tiger, Hidden Dragon, Ang Lee, 2000) que poco tienen que envidiar a los maestros de la gran industria, con el desarrollo de la acción en la Corea actual y que fácilmente nos hace recordar la exitosa Los visitantes (Jean-Marie Poiré, 1993). Y es que traer a los magos y demonios a nuestros días, saltando ahora entre rascacielos y con dosis de humor canalla agudamente dosificado (que uno de los monjes se haya convertido en un cura cristiano no tiene desperdicio), se nos antoja un buen equilibrio entre la acción más trepidante que no se olvida de homenajear a películas como Matrix (Andy&Lana Wachowski, 1999) y el humor al más puro estilo manga. La resolución de escenas con reacciones absurdas no tiene desperdicio, recordándonos, también, alguno de los momentos de Crows  Zero (Takashi Miike, 2007). Finalmente, en el desenñace de la narración del cuento, la combinación de presente y pasado realza las mejores partes del film y nos hace olvidar aquellas que han podido ser un poco más tediosas (por inverosímiles), resolviéndose el problema planteado (eliminando al temible villano) con un esperanzador final.

Woochi 3

Los actores, y en especial Don-won Kang,  conscientes del tipo de película en la que están interpretando (y en la que no falta una sutil crítica hacia el mundo moderno), demuestran saber adaptar sus gestos y posturas a las exigencias de un guión que tan pronto les obliga a combatir a muerte como les hace reaccionar de forma que incluso nos imaginamos la gota de sudor bajando por su cara.

Una película exagerada en su forma pero de sorprendente calidad, con cortes de montaje o de guión que descolocan al espectador, haciéndole adorar la película o catalogarla de lenta y poco efectiva. Porque si algo podrá decirse de Woochi, cazador de demonios es que se convertirá en película de culto también en nuestro país… aunque para un grupo reducido de cinéfilos, y freaks. Una pena porque debería poder llegar a mucha más gente.

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Comentarios sobre este artículo

  1. Mar_y_Sol dice:

    Muy buena, la acabo de ver en un canal local, es divertida, te atrapa enseguida, vas tras Woochi para empezar por divertirte y continuar para ver que le pasa a nuestro singular héroe, reune muchos elementos, diversos personajes y muchos escenarios, es una película que me gustaría ver una segunda y tal vez una tercera vez

  2. […] El aprendiz de brujo (The sorcerer’s aprendicce, Jon Turtlebau, 2010) o la muy recomendable Woochi (Dong-Hoon Choi, 2009), en las últimas dos décadas los films más destacables centrados en la […]

  3. […] El aprendiz de brujo (The sorcerer’s aprendicce, Jon Turtlebau, 2010) o la muy recomendable Woochi (Dong-Hoon Choi, 2009), en las últimas dos décadas los films más destacables centrados en la […]

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