Yesterday

Ingenuidad, querida compañera Por Aarón Rodríguez

De entre las muchas paradojas que anidan en el centro de la imagen contemporánea, hoy me gustaría traer una a colación: la que tiene que ver con el hipotético grado de ingenuidad de las mismas. Pongamos por caso una cuenta cualquiera de Instagram más o menos actualizada en la que se pretendan exponer, siquiera parcialmente, algunas cosas sobre la interioridad de su dueño o su dueña. Por poco que achinemos los ojos y recorramos con cierto espíritu crítico su contenido, coincidiremos en afirmar que lo más interesante es precisamente lo que no se revela, es decir, lo que conforma el pánico que late por detrás de la exhibición en redes de toda subjetividad. Perdonamos ciertas imágenes –las que garantizan una experiencia de la vida homogéneamente exitosa, las piernas en la playa, los manjares opíparos y las grandes sonrisas al atardecer- precisamente porque bajo su ingenuidad se intuye con demoledora claridad el profundo vacío significante que las atraviesa. Un vacío que, con el paso del tiempo, acabamos por reconocer felizmente como nuestro también.

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Yesterday, quizá sea una buena idea comenzar por aquí, es una película ingenua. No tengo claro si debe leerse como un acierto o un error, pero sin duda sí que se experimenta como un anacronismo. Parece difícil localizar de dónde emerge. Por momentos parece algo así como una mala digestión de los noventa, mucho antes de que mi generación quedase reducida al margen de la modernidad y llegaran las barahúndas de las barriadas enarbolando sus clips de trap y sus stories. El cine de Danny Boyle, que contó con algunas películas extraordinariamente lúcidas y crueles, ha cometido prácticamente desde el tremendo éxito de Trainspotting (1996) –estoy pensando en la curva descendente que arranca con Millones (Millions, 2004)- el error de obviar el estado del mundo, la complejidad de los afectos y la urgencia de sus emergencias. Lo dice un crítico que, sin la menor modestia, ha sido siempre uno de sus grandes defensores. Pero hay algo de un tiempo a esta parte en el cine de Boyle que, quizá como el propio Lennon intuyó que ocurriría con McCartney, se ha quedado enquistado en una especie de celebración boba de la vida. Tan boba –esperen al final del texto- como nosotros mismos.

Así que la pregunta debe dirigirse al propio espectador: ¿Hasta qué punto está dispuesto a soportar una tonelada de bien medida ingenuidad british cuando la moda cinematográfica se desgañita en los altares de Hu Bo o de Gan Bi? ¿Hasta dónde tolera el núcleo mismo de la cultura popular y se deja seducir por los chistes fáciles, los inevitables arrumacos, el crescendo final y el enésimo recalentado de los álbumes rojo y azul? ¿Hasta dónde está dispuesto a admitir que el cine no le pertenece, sino que funciona precisamente como un motor a la contra de lo que uno querría ver siempre en la pantalla para sentirse más interpelado, quizá más inteligente?

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Y es que Yesterday no es necesariamente una mala película –compárese simplemente su uso de los travellings con las toneladas de basura que suelen vomitar las minisalas en verano-, ni el espectador que la disfruta –yo mismo- debe ser necesariamente encausado como culpable. Es un artefacto oxidado, venido de un planeta cinematográfico en vías de extinción y con los resortes enunciativos mal engrasados. Bajo esa máscara de infografías baratas, superposiciones de imágenes –qué mal le hizo a Boyle experimentar con la imagen multicapa a partir de Steve Jobs (Jobs, 2015)- y “actualizaciones” de los grandes clásicos de los Beatles llega un momento en el que la ingenuidad da la vuelta y se convierte, contra todo pronóstico, en humildad. ¿Boyle, humilde? Parcialmente al menos. Uno intuye que ya ha comprendido que no volverá a rodar jamás su gran película y desde entonces va recogiendo las esquirlas de su propia cinematografía, sirviéndonos la sopa recalentada de su antiguo genio a los pocos seguidores que mantenemos viva su cuenta bancaria. Precisamente desde ahí, desde esa falta de ínfulas, se entiende que tanto da machacar Help! a base de aplicar un montaje epiléptico o extender el metraje mucho más allá de lo que resultaría aconsejable. No es de los Beatles de lo que habla la película, sino de un artista que se reconoce como un auténtico farsante cada vez que se mira al espejo. Y la película, vista desde ahí y al trasluz del propio cine de Boyle, comienza a resultar interesante.

Hay, por supuesto, grandes ideas que no se desarrollan por pura cobardía. El hecho –sugerido en apenas cinco o seis escenas- de que las canciones de los Beatles no funcionarían en pleno siglo XXI es tan escandaloso y abrasivo como esa risa incontrolable que deja escapar una tía nerviosa en mitad de un funeral. La manera en la que el fracaso se queda pegado a la piel de ciertos individuos incapaces de notar cómo sus propios límites les están machacando, tomada en su total radicalidad, hubiera resultado extraordinaria. Más salvaje todavía hubiera sido que el protagonista fallara desde el principio, recordando mal –a ser posible, ayudado por Ed Sheeran- todo el cancionero de los fab four. Por último, y no menos interesante, hay una sobrecogedora sugerencia cuando, en el clímax de cierre, la novia queda por un instante convertida en la Eleanor Rigby de los flashbacks, ofreciendo así un auténtico disparo en la sien: tanto él como ella, perdedores y estúpidos, metidos en una larga treintena y condenados a su propia mediocridad, no hubieran sido sino dos cuerpos abandonados y quebrados al margen de los Beatles.

Yesterday 3

Por lo demás, cuando uno ya cumple cierta edad no se siente con fuerzas ni voluntad de absolver o condenar a nadie: si usted, amigo lector o amiga lectora, tiene un vínculo emocional con los Beatles –como es mi caso- lo tendrá fácil para abrir las compuertas de la emoción y dejarse arrastrar por la posibilidad misma de recuperar, aunque sea brevemente, el espejismo del mundo prefigurado en algunos de sus temas. La película está rodada para nosotros, y únicamente en esa pequeña complicidad de las vidas vividas podremos perdonar todo aquello que parecerá, como queda dicho, ingenuo o incorrecto. Nos hemos perdonado ya tantas cosas que quizá una lagrimilla mal disimulada con la interpretación de The Long and Winding Road o una sonrisa bobalicona con el cierre a golpe de Ob-La-Di, Ob-La-Da sean, después de todo, lo más valioso de nuestro territorio. Lo escribe la propia película: Un mundo sin los Beatles sería un mundo peor y, en fin, si usted ha llegado hasta aquí es porque, probablemente, esté dispuesto a darle, conmigo, la razón a Danny Boyle.

De tal manera que levantemos juntos esta ingenua bandera y perdónese (perdóneme) por ser hortera, humano y vulgar. Durante la proyección, detrás de mí, alguien seguía el ritmo en el suelo con sus zapatos. Quizá, después de todo, no estemos tan solos.

 

 

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