Yo, Daniel Blake

El triunfo de la burocracia Por Paula López Montero

Para que el proyecto neoliberal avance, para que las grandes corporaciones sigan ganando poder económico y político, los trabajadores tienen que ser frágiles y así aceptarán sueldos bajos y trabajos basura. Y para que el trabajador siga siendo frágil hay que hacerle creer que la culpa de lo que le pasa es suyaKen Loach

A muchos les sorprendió la pasada Palma de Oro del festival de Cannes para el último film del británico Ken Loach. Pero dada la gran competencia y calidad que se dio en el pasado festival, me arriesgo a decir que por encima del film ganó el contexto, la adecuación a una realidad que nos concierne. Yo, Daniel Blake quizá no destaque entre las otras por su novedad, por su riesgo, por su estética, pero es una película necesaria, bien construida y de una agudeza kafkiana que viene a poner de relieve, como bien vienen haciendo otros directores y escritores como Charlie Brooker con su desorbitada Black Mirror (2011- ), la necesidad de pensar el mundo absurdo al que nos vemos, terrible y parece que irremediablemente, abocados. Y es que hace falta salirse de la órbita, también la del discurso hegemónico donde cada vez abunda más las luces de neón, el terciopelo y la hiperestetización. Así en contraste, Yo, Daniel Blake con una estética plana, típica de la sobriedad y hermetismo inglés, nos presenta un escenario donde el transcurso de la narración se da entre los muros de las hipócritas instituciones sociales que acrecientan el absurdo de la sociedad en la que vivimos y las paredes de una casa que consecuentemente empieza a aparecer más vacía y más fría que nunca.

Loach, quien ya ganó la palma de oro en 2006 por El viento que agita la cebada (The Wind that Shakes the Barley), vuelve a elegir a Paul Laverty -a quien hemos leído recientemente con la española El Olivo de Icíar Bollaín- como propuesta de la historia con un guion que vuelve a cumplir. El realismo y drama social son representaciones típicas de la filmografía y guion de director y escritor, donde el leitmotiv es la toma de contacto con la realidad social.

 Yo, Daniel Blake

Como si del cogito ergo sum cartesiano se tratase, el título “Yo, Daniel Blake” es reflejo del diluir identitario al que venimos asistiendo desde la entrada de la Modernidad. Parece que en los años que llevamos, de la misma época que había afirmado el principio –y su exceso- de individualismo, algo se ha ido olvidando por el camino: el respeto y la igualdad de los seres humanos. El protagonista Daniel Blake, grafitea y afirma en los muros de la seguridad social una máxima que sentencia los límites del individuo: “Yo, Daniel Blake”. Hasta aquí yo, el Estado debería ser capaz de valorar a los individuos por lo que son y no por lo que tienen.

Con un argumento bastante sencillo, tanto el drama como el humor se dan lugar en este largometraje: Daniel Blake, carpintero inglés de 59 años tras sufrir un infarto se ve obligado a acudir a las ayudas sociales. Sin embargo, a pesar de que el médico le prohíbe trabajar, la administración le obliga a buscar un empleo si no desea recibir una sanción. En el transcurso a sus citas con las ayudas sociales conoce a Katie, una madre soltera con dos niños a su cargo que tuvo que aceptar un alojamiento precario a 450 km de su ciudad para evitar que la envíen a un hogar de acogida. Prisioneros de la maraña de aberraciones administrativas, ambos tratarán de aguantar el pulso al Estado.

Yo, Daniel Blake

El escritor checo Milan Kundera en El arte de la novela menciona algunas claves para entender el mundo kafkiano en el que vivimos. A propósito de un comentario del también escritor Philip Roth –por cierto premio Princesa de Asturias de este año- dice:

Philip Roth sueña con una pelicula basada en El castillo: ve a Groucho Marx en el papel del agrimensor K. y a Chico y Harpo en los de los dos ayudantes. Sí, tiene razón: lo cómico es inseparable de la esencia misma de lo kafkiano. Pero es un escaso consuelo para el ingeniero saber que su historia es cómica. El ingeniero se encuentra encerrado en la broma de su propia vida como un pez en un acuario: él no le encuentra la gracia. En efecto, la broma sólo tiene gracia para los que se encuentran delante del acuario; lo kafkiano, por el contrario, nos conduce al interior, a las entrañas de la broma, a lo horrible de lo cómico.

Es quizá este punto el que para mi –también presa de la risa- falla el largometraje de Loach. En él sin darnos cuenta se respira un aire derrotero propio de estos tiempos de la vendible democracia. Sólo nos queda o la risa o la resignación. Loach elige un drama donde la risa es el consuelo, nos pone delante la pecera, y al final el Estado acaba con Daniel Blake, y con todo lo demás ¿Es este el clima desangelado y desolador que nos espera? Quizá Ken Loach se rinde en su vejez al desasosiego, y propone una realidad difícil de cambiar. Pero a su favor ¿qué sería de la dura realidad sin el humor?

Como ya anunciaba Kafka, el mundo que nos espera es un mundo burocratizado, o en honor al término acuciado por un colega “el buromundo”. La realidad que rodeaba a Kafka, y que empezaba a ser inminente, es nuestra triste realidad, donde el círculo, el ciclo, o el fluir de documentos nimio y vacío que mueven las instituciones se ha vuelto insalvable y difícil de parar. Un mismo círculo que da de lleno en el seno del capitalismo donde al final las instituciones y el propio ciclo no dependen ya del ser humano sino de sombras extranjeras que van más allá de nuestro poder. Kundera habla así de lo kafkiano:

Antes de Kafka, los novelistas desenmascararon con frecuencia las instituciones como lides en las que se enfrentan distintos intereses personales o sociales. En Kafka, la institución es un mecanismo que obedece a sus propias leyes programadas ya no se sabe por quién ni cuándo, que no tienen nada que ver con los intereses humanos y que, por lo tanto, son ininteligibles.

Yo, Daniel Blake 2016

Mientras que el reflejo de la sociedad kafkiana tiende al mundo del expediente, del reclutamiento, del totalitarismo, al número de identidad, ¿qué es lo que nos espera a nosotros sino el triunfo de ese expediente y la imposibilidad de ponerle cara al mal? Lo malo del capitalismo, de las compañías mediáticas y multinacionales es que ya no puedes salir del círculo de su dominio, vivimos absolutamente dentro. A fuera el desierto crece.

Por otra parte no va lejos el caso Snowden, o el de Wikileaks, o los casos de corrupción a nivel mundial ¿Qué es lo que está pasando? ¿Qué es lo que ha pasado con el documental de Snowden convertido ahora en largometraje? Pero ¿qué es lo que pasa sino que nada pasa con ello? Lo triste es que en el mundo en el que vivimos las cosas importantes han dejado de serlo y cruzan el espectro del olvido con una facilidad y rapidez que da miedo, y que en el fondo se acaban convirtiendo, en su exceso mediático, en un gran decorado ficcional. Snowden, ahora convertido también en largometraje por Oliver Stone, ¿acaso va a despertar la conciencia social, o se ha convertido en mero entretenimiento?

 TRAILER:

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Comentarios sobre este artículo

  1. Teresa dice:

    Me encantó el texto, las comparaciones, y las reflexiones. Un gusto leerte, Paula

  2. […] no convierte al producto audiovisual en bueno. Un claro ejemplo de este tipo de cine es Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake, 2016), la última cinta de Ken Loach, que diseccionaba los entresijos de una […]

Comenta este artículo

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>