Attenberg

Una vida en construcción Por Arantxa Acosta

“Amelie prefiere soñar, hasta que tenga edad para dejar la casa”Amelie (Jean-Pierre Jeunet, 2001)

El cine griego no deja de sorprendernos. Y es una verdadera alegría. Si hace pocas semanas hablábamos de L, tras su paso por el Festival de Cinema d’Autor, ahora nos llega de la mano de la Mostra Internacional de Films de Dones Attenberg, otro peculiar film que, sin embargo, nos habla de algo muy común: sentirse o no integrado en la sociedad.

Al igual que comentábamos del supuestamente extraño film de Babis Makridis, es un error buscar comparación con los films Canino y Alps de Yorgos Lanthimos (por mucho que tanto el director como una de las actrices de ésta última sean los protagonistas de Attenberg – previa, por cierto, a Alps; o de que su directora haya producido los films de Lanthimos). Si bien sigue un estilo extremista a la hora de plantear a sus personajes y situaciones, ni mucho menos desarrolla su argumento desde una perspectiva surrealista, ni da lugar a reflexionar y discutir tanto como las anteriores. Como mucho, se nos puede antojar que la directora es gran fan de Lanthimos, y ha querido rodar con un estilo similar. Es, por tanto, más simple. Pero no obstante, igual de interesante.

Attenberg se centra en la vida de Marina, una chica de 23 años que ha vivido toda su vida bajo el amparo de su padre, ahora moribundo, tras la muerte temprana de su madre. El período que Athina Rachel Tsangari, la directora y guionista, quiere mostrarnos de esa su vida es el despertar al mundo exterior, en un momento crucial: Marina va a quedarse completamente sola.

Aquí empezamos ya nuestro particular análisis (atención, podría considerarse spoiler): es inevitable la comparación con el concepto de familia de Lanthimos en sus films: si bien éste nos hablaba de la influencia de un padre tan protector que se inventa un mundo exclusivo para sus hijos en Canino, y en Alps de la protección otorgada por un extraño, el jefe de la empresa, Tsangari, por el contrario, destaca la figura de un padre cariñoso, protector también, pero que no ha querido apartar de la realidad a una hija, que, por el contrario, se ha alejado ella misma de la vida para seguir bajo las alas de su pequeña familia, ampliándola exclusivamente con su única y mejor amiga, Bella.

Bella representa todo lo que Marina no es: una chica abierta a experimentar, a hacer realidad sus fantasías. A vivir. Es su nexo con el mundo real, ya que Marina, en cambio, podría incluso tildarse de sociópata: su mundo interior, forjado seguramente por la temprana pérdida materna, la hace sentir más feliz, más segura. Pero se da cuenta de que debe conocer el mundo del que ha huido, y del que se ha hecho una imagen tan distorsionada como irreal. Así que se obligará a adentrarse en él (la escena inicial no deja lugar a dudas: nunca ha besado, y en realidad no quiere aprender. Pero debe hacerlo), porque quiere formar parte de su entorno. Y aun más sabiendo que si no, será devorada por depredadores: la sociedad de la que tantos años ha querido huir… o ha no ha sabido conocer.

Abrir su mente (y su cuerpo) a esas experiencias que sólo ha podido imaginar le hará darse cuenta de que lo que ha defendido tantos años, su asexualidad, su repulsión por los hombres (miedo infantil a sentirse “invadida” por un extraño) y su admiración (que no deseo) por las mujeres, era tan sólo un vulgar escudo, su auto-refugio. El personaje del ingeniero, un hombre bondadoso con el que ella accede a mantener relaciones, es sin duda el contrapunto que busca la directora, que busca Marina, a la hostilidad de su amiga Bella,  que tanto le atrae. Por ser diferente, por querer algún día llegar a ser y sentir lo que ella. “Bella, putilla”, la llama en varias ocasiones, cuando en realidad, seguramente, la envidia.

Ese mundo interior se muestra de dos formas muy significativas en el film: el primero, en el plano real, cuando Marina ve los famosos documentales de animales de Sir Attemborough. La directora nos quiere hacer comparar, con poco acierto, a Marina con el comportamiento salvaje de estos animales. Y es que si bien podemos pensar que se trata de una chica que ha interiorizado sus sentimientos para que los demás no noten lo que puede llegar a sufrir, o a querer, no es creíble ese comportamiento en alguien que (al contrario que la familia de Canino) sí ha salido al mundo exterior, tiene un trabajo, etc. Lo que sí cuadra con el personaje es que, tal y como dice el narrador de los documentales, quiera evadirse pensando en que ella misma es un animal. Imaginarse (y jugar a) que es un gorila, una avestruz, un perro. Animales instintivos, que actúan bajo impulsos, como a ella le gustaría.

En el plano irreal, conocemos su mundo interior, en el que se deja llevar por su fantasía, donde se siente segura junto a Bella. Son las escenas en las que ellas dos, vestidas casi iguales, avanzan por un pequeño camino haciendo posturas, ruidos guturales, etc. Se mueven y dicen lo que quieren. Son libres. Marina es libre.

El centro de Attenberg es, sin duda, la peculiar forma de mostrarnos el despertar al mundo adulto de Marina.

No obstante, al igual que Lanthimos y Makridis, el film destaca por la desnudez de sus imágenes, en el sentido que el rodaje es tan simple como efectivo (planos fijos, cortos – menos el final, en el que se nos muestra que Marina, como su pueblo, está en construcción, en evolución).

Una fotografía limpia y una puesta en escena muy realista también son un elemento común con los trabajos de los anteriores directores (no es de extrañar, ellos también confiaron en Thimios Bakatakis). Pero, como decíamos al inicio, no hay que llevarse a engaños: el tema que quiere destacar Tsangari no es tan profundo, por lo que no puede dar pie a un argumento ni guión más complejo de lo que ya es. Si por algo destaca Attenberg es por una selección musical que va muy acorde al personaje principal de Marina: canciones de Suicide, que le gustan porque es el grupo favorito de su padre, y de Francoise Hardy con Tous les garçons et les filles o Le temps de l’amour (también seleccionada por Wes Anderson en su reciente Moonrise Kingdom), que resaltan el carácter infantil de la protagonista y su necesidad de conocer el deseo, que por otro lado cree rechazar.

Con todo, Attenberg no llegará a ser película de culto pero es lo suficientemente notable para no dejarla escapar. El cine griego se pone, una vez más, a la cabeza de las propuestas más que interesantes.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] a escuchar la voz de Dios dentro de su cabeza. Y por último, la griega Athina Rachel Tsangari (Attenberg, The Capsule) presentará su tercer largo, Chevalier, que días antes habrá tenido su estreno en […]

  2. […] rumano. Una oleada de cine griego con similares postulados penetraba en el tejido de festivales. Attenberg (Athina Rachel Tsangari, 2010)-producida por él-, Mundo injusto (Adikos kosmos, Filippos Tsitos, […]

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