Bilbao

Ese oscuro objeto del deseo Por María Caballero

Hace ya casi un año que perdimos al director de cine catalán Bigas Luna, dejando atrás un panorama de detractores de su cine y otros tantos que lo endiosaban como el gran liberador del cine español allá por la década de los setenta. Polémico como ningún otro, el más visceral a pulso.

No fueron pocos en aquel tiempo los que quisieron contar una historia como la de Bilbao, la del adusto Leo, huraño y tímido, obsesionado con la bailarina Bilbao, que a su vez tiene que prostituirse para sobrevivir. Una estructura muy simple y básica, que Luna supo cómo cincelar idóneamente para que el espectador, a día de hoy, siga reteniendo en su memoria escenas tan patológicas como majestuosas. Este será el núcleo duro de Bilbao, de cómo el estadio supremo del esteta es conocer de primera mano la belleza y la putrefacción, y serán éstas las vías fundamentales para la sublimación de lo divino. Sabemos que todo esto no es nuevo, todo remite a los modernistas, a los representantes del Decadentismo desde Pierre Louys y Sade hasta Jean Genet o Anaïs Nin.

Bilbao plantea la cuestión de cómo superar el anhelo de ese imperfecto e inalcanzable oscuro objeto de deseo.

Imperfecto porque se suele definir según las directrices que se van antojando, por lo tanto no se corresponde con el objeto real en sí, sino que el real es imperfecto, el molde perfecto forma parte del imaginario del sujeto. Y digo inalcanzable porque intrínsecamente, el oscuro objeto de deseo, si tan amado es, no se posee jamás. En cualquier caso y sin ningún tipo de proposición, posee él el alma del condenado al deseo frustrado.

Con el paralelismo entre objeto de deseo de la realidad y el objeto de deseo del imaginario, queda patente la línea desoladora que divide la realidad y la fantasía en la vida de un individuo. En este caso, de Leo.

Leo es consciente de su putrefacta realidad, así es como construye un universo propio basado en recortes y recuerdos impostados, se refugia en imágenes cargadas de una estética fetichista y colorida, alejado de su lúgubre realidad. Bigas Luna, con un finísimo bisturí confunde los límites disfrazados de realidad o la fantasía de Leo, y muestra una estética fotográfica que en ocasiones nos recuerda a una Nouvelle Vague ensuciada, con un tono subversivo pero sobrio, casi bressoniano, pero no nos engaña, y nos muestra esa influencia francesa y underground con el toque de la España cañí, prejuiciosa, y acomplejada.

La de Leo es la crónica obsesiva interna, la más desgarradora, la silenciosa. Por eso, el monólogo interior sobre el que se construye el relato dota a la historia de la dosis existencial que necesita el personaje. Tragedia y depravación como consecuencia de una obsesión erótica y fetichista. Cinematográficamente el resultado fue extremadamente innovador narrativa y estéticamente.

Bilbao

La fuerza simbólica de Bigas Luna es de los elementos más destacables de Bilbao, como la leche derramada, la salchicha en la comida, la necesidad de la boca limpia y los esparadrapos. Oscura, obsesiva y perfectamente montada. Es inevitable enmarcar Bilbao en la nueva generación de películas que rompían con el franquismo, como también lo fue El desencanto (1976), de Jaime Chávarri. De ahí su snobismo y atrevimiento en cuanto al exhibicionismo de una generación política y sexualmente reprimida. Tal fue la influencia de la infravalorada Bilbao, que al año siguiente Iván Zulueta deleita el panorama cinematográfico con Arrebato (1980). Un cine maldito asomaba mundanamente por las alcantarillas, destripando los vestigios del individuo y de su necesidad de pasar por el mismo infierno para sentir un leve presagio de lo que se supone es la vida.

El autor maldito, al igual que Leo, tiene que volver a su realidad desasosegante (María). Debe destruir esa obsesión, porque la convivencia con el sujeto es imposible. Ella o nosotros. Así es como el final de Bilbao es un final nietzscheano de eterno retorno. .. A veces siento ganas de matar a María, sé que nunca lo podré hacer. Así es como Leo retorna a esa vida fragmentada, al estado del no-ser, a esa realidad (o cine) estancada incapaz de mesar.

Esto ahora no es nuevo, no. Pero realizar “Bilbao” en la sociedad española de los setenta, llena de tabúes, tiranizada por lo prohibido y que representaba el reino de lo políticamente correcto, supuso una insolencia para muchos. Bendita insolencia, pensarían otros muchos, que no habían visto a un lapidador tan inmaculado desde Luis Buñuel.

Simon-Desierto

Simón del desierto

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. Jaime dice:

    Interesantísima crítica llena de referencias. Aún así no veo del todo acertado que el final referencie el eterno retorno de Nietzsche, éste consiste más bien en la vuelta a la vida perfecta del superhombre, encarnando el puro Carpe Diem de quien vive por y para sí mismo, el eterno retorno no tiene nada de fatalista ni condenado, es de hecho una filosofía que promulga el vivir al máximo.
    Yo diría que Leo encontró una salida en su objeto de deseo para escapar de las cadenas de María, pero al destruirlo por su propia codicia sexual, tuvo que conformarse con lo que tenía en un principio. Leo está demasiado atado a sus fetiches y obsesiones como para conformarse con alguien, y es por ello por lo que jamás será feliz con lo que tiene. La vejez de María es un reflejo de que se ha cansado de su juguete viejo, y quiere uno nuevo, el cual destruye.

    El mismo director señala en esta entrevista (https://youtu.be/FdyZyBNMwwM): “Un hombre que con lo que tiene está perfectamente satisfecho, eso es un hombre feliz.”
    Yo considero esta película como una crítica a la obsesión sexual y al vivir por intereses de calidad efímera. Éstos nos convertirán en eternos insatisfechos.

    Aún así esa es mi enseñanza, por supuesto no tiene por qué ser la intencionada!

    Gracias por el artículo y un saludo.

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