Clip (Klip)

Autodestrucción programada Por Mireia Mullor

“Los humanos no nacemos, nos hacemos, nos constituimos gracias a los elementos simbólicos, los sistemas de representación, los afectos, las pasiones, etc. que nuestro entorno nos ofrece o nos niega”Pilar Aguilar, Manual del espectador inteligente (1996)

Aunque cueste de creer, programas como Mujeres y hombres y viceversa tienen una interesante utilidad social. No, no se me ha quemado el cerebro escuchando sus profundas reflexiones y su brillante y amplia dialéctica. La utilidad de la que hablo no pasa por disfrutarlo, sino por analizarlo. ¿Qué es lo que representan realmente la multitud de persona(je)s que han sido tronistas o pretendientes del programa de Telecinco? Pues, aunque se resistan a creerlo, un reflejo de buena parte de nuestra juventud. Y no es que sea esto un mecanismo de retroalimentación entre sus protagonistas y los adolescentes, que también, sino que la influencia viene de más arriba. Pensamientos intolerantes y en muchos casos racistas, relaciones mercantilistas entre hombres y mujeres y una estética extremadamente atrevida heredera de la imagen publicitaria de la sociedad de consumo.

Estas generaciones se vienen sucediendo, y degenerando, desde la revolución sexual de los sesenta, cuyo lado oscuro fue, según dice el filósofo Slavoj Žižek en su libro ‘Violencia’, “la total mercantilización de la sexualidad”. Bautizada como la Generación X, sufrió los primeros años del fuerte consumismo capitalista y años más tarde el nacimiento de internet, un hecho que lo cambiaría absolutamente todo. Imprescindible en este sentido es la filmografía de Larry Clark, desde su fundacional Kids (1995), un perturbador retrato de un grupo de jóvenes sin límites morales y cuyo eje vital es un círculo vicioso entorno al sexo.

Lo que Clark ya reflejó de forma magistral en los noventa evoluciona a nuevos niveles en el siglo XXI. Ahora nos enfrentamos a una generación post-X mucho más compleja, mucho más decadente, que con brillante lucidez refleja la película serbia Clip (Klip), de Maja Milos. De nuevo jóvenes, con las hormonas en ebullición y un concepto de la dignidad completamente difuso. Jasna (Isidora Simijonovic) vive una situación difícil en casa, ya que la vida de su padre pende de un hilo y su madre está desbordada. Aun así, hace uso de su egocentrismo pueril para gastarse el dinero en copas y fiestas, mientras mantiene una relación insana con uno de los chicos de su pandilla. Y con insana no busco connotaciones de tradicionalismo o la censura de unas prácticas sexuales concretas, sino que me refiero a la constante vejación de la mujer.

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No se puede negar que esta educación sexual es heredera directa del más obsceno porno mainstream. “Muchas películas tienen valores negativos. Tienen valores donde la mujer está en un papel relativamente triste, tratada como objeto o herramienta y donde no es la persona principal, y muchas veces hay valores bastante agresivos y violentos” afirma la directora de cine porno Erika Lust en una entrevista con Jot Down. Como destaca Lust, el porno más demandado, el que circula por internet en pequeñas dosis y calidad muchas veces deplorable, ha degenerado más que nunca en prácticas sexuales misóginas y un conocimiento cada vez más distorsionado del sexo.

Los protagonistas de Clip (Klip) son un reflejo decadente de esta influencia, que deriva en un peligroso estado en que las mujeres no son capaces de respetarse a sí mismas.

Maja Milos construye con audacia y sin pudor un relato estremecedor de esta generación perdida a la que, si hay algo que la caracteriza por encima de la pronunciada sexualidad que comentábamos, es su tremenda obsesión por la imagen y la tecnología. Al comienzo de Clip (Klip), Jasna recibe un móvil nuevo de su tío y lo utiliza para grabar todo lo que la rodea. Y ese todo no incluye solo las noches alocadas con sus amigas o las gamberradas de su grupo. También encontraríamos en la memoria de su teléfono bailes eróticos en la soledad de su habitación, felaciones en primer plano y demás escenas sexuales protagonizadas por ella y su pseudo-novio maltratador. Es el culto a la propia imagen, lo que se ha popularizado recientemente como selfie. Por ello la directora del film alterna imágenes grabadas directamente a través del móvil con las de la propia película, convirtiéndola por momentos en un autorretrato de la propia protagonista, un reflejo de la necesidad enfermiza de vivir en la imagen digital. De vivir en algún sitio que no sea la realidad, vaya.

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Esta necesidad de huir del mundo real tiene un origen. En un momento del film, un grupo de jóvenes entra por la fuerza a la escuela y comienza a lanzar las sillas y las mesas por las ventanas, mientras una multitud de compañeros en el exterior del edificio les jalea a grito pelado. Hay dos elementos clave en esta escena: los móviles que graban los sucesos y las banderas serbias que ondean algunos de los participantes. ¿Reclamo patriótico o denuncia de una decadencia social palpable? Por qué Serbia es un país idóneo para llevar a cabo este film nos lo revela la directora Maja Milos en cada una de las escenas de Clip (Klip). La más ilustrativa es la visita de Jasna y su familia al hospital en el que su padre está ingresado. Allí encuentran un edificio destrozado, sucio y descuidado, con las habitaciones llenas de pacientes aglomerados por falta de espacio. Aquí es donde se ve con más claridad que Serbia es un país que vive todavía en la posguerra. Tras la que fue la última gran guerra civil acontecida en Europa en el siglo XX, el país se ha visto invadido por las influencias antes mencionadas (la educación sexual del porno y el auge de la tecnología) mientras intenta recuperarse de sus propios traumas históricos.

Clip (Klip) es una muestra más de esta convergencia imposible, de este malsano estado que está creando jóvenes con una preocupante agresividad.

Y es que, ¿cómo pueden convivir en un territorio el reciente recuerdo de la guerra con la globalización que ha generado internet y, por consiguiente, la influencia occidental que atraviesa todos sus dispositivos audiovisuales? Este encontronazo ha provocado un fenómeno que solo puede derivar en una desorientación crónica, y así se ha encargado de reflejarlo de formas macabras el cine balcánico contemporáneo. En los últimos años hemos visto ejemplos claros de este estilo transgresor, como la película A Serbian Film (Srpski film, Srdjan Spasojevic, 2010), de título más que revelador y contenedora de perturbadoras escenas de sexo y violaciones que, precisamente, giran en torno al mundo de la pornografía, así como también The Life and Death of a Porno Gang (Zivot i smrt porno bande, Mladen Djordjevic, 2009). Menos subida de tono, pero igualmente esclarecedora, es No One’s Child (Nicije dete, Vuk Rsumovic, 2014), que se presentó en España a través del REC y que se enmarca directamente en un contexto bélico de finales del siglo XX, a través de un niño representante de la propia desorientación serbia.

El espectáculo incómodo y grotesco que Clip (Klip) nos brinda da para muchas más reflexiones de las de aquellos que solo han percibido un cúmulo de ansias exhibicionistas. En definitiva, lo preocupante no es que este film serbio intente reflejar la realidad de los Balcanes, sino que su discurso, apelando al análisis de sus influencias, es extrapolable a otros países occidentales, incluido España. No en vano seguiremos engrosando las audiencias de Mujeres y hombres y viceversa para ver si los mismos valores siguen ocupando el trono.

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