El árbol de la vida

La evolución del Universo. La evolución de nuestras vidas Por Arantxa Acosta

“¿Por qué el humo del cigarro no vuelve nunca al cigarro?¿Por qué se aleja una molécula de otra?¿Por qué una gota de tinta derramada no se rehace? Porque el universo se mueve hacia un estado de disipación. Ese es el principio de entropia. La tendencia del universo a evolucionar hacia un estado de desorden creciente. ¿Pero qué ocurrirá cuando las fuerzas gravitacionales compensen a las de expansión? En ese momento, el universo podría entrar en su fase de contracción: el Big Crunch.”Mr. Nobody (Jaco Van Dormael, 2009)

Muerte y vida. Ciencia y religión. Universo y familia. Y la pérdida como hilo conductor, que nos hace reflexionar sobre la grandeza de nuestras posesiones… por otro lado insignificantes frente a la majestuosidad del Cosmos. La complejidad de la obra de Malick se nutre de la sencillez en la que nos expone las múltiples capas de su narrativa. Porque no hay más que prestar atención para identificar la vastedad de sus propuestas.

Analizamos ahora su film más ambicioso, El árbol de la vida. Una idea y guión que llevaba años desarrollando hasta que finalmente vio la luz en el Festival de Cannes del año pasado, ganando la palma de oro.

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El punto de partida que nos propone el director no da lugar a engaños: blanco sobre negro, Malick nos obliga a leer el siguiente pasaje:

“Dónde estabas cuando yo echaba los cimientos de la Tierra, mientras me alababan los nacientes astros y prorrumpían en voces de júbilo todos los hijos de Dios?. Job 38:4,7″

 No en vano nuestro protagonista se llamará Jack O’Brien.

Continuamos con una nebulosa. El inicio del universo, o la llama de Dios. “Hermano. Madre. Ellos me guiaron a ti”. Nos dice una voz en off. La de Jack adulto, que se encuentra en plena reflexión. ¿Cómo ha podido olvidarse de su hermano, y de lo que significó en su vida?.

Siguiente secuencia: una niña en plena naturaleza, en un paisaje idílico, como son todos los recuerdos de la infancia. “Las monjas me enseñaron que puedes seguir dos caminos. El de la naturaleza y el de la gracia”. Pronto veremos que esta niña es la madre de Jack, y que, como él mismo nos adelanta, ella va a representar el camino de la gracia en su vida.

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El camino de la naturaleza, por otro lado, vendrá representado por su padre. Un hombre muy duro en la educación de sus hijos, pero a los que sin lugar a dudas ama desde lo más profundo de su corazón, aunque le cueste mostrar sus sentimientos. Él es la realidad de la existencia del hombre: nacer para sufrir, para salir adelante en un mundo en el que desde sus inicios ya se habían repartido los roles de depredadores y presas. Un hombre hecho a sí mismo, pero que sin embargo no ha conseguido ser lo que quería en la vida. Un perdedor a los ojos del sueño americano. Jugador, y con problemas. Es por eso que quiere que sus hijos sepan defenderse. Que sean lo que él no pudo ser.

El hilo conductor será la muerte del hijo mediano, que desde los recuerdos de Jack, sea verdad o no, siempre fue el preferido. Esta es la excusa que encuentra Malick para rendir homenaje a la naturaleza, y al Dios creador. Un homenaje en el que no decanta la balanza ni a un lado ni al otro. Simplemente expone puntos de vista distintos, pero muy relacionados entre sí en nuestra sociedad, en nuestras vidas. Básicamente nos llegamos a preguntar, igual que el protagonista, si tanta belleza es posible que surja de la simple evolución del mundo, ciencia pura, o alguien/algo pudo iniciarla, y guía nuestro destino…

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El director juega con los sentimientos del espectador mostrando escenas entremezcladas de ciencia y religión, que nos conducen a lo largo de todo el metraje entre el sosiego, la profunda tristeza, y finalmente la esperanza. Jack se pregunta por qué en este determinado momento de su vida está cuestionándose cómo pudo olvidar a su hermano. Por la escena de apertura y la final, podemos pensar que se trata de la reciente muerte de su propia madre, aunque no estamos seguros de ello. Incluso de la muerte del propio Jack, que se avecina y está a punto de reunirse con los suyos. Y este pensamiento le lleva a plantearse el por qué de las desgracias en un mundo tan maravilloso, el mundo que le enseñó su madre…

Es entonces cuando se plantea cómo se inició el universo. Vemos el Big Bang, la aparición de animales unicelulares que darán paso a pequeñas criaturas que evolucionarán hasta la llegada de los dinosaurios. Y ahí veremos uno de los indicios de que la vida no es tan perfecta como puede parecer a los ojos de un niño cuya madre quiere proteger: un dinosaurio agarra por la cabeza a otro moribundo, y ni le ayuda, ni le deja levantarse, hasta que le deja atrás.

El mundo no es perfecto. La armonía no impera. Pero, en cualquier caso, la naturaleza es poderosa.

Se nos introducirá entonces a la infancia de Jack. El orgullo de su padre al acariciar a su bebé. La mirada entregada de una madre que da gracias a Dios por su familia, que a sus ojos es perfecta. La irrupción en su vida de su pequeño hermano, que le quitará protagonismo desde temprana edad.

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Jack, Malick, escoge entonces recrear el recuerdo en el año más feliz de su adolescencia, que también fue en el que se dio cuenta de que el mundo no es tan maravilloso como se lo describe una madre. Lo vemos por las cortas escenas en las que ella intenta que sus hijos no vean un ataque de epilepsia, unos delincuentes atrapados por la policía, o un perro con sarna. E incluso cuando no quieren jugar con un niño con la cabeza quemada tras un terrible incendio. De niños juegan en el cementerio, tras la trágica muerte de un amigo en la piscina pública. De niños, no somos conscientes del horror que nos rodea. El joven Jack despertará, y se enfrentará a su padre, que le ha dominado hasta ese preciso momento… y seguramente lo seguirá haciendo durante toda su vida.

Finalmente el director recoge todos estos recuerdos, comunes para muchas familias, y nos devuelve al Jack adulto, que en su reflexión final piensa también en el fin del mundo, y en cómo los humanos lo viviremos. Nos imagina uniéndonos de nuevo con nuestros seres queridos, volviendo al mar que nos dio la vida. Todos juntos. Todos felices. Con un hermano menor, en la edad en la que le recuerda con mayor estima, perdonando a su padre, abrazándole. Con una madre que besa una mano anciana, seguramente la de su padre, o que dice “te entrego a mi hijo”, recreando el momento en que ella por fin abandona el recuerdo de su hijo muerto que ha amargado toda su existencia para seguir con su vida. Y él mismo, Jack, acompañando a su padre, que le coge del hombro, caminando hacia su destino en silencio. Un final feliz para todos, en un mundo engullido por el sol y que se ha convertido en una enana blanca.

Y una máscara de carnaval que se hunde el el mar…

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Porque Malick nos confunde, entremezclando este rigor científico con escenas oníricas. Vemos en el nacimiento de Jack una escena con niños jugando bajo el agua, y a  una mujer (¿un ángel de la guarda? ¿el mismo Dios?) que les ayuda a salir de ella, a encarnarse en un ser humano. Esta misma mujer la veremos al final de la película, caminando al lado de los hombres, acompañándoles en el agua, hacia su siguiente destino: el reino de Dios. Nos confundirá también con las escenas en el pequeño ático de la casa, con un niño jugando y vigilado por un hombre alto que le dice que tiene que salir de ahí, o que simplemente le vigila. Representación de la protección de los padres, o de guías espirituales. Lo que está claro es que insta a pensar que los niños están escoltados mientras son inocentes, inconscientes del peligro.

¿Cómo consigue Malick hacernos meditar sobre temas tan transcendentales en las dos horas de metraje? Sin lugar a dudas, el director es un maestro en la técnica cinematográfica. El árbol de la vida es cine puro. Y en mayúsculas.

Quizá la mejor manera de describirlo es diciendo que es imposible escuchar una película del director sin ver sus imágenes. La narración de la compleja historia, y más en esta su visión del mundo en El árbol de la vida, se basa en la perfecta simbiosis entre imagen y relato. De hecho, podríamos verla sin un sólo diálogo, y nos transmitiría básicamente lo mismo. Porque Malick es capaz de hacer aflorar mil sentimientos con el simple hecho de girar la cámara alrededor de una madre que deja caer al suelo la carta que acaba de recibir comunicándole la muerte de su hijo, sin más sonido que el propio silencio.

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No es de extrañar, claro, que la fotografía del film sea básica para hacer hablar a estas imágenes. Malick trabaja con luz natural, por lo que es necesario no sólo controlar el mejor momento para rodar sino también los elementos en la puesta en escena. Las paredes se oscurecen para hacer resaltar la piel de los personajes. Los trajes tienen tonos ocres, pálidos, en los recuerdos más tristes de Jack con su padre. Un “¿quieres a tu padre?” nos estremece en una habitación sin la luminosidad en la que siempre pensamos existe a finales de los años cincuenta y, en cambio, la luz y colores pastel imperan cuando está con su madre, cuando la imagina volando en el jardín. Ella es perfecta, es un ángel.

Por otro lado, la película se centra en sus personajes, por lo que los primerísimos planos abundan en el film. La cámara baila literalmente a su alrededor, de forma tan natural que, de hecho, Malick no incluye las típicas marcas de posición en sus rodajes. Los niños ni tan siquiera seguían un guión preestablecido, simplemente se les explicaba de qué iba la escena y se ponían a rodar. En el rodaje se ambientaban varios bloques de manzanas con coches de los años cincuenta y extras por si los niños salían corriendo por la puerta principal o trasera. Daba igual: lo que se buscaba era espontaneidad, que rezuma cada fotograma. Tampoco es casual que la voz en off de Jack no sea exclusivamente la del Jack adulto, sino también la de él de pequeño. Refuerza ese sentido más espiritual de los personajes: Jack está recordando, pero también se ha trasladado mentalmente a su niñez y a los sentimientos y pensamientos que tenía cuando aún era adolescente. Ni qué decir tiene que Brad Pitt, aún con pocos minutos, encarna a la perfección al hombre duro, contenido y severo y que Jessica Chastain borda el papel de madre entregada, devota para asegurar el bienestar de sus hijos.

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Otro gran acierto, el montaje. Un único visionado de El árbol de la vida no nos permite detectar la riqueza de lo que se nos está transmitiendo. Porque se entremezclan conceptos muy distintos en una misma explicación, fortaleciendo el hecho de que la vida, y el hombre,  está llena de contradicciones. Y la música de Alexandre Desplat, oscura, metálica en muchos momentos, y ensoñadora en muchos otros, que compuso sin tener la película rodada, y que aún así supo traducir la idea del director en preciosos compases. De hecho, grabó composiciones de más de veinte minutos incluso, para que Malick pudiese luego escoger los trozos y capas de instrumentos que más le valiesen para el montaje final. El resultado es, básicamente. inigualable.

Es imposible que el film de Malick no evoque las mejores intenciones de Standley Kubrick con 2001: Odisea en el Espacio (1968), en la que mostraba la evolución de la humanidad, o de Mr. Nobody (Jaco VanDormael, 2009), en la que la teoría del fin del Universo es el motivo final del análisis sobre el destino de las personas. La pérdida como reflexión de lo bonita que es la vida. Los pensamientos de un hombre que ha crecido bajo la influencia de dos visiones muy distintas de lo que es la vida, y que se plantea qué es más real, si la crudeza del mundo representada por su padre o la agradecida fantasía de una madre que plantea que todo ocurre por un motivo fuera de nuestro alcance. Y los edificios, acristalados, cuya transparencia muestran la armonía entre naturaleza y evolución del hombre.

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] de Sergei Parajanov y su Sayat Nova (1968), o de Terrence Malick y la etapa que abrió a partir de El árbol de la vida (The tree of life, 2011), directores que hacen cine como si nunca antes se hubiera hecho, como si […]

  2. […] genéticamente nos evoca en un inicio, tanto por su cinematografía como por su edición, a El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, […]

  3. […] no es redondo, no. Pero no lo es porque es imposible no compararlo con esa obra maestra que es El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011). Porque esa forma de filmar acompañada de la envolvente […]

  4. […] tiempo que el sol, que preside casi todas las escenas diurnas [de forma similar a como lo hacía en El árbol de la vida (The tree of life, 2010) de Terrence Malick], la golpea en el rostro, que se oculta a la audiencia, […]

  5. […] para cada una de las bellísimas imágenes que conforman el film, tan hipnóticas como las de El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011) pero que no pueden condicionarnos a pensar que las dos […]

  6. […] despedido del periódico en el que trabaja como crítico de cine, por una opinión negativa sobre El árbol de la vida (The Three of Life, Terrence Malick, 2011).. “Es una mariconada. El jardín es una mariconada. […]

  7. […] de la maestría a la hora de rodar de Malick, sobre todo de sus dos últimos films estrenados (El árbol de la vida – The tree of life, 2011 – y To the wonder – 2012), están muy presentes en la […]

  8. […] en El árbol de la vida decíamos que la madre representaba el camino espiritual de la existencia, y el padre el terrenal, […]

  9. […] confiere una solidez dramática a sus personajes muy lejos de los esbozos espiritados del autor de El árbol de la vida. Cierto que Sorrentino es más complejo o más ambicioso, al casar lo mundano con lo sagrado, sin […]

  10. […] para cada una de las bellísimas imágenes que conforman el film, tan hipnóticas como las de El árbol de la vida (The tree of life, Terrence Malick, 2011) pero que no pueden condicionarnos a pensar que las dos […]

  11. […] de impactantes y hermosas imágenes de una Tierra virginal (inevitable no pensar en este momento en El árbol de la vida), aparece un ser con forma humanoide, dejado en la tierra por sus compañeros para acometer su […]

  12. […] Bestias del sur salvajes e incluso Blancanieves, nos hace pensar que quizás una película como El árbol de la vida  (The Tree of Life, 2011) de Terence Malick está siendo la responsable de abrir una brecha dentro […]

  13. [...] en El árbol de la vida decíamos que la madre representaba el camino espiritual de la existencia, y el padre el terrenal, [...]

  14. [...] Bestias salvajes del sur e incluso Blancanieves, nos hace pensar que quizás una película como El árbol de la vida  (The Tree of Life, 2011) de Terence Malick está siendo la responsable de abrir una brecha dentro [...]

  15. Victor dice:

    Agradezco tus comentarios, tu análisis. Sali “extraviado” luego de verla. Supe que me gustaba, pero no sabía expresarlo. A mi alrededor, estupor y desgano por la incomprensión de lo que habíamos visto. Valorando trozos, impavidez de otros. Me queda más claro lo que me gustó y mi valoración de ella. Saludos.

  16. [...] de impactantes y hermosas imágenes de una Tierra virginal (inevitable no pensar en este momento en El árbol de la vida), aparece un ser con forma humanoide, dejado en la tierra por sus compañeros para acometer su [...]

  17. Jim Tonik dice:

    Ha sido un verdadero placer leer su crítica. Gracias por compartir su visión de la película, me ha hecho clarificar algunas dudas que tenía sobre la historia. Aunque se podría hablar infinitamente sobre esta obra maestra, como usted misma la ha calificado, sólo diré que a mí me emocionó y emociona como pocas otras películas y que la virtud en el narrar de Malick es algo maravilloso que hemos tenido, y tendremos, de disfrutar.

    1. Pues… ¡muchas gracias! La verdad es que, personalmente, me completa múltiples facetas de lo que busco al ver un film: técnicamente magistral, con un guión que invita a la reflexión más allá de las dos horas de duración del metraje. Me alegra que te haya gustado tanto com a mi.

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