El asadito

Trece años después Por Manuel Quaranta

Es imposible, al menos para mí, casi trece años después de su estreno, no escribir, sobre todo teniendo en cuenta que es la primera vez que la veo, cosa extraña para alguien que le otorga un lugar importante en su vida al cine, acerca de la película El asadito, de Gustavo Postiglione.

Imposible resulta no hacer alguna referencia al espíritu de época que logra captar o construir el director rosarino y que desde mi perspectiva, luego de una década, luego de Menem, De La Rúa, Kirchner, Cristina y por qué no, El asadito mismo, se cifra en la secuencia final del film.

Cuatro de los amigos del grupo, los que aún resisten despiertos, bebiendo –cualquier reminiscencia platónica es bienvenida– comienzan a dialogar sobre el fin de siglo, “¿qué carajo pasó en todo este tiempo?”, se pregunta uno de los personajes e inmediatamente el anfitrión comenta que desde pendejo pensaba que cuando llegara el último día del siglo se terminaría el mundo. ¿Qué mundo se acababa para ellos? ¿Qué se estaba viniendo abajo en la Argentina del año 2000?

No voy a escribir que en la película se habla constantemente del pasado, que se recuerdan nombres de actores, de historietas, de personajes, que se cuentan anécdotas y que además está filmada en blanco y negro. Ni tampoco que las referencias al presente siempre están rodeadas de oscuridad, de temor, de tristeza: ninguno de los participantes está conforme con lo que tiene, con lo que vive, con lo que es, casi que los están devorando los bichos; salvo, en todo caso, Tito, el dueño de casa, cuya vida –su mujer–  parecería ser la envidia de todos. Por último, no pienso mencionar que al menos en dos momentos se establece con claridad una idea que podría resumirse de este modo: se terminaron las ilusiones.

Decía antes que la marca del espíritu de época la podríamos encontrar en la secuencia final, sobre todo en una frase que, según mi punto de vista, deviene cifra no sólo de la vida de los personajes que atraviesan –o son atravesados– por El asadito sino que además serviría para ayudarnos a responder las preguntas planteadas, cuyas respuestas hoy nos parecen más que obvias, pero que trece años atrás no se vislumbraban de la misma manera. Las palabras son las siguientes: “A nosotros nos vendría bien que pase algo, hace tanto tiempo que no pasa un carajo en este país, algo que nos conmueva”. Como deseo devino, ahora lo sabemos, premonición: pasaron muchas cosas en la Argentina de los últimos diez años: treinta asesinados de los acontecimientos de diciembre del 2001, la devaluación criminal de Duhalde, el surgimiento de un ignoto Néstor Kirchner, el juicio a los genocidas, canal encuentro, Cristina, la estatización de las AFJP, la asignación universal, el plan PROCREAR, YPF, la ley de medios, de matrimonio igualitario y algunas otras cosas que me olvido o no quiero recordar. Pero por encima de todo esto, que incluso, sin duda, puede ponerse en cuestión, emergió algo más profundo, una sensación diferente, que tal vez moleste más que los logros, si es que los hubo; la convertibilidad, la identidad entre el peso y el dólar había provocado el estancamiento, la permanencia, había puesto freno al devenir, el ideal platónico plasmado en Argentina; por supuesto, no hace falta recordarlo, de manera artificial, mentirosa, porque el mundo corre y nada puede detenerlo. Así, luego del 2003 empezaron disputas que nos conmovieron, por lo menos a algunos, que nos hicieron sentir vivos de nuevo, a discutir por un modelo de país, por una distribución de los ingresos más justa, a discutir de política, en serio, con los conflictos lógicos que esto conlleva; porque durante mucho tiempo, décadas, la dictadura sanguinaria y el menemato destructor no habían promovido otra cosa que aquello que una vez escribió Bertold Brecht, el analfabeto político.

Trece años después de su estreno, y al verla por primera vez, esto es lo que despertó en mí un banquete llamado El asadito.

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