El cuento de la princesa Kaguya

Formas de decir adiós Por Samuel Lagunas

Tras una ausencia de casi 15 años, el veterano director Isao Takahata, y pieza fundamental —junto con Hayao Miyazaki y Toshio Suzuki—de Studio Ghibli, estrenó en 2013 la que parece será su última cinta: El cuento de la princesa Kaguya, inspirado en el relato popular japonés conocido como “El cuento del cortador de bambú”. La cinta, de más de dos horas de duración, formó parte de una serie de 5 películas que Studio Ghibli proyectó a corto plazo ante una cada vez mayor incertidumbre sobre el futuro de la compañía. Sí: el problema de la sucesión. Antes de 2010, Ghibli solamente produjo tres largometrajes que no estuvieron dirigidos por Takahata o Miyazaki, aunque el peso de este último gravitara todo el tiempo sobre las películas incluso cuando su nombre no estaba presente. En 1995 se estrenó Susurros del corazón (耳をすませば Mimi wo sumaseba) dirigida por el también animador Yoshifumi Kondõ quien falleció tres años más tarde. En 2002 Susurros del corazón tuvo una especie de spin-off con la cinta Haru en el reino de los gatos (猫の恩返し Neko no ongaeshi, 2002) a cargo de Hiroyuki Morita quien no ha vuelto a participar más con el estudio. Finalmente, en 2006 Gorõ Miyazaki, hijo de Hayao, tuvo la oportunidad de dirigir su primer largometraje, Cuentos de terramar (ゲド戦記 Gedo Senki, 2006), donde se situó como una de las promesas más viables en el futuro de Ghibli. Sin embargo, la producción de Cuentos de Terramar no estuvo exenta de dificultades padre-hijo que pusieron en entredicho la mascullada sucesión.

Con esto en mente, Suzuki propuso que en el lapso de 5 años se estrenarán 5 películas que, si bien ayudarían a mejorar los ingresos de la compañía, fortalecerían también el proceso de transición. La primera película, Arrietty y el mundo de los diminutos (借りぐらしのアリエッティ Karigurashi no Arietti, 2010) de Hiromasa Yonebayashi fue un primer paso sólido y contundente: en Arriety se veía la vitalidad e imaginación de un director que, si bien no transgredía lo hecho por Miyazaki y Takahata, imprimía tanto en el dibujo como en la trama un estilo y un mundo propio. La colina de las amapolas (コクリコ坂から Kokuriko-zaka kara, 2011), segundo largo de Gorõ Miyazaki, aunque sin la majestuosidad narrativa de Cuentos de Terramar, contó una historia de amor adolescente inteligente y emotiva que, no obstante, en vez de paliar las dificultades con su padre parece haberlas agudizado. El quinto filme de esta etapa, supuestamente asignado en un principio a Goro Miyazaki, estuvo a cargo nuevamente de Yonebayashi quien, desafortunadamente, se mostró en El recuerdo de Marnie (思い出のマーニー Omoide no Mānī, 2013) como un director que muy pronto se había quedado sin ideas.

Pero si el problema del relevo sigue abierto y parece que ahora buscará solucionarse a través de co-producciones, como lo evidencia la más reciente La tortuga roja (La tortue rouge, 2016) dirigida por Michael Dudok de Wit, en los años de 2010 a 2015 tanto Miyazaki como Takahata estrenaron las que son a la fecha sus dos películas más personales: El viento se levanta (風立ちぬ Kaze tachinu, 2013), de Miyazaki, deja en claro sus obsesiones aeronáuticas y agudiza su percepción política y militar. El cuento de la princesa Kaguya de Takahata, por su parte, continúa la sencillez del trazo lineal, ya presente en su anterior Mis vecinos los Yamada (ホーホケキョとなりの山田くん Hōhokekyo Tonari no Yamada-kun, 1999), ahora dotado de una carga expresiva inusitada en Ghibli, y recoge de manera clara las preocupaciones que el director ha ido diseminando a lo largo de toda su filmografía. El cuento de la princesa Kaguya es, de manera mucho más clara que El viento se levanta, una sonora y sentida forma en la que Takahata nos dice adiós y, por qué no, en la que Ghibli cierra uno de los ciclos más fecundos en la historia mundial de la animación.

 El cuento de la princesa Kaguya Takahata

Conservando la estructura del cuento popular escrito aproximadamente en el siglo X, la película de Takahata se sitúa en un área rural del país donde los habitantes se sostienen gracias al cultivo de bambú. Un día en que el hombre sale al trabajo rutinario encuentra un bambú refulgente: dentro de él hay una diminuta princesa. Apresurado, corre a casa con su mujer donde ambos observan cómo la “muñequita” se transforma en una hermosa bebé. Los hechos insólitos no cesan ya que la mujer, mientras va en busca de una nodriza, descubre cómo sus senos empiezan a producir leche, misma que la bebé consume con avidez. Entonces ella comienza a crecer, mucho más rápido de lo normal. Desde muy pequeña, Kaguya se relaciona con los niños de la aldea, entre ellos destaca Sutemaru, quien se convierte muy pronto en el mejor amigo y protector de la pequeña Kaguya. Pero la infancia edénica de la futura princesa es interrumpida de súbito por la decisión de sus padres de llevarla a la ciudad donde podrá criarse en un palacio y donde logrará cumplir su propósito. La partida es tan inesperada que Kaguya no tiene tiempo de despedirse ni de Sutemaru ni del resto de los niños, con quienes había prometido pasar el día siguiente comiendo un estofado de faisán.

Takahata cuenta la historia linealmente, sin sobresaltos temporales, acompañado magistralmente por la música del inseparable de Miyazaki Joe Hisaishi (en su primera colaboración con Takahata), y plantea desde un principio dos principales ejes de reflexión: la relación campo-ciudad y el tema del destino cuya forma específica se devela conforme transcurre el filme. Sobre la relación campo-ciudad y el problema de la modernización, la historia de Pompoko (平成狸合戦ぽんぽこ Heisei Tanuki Gassen Ponpoko, 1994) ofrece un antecedente claro. En ella, un grupo de mapaches se ve amenazado por la deforestación y la cada vez más perniciosa presencia humana. Debido a la clara influencia de Miyazaki en el guion de Pompoko patente en el abordaje de lo fantástico, conviene situar El cuento de la princesa Kaguya más cerca de la anterior Recuerdos del ayer (おもひでぽろぽろ Omohide poro poro, 1991) que narra precisamente cómo los procesos de migración trastocan las relaciones humanas al interior de las aldeas. No obstante, el conflicto que en Recuerdos del ayer tiene un desenlace grato, no menos espléndido y poderoso que el atribulado final de La tumba de las luciérnagas (火垂るの墓 Hotaru no Haka, 1988), en El cuento de la princesa Kaguya adquiere una dimensión fatídica.

El cuento de la princesa Kaguya Isao Takahata

Las contradicciones y dificultades que acarrean los flujos migratorios campo-ciudad aparecen en la cinta cuando Kaguya regresa a la aldea y descubre que tanto Sutemaru como los demás pobladores se han ido; así como en el sentimiento de alienación que permea susurrantemente la identidad de Kaguya durante todo el filme: “no perteneces aquí”. La vida en el palacio es una farsa y sólo genera vacío, incomodidad, agobio (todo aquello que perfectamente resumieron los modernistas franceses en el término spleen), del mismo modo que ocurre con el personaje de Taeko en Recuerdos del ayer quien necesita regresar a la casa materna en Yamagata ante la insatisfacción que le provoca la vida en la ciudad. Si Taeko logra reconstruir su vida desde la granja porque reencuentra en ella viejos conocidos, Kaguya, en cambio, en su primer regreso a la aldea sólo se topa con una promesa: el invierno pasará, la tierra tiene que descansar para que los cerezos vuelvan a florecer. Entonces Sutemaru también regresará.

El segundo acto de la cinta se abre con esa ilusión, misma que de inmediato comienza a apagarse ante la insistencia de los pretendientes. Claro, para ser princesa se necesita tener un buen marido: al menos un miembro de la corte, para nada un ladronzuelo avecindado. Cuando Kaguya se da cuenta de que es incapaz de frenar el acoso del emperador, emprende una segunda huida, esta vez sí definitiva. No se trata sólo de irse lejos del palacio y regresar a la aldea donde Sutemaru podría, o no, estarla esperando. Se trata de volver a casa, al lugar donde ella pertenece. Es el punto del no-retorno, ése que escinde y comunica los dos mundos: el de la vida y el de la muerte, el de la realidad y el de la magia (que es otra forma de esperanza). Tanto las vidas individuales como las civilizaciones alcanzan ese momento histórico, parece decirnos Takahata en toda su filmografía: el momento en el que las posibilidades se agotan y sólo resta decidir cómo afrontar el inminente nuevo escenario: la guerra en La tumba de las luciérnagas, la devastación ecológica en Pompoko, o un simple viaje en tren en Recuerdos del ayer representan esos puntos de inflexión. Taeko puede decidir bajar del tren; en cambio, a los mapaches sólo les queda adaptarse a la tortuosa rutina de las ciudades asumiendo una monótona forma humana; más amarga y rotunda es la decisión de Seita quien se entrega a la muerte para volver a ver a su hermanita Setsuko en La tumba de las luciérnagas. Mucho más dramática, sin embargo, es la decisión de Kaguya de regresar a su casa en la luna. Sus padres hacen todo lo posible por retenerla sabiendo que ellos mismos son responsables de esa decisión. Al final, la partida es ineludible: igual que la muerte.

Hay una canción que recorre toda la cinta y toda la vida de Kaguya, desde su infancia hasta su inmortalidad: habla de flores y de estaciones. Habla de aprender a sentir y a extrañar. Habla de despedirse y de lo difícil que es hacerlo. Pero Takahata lo ha hecho bien, creo que no pudo haberlo hecho de mejor manera. Con El cuento de la princesa Kaguya, Takahata nos regala un canto de esperanza que es a la vez una sentida afirmación de que esta vida, en este planeta plagado de dolores y yerros, es irrecuperable y, a pesar de que haya otra que le suceda, siempre habrá cosas que dejemos atrás y que constantemente extrañaremos. Aunque el olvido nos amenace, cualquier gesto será suficiente para recordarnos que un día estuvimos vivos, aquí, en la tierra.

Libros consultados

Montero Plata, L. (2014). El mundo invisible de Hayao Miyazaki. 5a ed. Mallorca: Dolmen Editorial.

 

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] El cuento de la princesa Kaguya (The Tale of Princess Kaguya). Director: Isao Takahata, Japón, 2013… […]

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