El hijo de Saúl (Son of Saul)

Ya estamos muertos Por Fernando Solla

"I want to be proud of my own language
I want to look out of the window
And see a country that I know and love."Jennifer Ehle en Sunshine (István Szabo, 1999)

Es algo habitual cuando se contextualiza la trama de un largometraje a partir de algún suceso histórico analíticamente complejo, y el Holocausto es sin duda uno de ellos, que se intente explicar o personificar una manera de sentir colectiva a partir de un caso ficticio individual y anónimo. Cómo reacciona un sujeto ante una situación que no comprende y de la que forzosamente forma parte es algo que se puede desarrollar a través de un lenguaje que nos transporte mucho más allá de cualquier demarcación acotada por las palabras. El cinematográfico permite como pocos profundizar en esta exploración interior del alma humana y, en el caso que nos ocupa, nos remite indudablemente al Nuevo cine alemán, especialmente a Werner Herzog y, más concretamente todavía a su versión de Woyzeck (1979).

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Para su debut en el terreno del largometraje, el húngaro László Nemes, comparte un punto de vista que denota un matiz urgente tanto en el contenido como en la forma. El autor parece centrarse en el valor social de la historia que se trae entre manos, evidenciando que el antisemitismo (fusionado con el antisionismo) no es algo que guíe nuestra mirada hacia el pasado, sino que nos enfrenta con el presente más inmediato. Del mismo modo, tanto el guión como los recursos estilísticos utilizados, evitan un enfoque retrógrado y autocomplaciente sobre un tiempo pretérito y remoto para centrarse en una visión algo olvidada y expresionista (y en definitiva, mucho más útil en la actualidad) sobre los efectos deshumanizadores que la sociedad provoca en el alma de los individuos de clase trabajadora cuando niega la validez de las señas que los diferencian, dentro del colectivo que sea.

La profundidad de campo y su progresiva apertura entre la primera y la última secuencia de El hijo de Saúl (Son of Saul) se identificará milimétricamente con la perspectiva de su protagonista, marcando tanto la información que recibimos los espectadores como nuestro posicionamiento moral.

Saúl Ausländer (Géza Röhrig) es un miembro forzoso del Sonderkommando en uno de los así denominados pelotones de prisioneros a los que los nazis obligaban a entregar su mano de obra como últimos acompañantes de los presos que morían sofocados para, posteriormente, sacar sus cadáveres y limpiar las cámaras de gas, dejándolas listas para la siguiente tanda de exterminados.

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En esta tesitura, la complejidad del debate rehúye cualquier posicionamiento categórico. En lo referente a la tecnología del medio y al discurso narrativo utilizado, volvemos de nuevo a Herzog y su particular visión de Woyzeck, la no menos singular (e inacabada) obra de Georg Büchner (1836). Con un cierto aire de documental, los planos de larga duración así como los travellings crearán en el espectador algo parecido a la crispación que nos produce vernos obligados a aguantar la mirada a nuestro semejante. La fotografía de Mátyás Erdély convertida en las pupilas del protagonista se careará con las nuestra propias con una elocuencia figurativa que substituirá a la inevitable pregunta: ¿qué harías tú en mi lugar?

Lenguaje, identidad y raza serán tres conceptos clave. Difuminar la nitidez de la imagen, así como el sentimiento de culpa entre la aparente apatía que nos provoca vivir la vida que nos han arrebatado en constante estado de shock, igual que Saúl, de apellido Ausländer, es decir: el extranjero. De sí mismo. Nemes nos extorsiona todavía más, volteando la tuerca hasta hacernos caer en la cuenta que la decisión de este infortunado asesino cuyo sueldo no será más que la muerte, al decidir enterrar el cuerpo de un niño (como si fuera el de su hijo) con religiosa sepultura, no será un gesto heroico o poético, sino una desesperada adherencia hacia la única estirpe de la cual forma parte: la de los cadáveres. Traicionar a los vivos por un muerto será la única salida posible. De la ausencia no puede salir más que nada.

La interpretación de Géza Röhrig empuja al actor, así como al personaje y al público a la extenuación física, no sólo mental. Sudando y luchando en la intemperie psíquica más absoluta los planos se abrirán ante la mayor expresión de dolor posible. Intentando evitar el misticismo excesivo pero sin renunciar a la muestra de espiritualidad más extrema, seremos testigos del tormento psicológico al que Saúl es sometido a manos de sus camaradas, prisioneros organizados siguiendo el ejemplo militar que les oprime. No llegaremos a caer en la locura, pero habrá momentos en que la realidad entrará en conflicto con lo que puede parecer una alucinación.

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Finalmente, el riesgo expositivo de la propuesta parece diluirse a medida que avanza el largometraje. Es como si una vez planteado la dureza de forma y contenido, Nemes quisiera escapar del horror que ha recreado. Una segunda lectura, puede hacernos ver que el riesgo es precisamente ese desarrollo hacia un final que todos conocemos pero que nunca se mostrará en pantalla, llegando a un desenlace que (si eso no fuera una contradicción) nos dejaría in media res, suspendidos en el abismo de la víctima y verdugo.

Sea como sea, no hay duda posible tras el visionado de El hijo de Saúl (Son of Saul) que la capacidad del realizador y guionista para transmitir a través de la narración esa sensación de estar ahí (similar al enfoque más propio del documental), combinada con la impresión de observar el drama desde la lejanía o la distancia, resulta francamente perturbadora. Como la plegaria que en la película se convierte en sinónimo de prueba incriminatoria, el trabajo del autor resulta imponente tanto por la capacidad de innovar dentro del lenguaje propio del medio, como por hacerlo en un contexto ampliamente recurrido por decenas de realizadores. Nemes demuestra que es capaz de superar la crisis posmoderna de la palabra que tanto preocupa a lingüistas desde hace tiempo, a la vez que confronta con un ejemplo verídico y reconocible por la mayoría la necesidad inaplazable de reflejar a través del arte nuestra realidad más inmediata.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] [pienso también en Lászlo Nemes y la que para mi también entra en ese top de películas: El hijo de Saúl (Saul fia, László Nemes, 2015)]; y piénsese por último en el cine italiano imposible de mirarse […]

  2. […] El hijo de Saúl (Saul fia). Director: László Nemes. Hungría, 2015. […]

  3. […] que va de año se han estrenado en España Secretos de guerra (Oorlogsgeheimen, Dennis Bots, 2014), El hijo de Saúl (Saul fia, László Nemes, 2015), Remember (Atom Egoyan, 2015), 13 minutos para matar a Hitler […]

  4. […] el mercado capitalista-laboral. Y pongo a parte la reciente aparecida obra maestra de Lázlo Nemes, El hijo de Saúl, quien personalmente Didi-Huberman tuvo a bien escribirle una carta, que desde luego, dice mucho […]

  5. […] Fernando Solla en Cine Divergente  […]

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