Familia, de Edgardo Castro

Idiosincrasia Por Damián Bender

En los filmes de Edgardo Castro nunca pasa nada. Reformulo: en los filmes de Edgardo Castro nunca pasa nada que remita a una idea de cine tradicional, con sus curvas dramáticas y sus golpes de efecto. En los filmes de Edgardo Castro — La noche (2016) y del que escribo— lo que conecta una escena con la otra no es más que la sucesión del tiempo, en eventos que se concatenan pero no generan una estructura discernible sobre la que orientar una narrativa particular. En los filmes de Edgardo Castro las acciones parecen estar cargadas de una especie de letargo, de un hastío incapaz de subrayar las escenas de forma alguna. No importa si se trata de dos hombres cogiendo, de dos hermanos preparando ñoquis o una mujer jugando en su celular, el registro de la cámara no busca nada en particular con lo que quedarse, solamente muestra. De este modo, todas las acciones adquieren un carácter homogéneo. Pasan a valer lo mismo, a manifestar poco. Entonces, como decía antes, en los filmes de Edgardo Castro nunca pasa nada.

Hasta que pasa.

La noche

La noche

Pero rebobinemos un poco para detenernos en su debut como director, con La noche, y así tener una buena idea de dónde estamos parados. En su primer filme, Castro se pone en la piel de un cuarentón que deambula de antro en antro en búsqueda de sexo —con hombres y mujeres trans y no trans— y prácticamente nada más que eso. Es una película en presente continuo, que no se preocupa por transmitir ninguna característica del pasado de sus protagonistas. Vive acá y ahora, en un estado ambulatorio que lleva a Castro por diversas situaciones donde lo más relevante es cómo satisfacer sus necesidades hedonistas. La noche genera una sensación de vacío permanente, de una soledad perpetua que se impone a pesar de la interacción de los cuerpos y los aleja cuanto más se acercan unos a otros. No hay propósito, no hay día —hay escenas diurnas, pero ninguna de ellas manifiesta acciones diurnas—, solo noche, solo deseo, solo vacío. La puesta en escena manifiesta todas estas inquietudes a través de un trabajo de cámara frenético, que se pega a los protagonistas y prácticamente se limita a seguirlos cual voyeur; y un diseño sonoro desprolijo, con diálogos ininteligibles y mucho pero mucho ruido ambiente —esto es en parte consecuencia de las dificultades para filmar en lugares como bares gay o albergues transitorios, donde es complicado que te dejen entrar con una cámara—. La forma en que se capturó audiovisualmente, sumado a la acumulación de situaciones sin sobresaltos dramáticos —consecuencia de vivir en perpetuo presente—, generan la sensación de que “no pasa nada” a la que me refería anteriormente. Sin embargo, Castro consigue que “pase algo” sobre el final. El vacío, el hedonismo abren paso a algo nuevo y la película se vuelve algo más que un ejercicio de la futilidad.

Este precedente nos lleva a su segundo largometraje, Familia. Lo primero que podemos afirmar es que Edgardo Castro continua transitando por el sendero previamente demarcado por La noche. Las características principales que distinguen a su ópera prima están también aquí, por lo que se refuerza un estilo audiovisual como seña de identidad, más allá de la temática. También mantiene el uso de actores no profesionales y redobla la apuesta: Castro viaja a Comodoro Rivadavia a visitar a su familia con la Navidad como excusa, y su familia se representa a sí misma. La primer diferencia con La noche se la puede encontrar en ciertos refinamientos de la propuesta estética: en Familia se puede encontrar una división del relato en tres partes claras —el viaje hasta la casa familiar, la estadía y por último la fiesta de Nochebuena—, lo cual tiene su razón de ser en que aquí tenemos un lugar y línea temporal fijos, cosa que no pasaba en su primera película. También hay una reducción considerable de planos caóticos con cámara en mano y un montaje más prolijo, consecuencias de una de las características más relevantes de la película: la quietud.

Si en el primer largometraje teníamos cuerpos en movimiento que se entrelazaban, en el segundo estamos ante la quintaesencia del sedentarismo. El inicio marca el tono con un largo viaje en auto, sin sobresaltos, parando para comer con un parsimonia digna de todo un Argentino Vargas en Los muertos (Lisandro Alonso, 2004) y la estadía en la casa familiar acentúa aún más esta inactividad física que tiene en la mesa —y en la cena como lugar de reunión— su punto neurálgico. Lo que aparece en escena es la lentitud de la vida cotidiana aunada a los años de convivencia, que automatizan las acciones y los comportamientos. Con el paso del tiempo el punto ya no pasa por convivir, sino por existir con el otro de una forma pacífica: en otras palabras, por aguantarse los unos a los otros. Los espacios de la casa se convierten en lugares de refugio, ya no se charla porque no queda más nada por decir. Los silencios no se escuchan porque le subieron el volumen al televisor. Castro retrata el vacío de la vida familiar desde las trivialidades y no desde los conflictos en primer lugar porque Familia no es un drama, y en segundo lugar porque el tiempo mismo se ha encargado de pulir cualquier tipo de fricción hasta hacerlas tolerables. Simplemente ya no vale la pena. También es por eso que utiliza a su propia familia en el rol actoral: no es para sacar los trapitos al sol de nadie, es porque entiende que para retratar aspectos universales hay que partir de un caso particular analizado a fondo. Un caso auténtico. Porque cada familia argentina es un mundo, pero todas ellas tienen mucho en común.

Familia

Familia

Castro identifica en su núcleo familiar esta universalidad, que se proyecta un poco en cada uno de nosotros. La división de tareas, la relación casi metafórica entre la madre y el padre medio sordo, la omnipresencia de la televisión en el espacio visual y sobre todo sonoro, son todas características que se proyectan con facilidad en nuestras propias familias. No se me viene a la mente ninguna película que represente con tanta precisión el rol de la televisión —y en menor medida, el celular— dentro de la idiosincrasia familiar. Castro la invoca mediante reflejos, planos desenfocados, algunos directamente en foco sobre la pantalla y especialmente con una particular permanencia en el espectro sonoro. Puede no verse, pero siempre va a estar ahí para tapar el silencio, para distraer y/o entretener un rato. Es posible aventurarse a decir que para Castro la televisión es otro miembro de la familia, uno que siempre está, más allá de la clase social. Y si lo pensamos un poco, tiene bastante sentido: la televisión es el aparato electrónico que definió la relación con el hogar de varias generaciones, resulta lógico que sea un miembro más del núcleo familiar. Mientras las nuevas generaciones le van soltando la mano en el cambio de paradigma digital, Familia hace recuento de su íntima relación con sus padres o sus abuelos como medio de escapismo ante la atrofia de las relaciones intrafamiliares.

Atrofia que, de vez en cuando, retrocede ante algún momento de celebración. Familia tiene su giro al igual que La noche, sin embargo es más gradual ya que tiene su origen en la costumbre. La celebración de Navidad, el Vitel Toné, la cuenta regresiva en Crónica TV — ¡hola de nuevo, televisión!— con hermanos, primos y nietos, todo es parte de un ritual anual que no suele variar demasiado pero cambia las dinámicas, al menos por un rato. Ese momento de alegría colectiva rompe con el vacío previamente constituido, de la misma forma en que la escena final de La noche rompe con el hedonismo sin destino de todo el metraje previo. El valor de lo colectivo como mecanismo disruptor, los vínculos como salvaguardas de los individuos.

Puede que el mayor demérito de Familia este en los paralelismos inevitables con La noche, ya que ambas películas tienen inquietudes similares a pesar de tratar sobre universos diferentes. Su antecesora dejó una huella importante en el cine argentino reciente por su propuesta tan arriesgada como descarnada, y me temo que el impacto de Familia no será de tanta magnitud. Sin embargo, estamos ante una muy buena obra que muestra señales de madurez y una gran habilidad para retratar con detalle la idiosincrasia de las relaciones humanas.

Aunque no pase nada, por supuesto.

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