Papusza

Muñeca Rota Por Enrique Campos

Bronislawa Wajs, alias Papusza (Muñeca), fue una de las primeras poetas gitanas de las que se tiene constancia. Poeta sin quererlo. Poeta sin ser consciente de serlo. Poeta en un entorno donde el analfabetismo era un grado, incluso una obligación. En un tiempo y un lugar, Polonia, acechada primero por la máquina de matar nazi y acto seguido engullida por los engranajes de la burocracia orbital soviética, poco comprensiva con la anarquía gitana y la vida ociosa y nómada al cabo de los carromatos. O muertos o reformados. La misma cosa para un pueblo acostumbrado a tener el cielo por techo.

En Papusza, la película, se apagan las luces de la exuberancia gitana. El blanco y negro arrebata no sólo el cromatismo del paisaje, de las danzas, de los vestidos de cien retales, con todo eso se lleva también la alegría de vivir.

Quedan sus músicas, los ecos de la melancolía de unos zíngaros expulsados de sí mismos. Papusza comienza por el final, para que nadie se lleve a engaño. Bronislawa no fue una heroína, fue víctima de unos atributos que le iban a destrozar la vida. No hay nada de hermoso en la contemplación de un espíritu libre que todos quieren enjaulado. No hay romanticismo. A partir de ahí, como en la canción, “es hora de recapitular las hostias que me ha dado el mundo”.

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Lo flashbacks causa-efecto se superponen para narrar virtudes y miserias, goces y penurias, de los gitanos centroeuropeos. Nos ayudan a comprender por qué Papusza vivió dentro de un pozo, en una escalada perpetua por las paredes resbaladizas, a veces tocando el sol con las yemas de los dedos, y cada vez recibiendo en el último palmo un pisotón que la devolvía a la realidad del fondo. Jane Austen pagó con la soledad sus aspiraciones literarias; Papusza, sin aspirar a nada, quizá a elegir a quién amar, sólo eso, pagó su rebeldía con el frenopático y el destierro. Pero la labor de los Kros-Krauze no es la vendetta, tampoco la condescendencia. Su empatía es para con la protagonista; todos los demás reciben un “juicio justo”. A cada uno según su necesidad, de cada uno según su habilidad. Y en general, gitanos o nazis, caucásicos o comunistas, parecen verse en la necesidad de truncar los sueños de Papusza, con mucha habilidad, con precisión.

Un Béla Tarr con capacidad de síntesis, un Bergman con tribulaciones mundanas. Ese es el intersticio por el que transita este viaje a ninguna parte. Papusza sabotea los tópicos del biopic al uso y apuesta por el realismo sin ambages. Sin estrellas que opaquen al personaje, sin la detestable épica de la autosuperación. Si se quiere respirar, hay que hacerlo a la manera de Papusza: con versos tallados a base de las palizas del padre, del marido, de los patriarcas y las matriarcas. De cualquiera con derecho a sesgarle las alas.

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