Redención (Tyrannosaur)

Violencia amarga. Violencia sucia. Violencia extrema... y real Por Arantxa Acosta

"El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva al odio, el odio lleva a la ira, la ira lleva al sufrimiento. Percibo mucho miedo en tí".
Yoda en La amenaza fantasma (The Phantom Menace, George Lucas, 1999)

Un enfermo, una beata y un borracho. Maldad, humillación y redención. Venganza, dolor, amor. Y perros. Vidas de perros. Vidas reales. ¿Por qué juzgamos a la gente por su aspecto, por lo que proyectan, y no nos paramos a pensar que su existencia, sus sentimientos, pueden ser mucho más complicados? ¿Por qué un ama de casa de clase media-alta debe tener una vida mejor que la de un borracho incapaz de salir del agujero emocional que es su existencia? Y, sobre todo… ¿por qué no puede existir un nexo entre ambos, un vínculo espiritual tan potente que les demuestre que no son tan diferentes?

Redención es la ópera prima de Paddy Considine, basada en su primer y único corto, Dog Altoguether (2007). De hecho, el film es una evolución clara de los protagonistas principales, Joseph y Hannah, para los que nos descubre su pasado, y el cómo han llegado a ser lo que son.

El tercer personaje, el marido de Hannah, será clave ahora para conocer (y, en muchos casos, aprobar) el por qué de cada uno de ellos.

Y es que el autor consigue entrelazar con un fantástico guión a estas tres almas perdidas, mostrando al espectador sus similitudes. Maltratadores y violentos en distintos planos o capas, el film es una historia de amor basada en el sufrimiento.

Primera capa, la obvia: Joseph es violento porque no puede controlar su ira. Una ira que ha ido alimentado seguramente desde joven, al encontrarse viviendo en los suburbios de Leeds. Una ira que proyecta acosando a los demás, pero arrepintiéndose justo después de ello. Lo hace con sus vecinos, con gente en el bar… con su difunta esposa (importante fijarse en el por qué del título original, Tyrannosaur), contra los perros, quizá también por verse reflejado en ellos. “No es culpa tuya, amigo”, dice a uno de estos perros en un momento clave del film. Una ira que explota varias veces al día, aunque se repita que quiere cambiar su vida.

Segunda capa, el reverso: James, marido de Hannah. Un hombre perfecto de puertas afuera. Un enfermo que maltrata a su mujer tanto física como psicológicamente de puertas adentro, y que es consciente de su comportamiento pero no hace nada para curarse.

Tercera capa, la subyacente: Hannah, una mujer que se refugia en la religión (y el alcohol) para escapar de su día a día. Volcada en ayudar a los demás, es incapaz de ayudarse a sí misma. Una mujer que no deja salir su rabia, guardándosela, acumulándola, hasta que al fin acabe explotando.

Personas con sentimientos encontrados, cuya soledad les ha llevado al límite. “¿Qué he hecho?”, se dicen todos, cada uno a su manera. Porque nadie se salva de la soledad, ricos o  pobres, ateos o religiosos. De hecho, y aunque pueda parecerlo (Hannah lanza un objeto contra el cuadro de Jesucristo en el que le dice “¿y tú qué miras?”), en ningún momento el autor nos está intentando convencer de que creer en Dios no te lleva a ningún sitio. Simplemente expone la realidad, qué les funciona a unos y a otros a superar su condición.

Considine consigue remover nuestros sentimientos con una historia rodada de forma muy sencilla, muy directa, que nos implica completamente con los personajes y nos hace dar cuenta de que nos está exponiendo una verdad más que probable, que nos puede ocurrir a nosotros mismos o a nuestros vecinos. Encuadres desenfocados, igual que sus propias vidas, continuos primeros planos que nos acercan a sus pensamientos (el trabajo de Peter Mullan y Olivia Colman, llenos de expresividad, facilitan la conexión directa con sus interpretaciones) y un lenguaje y posición de la cámara que facilitan también el poder olvidarse que se está ante el metraje de una película. Una forma de rodar que inevitablemente nos hace pensar en el mejor Ken Loach, con films cercanos a documentales, e incluso en la particular visión de Peter Mullan sobre la vida en las calles inglesas, que tan bien supo reflejar en Neds (2010, ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián).

Si algo se le discutirá a Redención es su hiperrealismo social. Pero, ¿qué mejor forma de captar la atención del espectador que mostrando escenas duras – o muy duras? En el inicio del film el director ya nos deja claro que no va a ser un viaje agradable: Joseph mata a su perro a patadas (fuera de cuadro… pero la imaginación, muchas veces, es mucho peor). Desde aquí defendemos esa mirada dura, que sin embargo no cae en sentimentalismos (si no se trataría, inevitablemente, de una TV movie con inicio “basado en sucesos reales”), y que permite analizar aspectos tan complejos de la vida humana como son el amor, el odio, la soledad, la humillación y la venganza.

Y, aunque no lo parezca, Redención es un film que aboga por la esperanza. Con una evolución de los personajes principales milimetrada y convincente, el alivio que nos dejan las dos secuencias finales colman ese viaje de purificación. En un primer momento, la cámara gira alrededor de Joseph y Hannah que, sin hablar, nos transmiten la ternura y cariño que sienten uno por el otro, rodeados del bullicio de gente hablando sin parar. Finalmente, Joseph, trajeado, se aleja caminando por una carretera recta, rodeada de verde. Ha encontrado su camino, gracias a Hannah, y ya no saldrá de él.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. […] mínimas de inmenso calado. Como en Monster’s Ball (Marc Forster, 2001), como en (precisamente) Redención (Paddy Considine, 2011), no se trata tanto de escapar del pozo hacia un mundo de gominolas y […]

  2. […] pupila adentro. Las mismas armas que le servían para dar mucho miedo como el maltratador de Tyrannosaur (Paddy Considine, 2011), las pone aquí al servicio de intereses muy distintos. La mirada de Marsan […]

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