Stella cadente (Estrella fugaz)

De ilusos y cobardes Por Arantxa Acosta

“- Esto es ridículo.
- Esto, Madame, es Versailles”María Antonieta (Marie Antoinette, Sofia Coppola, 2006)

Amadeo de Saboya se presenta a sí mismo, mirándonos fijamente y con amargura en su rostro, para situarnos en el año que le propusieron ser Rey de España, 1870. Su porte informal, sin chaqueta, apoyado en una repisa nos alerta: a continuación nos espera el relato de un hombre, no un rey. Un hombre que va desnudar su alma, y explicarnos sus frustraciones durante los poco más de dos años de supuesto reinado (la moneda que cae sobre la mesa como alusión a ese incierto devenir que le espera es más que elocuente), además de los acontecimientos que le abocaron a abdicar, volviendo a Italia y dando paso a la también breve primera República Española.

La película ofrece entonces una doble lectura, tan evidente como efectiva.

Stella cadente refleja sin tapujos la actualidad de nuestro país, aludiendo, con una perfecta combinación de sutil sorna y provocación (y además ambas vías cubiertas con una cortina de humo tan significativa como lo puede ser el optar por un film de época y rigor histórico – por aquello de demostrar que la Historia, si se quiere, se repite) a la necesidad de cambiar nuestra forma de ser y actuar o, como mínimo, invitando a nuestros dirigentes a abandonar por el bien de “su pueblo”.

Así, el film no renuncia a la denuncia directa, siempre amparándose en una “realidad” recogida en los libros de Historia (aunque la información sobre el pasado, ya se sabe…), de declarar a España como un país retrasado, en el que prima la corrupción y la desgana, y en el que los pocos que intentan hacer algo acaban sucumbiendo a los deseos de la mayoría.

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En la película veremos cómo el Obispo, o el Ministro Serrano desprecian al nuevo monarca por varios motivos, entre ellos la propuesta de separar los poderes iglesia/Estado, el planteamiento de reformar las leyes, o las nuevas ayudas a la industria catalana y vasca. Las objeciones a estas grandes ideas son sentencias del tipo “es que no hay dinero” o “si quiere seguir riendo rey, no debe salir de palacio”. Y cuando éstos le replican, el encuadre se cierra para mostrarnos exclusivamente la expresión de Amadeo, entre sorprendido por las negativas, frustrado por no tener la capacidad de convencer a sus propios súbditos pero, por encima de todo, atemorizado por las consecuencias que puede llegar a tener el seguir hablando. Un excelente trabajo de Àlex Brendemühl, en el que se apoya prácticamente toda la película y que demuestra que la actuación del actor principal pero también del resto del elenco ha sido dirigida deliberadamente hacia el filo de la teatralidad (un filo que, muchas veces, se rebasa), pero que se antoja coherente con una propuesta que, al fin y al cabo, quiere demostrar lo exageradamente inaudito de la situación. De otra forma, su mensaje no sería tan efectivo.

Aunque mi línea preferida de la película, a todas todas, es la escalofriante “ya se irá acostumbrando”. Porque es totalmente cierta. Porque todos nos acabamos acostumbrando.

Así, se retrata a Amadeo como un hombre inteligente, con ideas revolucionarias para una plebe no acostumbrada a que se le haga justicia. El “rey republicano”, como él mismo se autodefine, se ve atrapado y forzado al anonimato en su reinado, actuando como títere de sus propios gobernantes. Por mucho que inicialmente su vigor le haga decir sin tapujos verdades que al espectador le retumbarán en los oídos por ser demasiado explícitas, y actuales (ese primer plano de la boca del rey maldiciendo a España  “cómo se puede gobernar un país si se empieza a trabajar a las doce”, “todo lo hacen de noche mientras fuman, beben, charlan y dicen barbaridades”), su postura se torna gradualmente defensiva para acabar derrotado y abdicando de la corona tras las continuas decepciones para con “sus hombres de confianza”.

Y aquí, en el discurso de abdicación, es cuando, de nuevo, el escalofrío recorre la conciencia del espectador. Adameo, altivo y sereno, ahora sí de punta en blanco que le devuelve la compostura perdida, ya no nos mira fijamente, o al menos al inicio:

“Todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra, agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos ellos invocan el dulce nombre de la Patria, todos se pelean y luchan por su propio bien, y entre el fragor del combate, entre el confuso y atronador y contradictorio griterio de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera Patria, y todavía es más imposible hallar el remedio para tamaños males”.

Las diversas alusiones en este texto a frases pronunciadas en Stella cadente no hacen más que evidenciar que toda ella es una provocación a nuestro intelecto y conciencia, no tanto por sus imágenes, sino por sus palabras. 

Y es que la fuerza del film reside en un guión plagado de puñales, con diálogos mucho más hirientes que las recurrentes incitaciones visuales que, podemos suponer, quieren mantener alerta al espectador. De hecho, lo que se dice se nos presenta tan de actualidad que el anacronismo propuesto, con canciones tan conocidas como ‘À présent tu peux t’en aller’ (muy bien escogida, por supuesto), se antojan situaciones lógicas ante tanto esperpento.

Stella Cadente

Decíamos que había una doble lectura y, por supuesto, dejando a un lado el paralelismo con nuestro presente político y gubernamental, el enfoque de Luis Miñarro a la hora de abordar el personaje es altamente intimista, como si quisiera entender qué puede pasar por la cabeza de un monarca, o de un político, para actuar de la forma que actúa.

El director recurre a elementos que permitan conocer los pensamientos del protagonista: a su llegada, las nubes como símbolo de la libertad que tanto añorará después; el interior del castillo, cualquiera de sus recovecos y lo que allí encuentra, podría entenderse como el sentimiento de un monarca que se apaga poco a poco sin haber hecho nada de lo que pretendía, o como el interior de su mente: atrapado, oscuro, y con la locura como única salida; la iluminación de la estancia cuando el rey se acerca a despedir al General Prim, uno de los pocos que le apoyaban; caleidoscopios en los que parece buscar las respuestas que no llegan; una tortuga que le marca su propio destino y que aparece en los momentos cruciales en los que debe tomar una decisión; unas sombras chinescas, formando la deseada corona que no le llega – y que sin embargo también puede interpretarse como las orejas de un burro, dejándonos llevar quizá demasiado por la imaginación –  fiel retrato de su agonía tras reunirse con los que, teóricamente, deben aconsejarle para sacar de la crisis al país… Pero, sobre todo, él mismo, visto a través de la ventanilla del carruaje que le lleva a España, o reflejado varias veces en espejos: llega con sus ideales, tan transparente como el vidrio, y, poco a poco, su verdadero yo le abandonará para observarse como si fuese ya otro. 

Stella cadente es una mirada, tan tierna como desafiante, a un rey que podría haber dicho y hecho más de lo que supo, o le dejaron.

TRAILER:

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Comentarios sobre este artículo

  1. pablo dice:

    pero usted qué película viso? la parte interesante, la que tiene un trasfondo político, se limita a dos escenas que no duran 10 minutos, y en esas escenas se basa su crónica, leyéndola parece interesante, pero la realidad es que el resto de la película, o sea, su 95%, es un bodrio insufrible e innecesario, una parida del director, donde nada viene a cuento, es aburrida, lenta y sin pies ni cabeza, además de que dudo mucho de que en esa época hablaran de esa forma, si lees un poco algún clásico, hay partes de la pelicula en la que los protagonistas hablan como en el siglo XXI, y no como en el siglo XIX. Si no es la película más innecesarias que he visto, se aproxima bastante. Infumable.

    1. Guillermina dice:

      tenéis razón Pablo es un bodrio. La acabo de ver y me salí antes que terminara. Así lo hicieron muchas personas antes que yo.

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